Hoy,
día 24 de junio del 2001, el escritor y humanista argentino Ernesto
Sabato celebrasus 90 años
de resistencia.
Aunque "Visiones del
mundo" ha sido publicado en varios medios de comunicación, incluida
esta página, quiero airearlo nuevamente para celebrar los 90 años de
este gran hombre, en los que ha escrito grandes libros, ha hecho grandes
cosas por la humanidad y no se ha dejado corromper por los poderes. En una
sociedad tan desnortada como la nuestra, yo propongo a Sabato como un
modelo a seguir.
Entre la visión optimista que dice tener del mundo el filósofo españolJosé
Antonio Marina (ver posdata) y la pesimista que todos sabemos que
tiene el escritor portugués y premio Nóbel de Literatura, José Saramago,
hay una visión intermedia que, sin ánimo de complacencia con las
anteriores, podía estar representada por el humanista argentino
Ernesto Sabato, un hombre clarividente que llevará hasta la tumba sus
inquebrantables y sólidos principios y una buena parte de sus no menos
inquebrantables y sólidas ilusiones; lo cuál tiene un gran mérito,
sin duda, principalmente porque, gracias a su dilatado contacto con la
desgracia, con la tragedia e incluso con la pesadilla, Sabato es un buen
conocedor de los horrores que existen en el mundo. Y es entre las ruinas y
los desastres precisamente donde ha encontrado la fe y los argumentos para
decir con rotundidad que "el mundo nada puede contra un hombre que
canta en la miseria". (Optimismo con causa bien distinta a las argüidas
por José Antonio Marina, como luego se verá)
El contrapunto a esa nota estaría en la globalización, en cuya sombra se
pierden las pequeñas sabidurías, los apegos entrañables , algunas
nobles costumbres, el acicate convivencial, la idiosincrasia de grupo, el
valor de la palabra, el sentimiento por el prójimo...Y aunque es
cierto que se ha ganado en asepsia y en centros de salud, en atajamiento
de las enfermedades, en esperanza de vida, en ciencia, en ordenadores y en
muchas otras cosas, no es menos verdad que se ha perdido en riqueza
natural, en diversidad de cultivos y artesanías, en inquietudes
compartidas, en calma, en humanidad, en contemplación, en gozos... Y en
conocimiento de la naturaleza, señor mío, porque los jóvenes de hoy no
saben bien lo que es una espiga...¿cómo van a distinguir un fresno de un
abedul, un roble de un castaño, un olmo de una araucaria? ¿Cómo van a
amar el paisaje, o qué paisaje amarán si sólo conocen el asfalto y los
bloques de cemento, el instituto y las discotecas?
Pues claro que hay razones para ser optimista, pero antes que en las
lanzas victoriosas de un mercantilismo feroz e inmisericorde -y encima
disfrazado de progresismo-, están en sus desechos de humillación, en sus
derribos de sangre, en la estoica resistencia de unos valores
humildes, dolientes y arrinconados. Es decir, en los gestos
que unos pocos no han dejado desaparecer; en las brasas que otros pocos no
han dejado apagar; en esas mentes limpias que , como la de José Saramago,
han sabido marcar una distancia con todo lo que se compra con el dinero;
en esas manos trémulas que siguen creyendo todavía en un amor perdurable
y compartido; y en la entereza que han sabido administrar ciertas personas
como Sabato para llegar a una vejez no sólo respetable, larga y lúcida,
sino llena aún de conmovedoras esperanzas y de reconfortantes
ilusiones.
Naturalmente, respeto los argumentos en los que se apoya José Antonio
Marina para justificar su optimismo, y comparto muchos de ellos, a pesar
de sus quiebras y lagunas. Respeto y comparto, cómo no,
los argumentos aducidos por José Saramago con absoluta convicción y
dignidad, también con absoluto desgarro. Pero me queda mucha vida por
delante como para hundirme en un seco pesimismo, mucha capacidad en
el cuerpo y el espíritu para ir desgranando poco a poco la margarita de
la inocencia en la que incubo una enorme cantidad de ilusiones y de
esperanzas: de esas ilusiones y esperanzas que ni el tiempo ni el dinero
ni las maldades de los mortales han podido matar en la persona del
admirable Ernesto Sabato.
No sé si habrán caído ustedes en la cuenta de que, en realidad,
estoy hablando de su último libro, La Resistencia. De todo lo que en él
nos transmite, que es mucho, me quedo con la idea de que hay que resistir.
Es verdad que no sabemos muy bien cómo, pero nos deja una pista
importante: la de que "nos salvaremos por los afectos".
Posdata. Argumenta José Antonio Marina que "Cuando una sociedad se
libera de la miseria, de la ignorancia, del miedo, del dogmatismo y del
odio, evoluciona hacia la racionalidad, los derechos individuales, la
democracia, las seguridades jurídicas y las políticas de
solidaridad". Pero en esa enorme verdad hay grandes dosis de teoría,
bastantes de
voluntarismo y alguna falsedad amagada, creo yo, porque la
realidad nos demuestra -de ahí el pesimismo de Saramago-, que en general
se camina hacia el abuso, el privilegio, el distanciamiento entre las
rentas, la concentración de la riqueza en unos pocos países y, dentro de
ellos, en unas pocas personas u organizaciones; la aniquilación de
la diversidad por la globalización, la degradación ambiental, el
pensamiento único, la competitividad, el consumismo, la deshumanización,
la zancadilla, la prisa, la anulación de la voluntad individual ante la
empresa privada, cuyo colmo se halla en unas multinacionales que
ordenan, que dictan, que acogotan, que apabullan...
Y es que, al final, el liberalismo a ultranza no puede
desligarse de las ciegas ambiciones de los mortales, que parecen no tener
límite. Tanto es así que, de no tomar a tiempo las medidas oportunas,
corremos el riesgo de que acabe corrompiendo totalmente a los poderes políticos
y, lo que aún sería peor, a los otros poderes de los
Estados. Hay casos en los que esto se percibe muy cerca. Mi optimismo, no
obstante, se basa en la creencia de que esos riesgos serán
contrarrestados por la voluntad incorruptible de los que, siendo como son,
son ante todo personas. A ellas me dirijo.
Mariano Estrada, 07-01-2001
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