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VIOLENCIAS

Si se acepta la coexistencia del bien y del mal en la radical esencia del hombre, por decirlo en un lenguaje orteguiano, también hay que aceptar que ésta no puede eliminarse de su comportamiento mediante un simple acto de voluntarismo. Es cierto que la cultura, asimilada con verdad y con tiempo, va dulcificando el componente meramente instintivo en beneficio de una progresiva racionalidad, de la que suele derivarse una disposición intelectual hacia el bien (comportamiento ético), pero no es menos verdad que un gato acorralado pierde en un instante su más civilizada mansedumbre. Con menor justificación, a veces sin ninguna, un futbolista puede plantar los tacos de sus botas en la cara de un contrincante o un profesor de ética liarse a bofetadas, ya que no a tiros, en la tensa desesperación de un semáforo. 

Ahora bien, ¿qué se puede esperar cuando la cultura no sólo no actúa como bálsamo, sino más bien como estímulo del componente mefistofélico, que es un nombre del mal en las profundidades goethianas? Pues puede esperarse de todo, desde el vandalismo callejero a la vil puñalada trapera o al espeluznante tiro en la nuca. ¿Cómo se consigue todo esto? Muy fácil: si de niños nos inculcan que los africanos son ogros que, además de practicar la antropofagia, vienen en pateras a quitarnos el pan, probablemente odiemos a los africanos. Y si el ogro es España , en el caso de regiones con  aspiraciones independentistas, entonces odiaremos a los españoles. Pero éstos son ejemplos de un ogro que tiende a lo infinito. No se olvide que la cultura puede ser, de hecho lo es con frecuencia, falsa, sectaria y dirigida. Y más en una época en la que existe un confusionismo interesado y de esta buena señora se ha prostituido hasta el nombre. ¿Por qué, si no, hablamos de la cultura del pelotazo? ¿Alguien puede creer que el pelotazo registra el más mínimo atisbo de cultura? ¿Cómo llamaremos entonces a la delincuencia? En fin, lo que trato de decir es que, a menudo, bajo una vitola de normalidad educativa o pedagógica hay un dirigismo solapado y eficaz que pone en las conciencias unos tintes de odio. Si a ello le sumamos ingredientes como el paro, la humillación, el hambre, la desigualdad, el abuso, el analfabetismo...

Sí, son muchas las cosas que pueden inducir a la violencia, pero nosotros, las personas acomodadas,  los anónimos corrientes, los que estamos por encima de la necesidad, casi en las proximidades del despilfarro,  ¿no somos responsables de algunas? Por ejemplo: ¿De veras nos mueve a compasión el infortunio del prójimo?¿Nos alegra, tal vez tomar el ascensor con el vecino? ¿Comprendemos el dolor de los demás, su llanto, su desgracia? ¿Compartimos su felicidad y su risa? ¿Respetamos la otredad, que es la necesaria prolongación de nuestro propio respeto? ¿Nos sentimos avaros de nuestra cuota de riqueza? ¿Lo somos en realidad? Frente al harapo y al  hambre, ¿renunciamos siquiera a lo accesorio? ¿Amamos de verdad a nuestros hijos, o acaso odiamos en ellos nuestro más rotundo fracaso?¿Es tan necesaria la competitividad que aceptamos como buena  la zancadilla?¿No es escaso el tiempo de la contemplación y la calma? ¿Miramos alguna vez hacia adentro?¿No somos, quizás, excesivamente agresivos, superficiales y al mismo tiempo egoístas? Y siendo, como es, que tenemos culpa, ¿tenemos toda la culpa?

Mariano Estrada

 
 
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