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VELILLA:
REPOBLACIONES
A LA TRÁGALA (1) Por
su condición de ser vivo de la Naturaleza y
parte sustantiva del reino vegetal en su numerosísima gama de
variedades, el pino es un árbol
por el que tengo una acentuada admiración y un profundo respeto. Máxime
si, en su prolongada convivencia con los humanos -a los que ha servido no
sólo como leña, oxigenación o mercadería, sino también como delectación
olorosa y como paisaje-, máxime,
digo, si en esa convivencia con los humanos ha sido acreedor de alguna
exaltación lírica de enjundia, como puede ser la hecha por Machado de
"los verdes pinos" de Soria. Nada
más lógico, por consiguiente, que reconocernos deudores de este árbol
prolífico que, debido entre otras cosas a su rápido crecimiento, ha
sacado al hombre de innumerables apuros: en resinas, en utensilios, en
construcción, en mobiliario, en simbología... Recuérdese, además, que
entre sus casi infinitas variedades, las hay depositarias de una adusta
belleza, pero también de una exuberante frondosidad, e incluso de una
majestuosa elegancia... Dicho
esto, añado: su majestad el pino, metido de rondón en comarcas como La
Carballeda, Zamora, a través de las siempre socorridas reforestaciones
del Estado, y que ha podido ser un complemento más o menos plausible de
la flora montaraz en determinados parajes improductivos y, por supuesto,
de transformación paisajística inofensiva -como ciertas extensiones de
brezo-,¿no es acaso un intruso desafortunado, incluso abiertamente
desagradable, cuando
contrapone su palmaria artificialidad a las naturales excelencias del
roble, árbol autóctono y esencialmente definitorio? ¿De dónde se cree
la Consejería de Medio Ambiente que procede el nombre de esta comarca? ¿Sabe
lo que significa Carballeda? Y si es así, ¿sabe acaso las sagradas
imbricaciones del roble con sus gentes? Voy a
darle algunas: Ahí,
en ese extenso árbol / ola perpetua del paisaje /descansa una verdad / de
identidad y tiempo./ En él están las lenguas / espesas de la lumbre, el
tálamo / del sueño y del amor / el envigado de la casa / Ahí está el
cortezo de la miel / la empuñadura del arado... Y
ello por no dar alas a la imaginación, retrotraernos en el tiempo y la
cultura y entablar una animada conversación con los druidas. En los añosos
robledales de los montes de Velilla es fácil hacerlo. De hecho, yo iba a
intentarlo una vez: fue el día en que mi corazón se encogió
profundamente ante la realidad sobrecogedora de un gran número de robles
aviesamente quemados. Creo que aún siguen allí, exhibiendo en sus
troncos centenarios una estampa negra de desolación y de muerte. Y de
rabia también, y de
impotencia, las mismas que ahora siento ante la inminente repoblación de
unos cientos de hectáreas de esos mismos montes que, si Dios no lo
remedia, van a cambiar la hojarasca por la pinocha. Una decisión
equivocada, un negocio dudoso y un dudoso beneficiario; y, en todo caso,
un nefasto crimen medioambiental y un devastador destrozo paisajístico.
Tanto
es así que, aun juzgado con misericordia, el responsable directo de esa
mala faena, debería figurar entre las almas de los perdonados por
ignorancia. Claro que la ignorancia no es eximente para los
administradores del patrimonio común, especialmente cuando éstos son
voluntarios o consentidores. Por otra parte, la misericordia es una gracia
que necesita apoyos del cielo. Mariano
Estrada, 20-06-99 (1).- Velilla: montes situados en el norte de La Carballeda, "comarca cuyo hecho diferencial es un extenso roble y un largo aullido de lobo". Sus cotas más altas se sitúan en la Sierra de La Cabrera, separándola de la comarca de este mismo nombre. Sus valles, que acompañan a un agua cristalina hacia el río Fontirín (que desemboca en el Negro que desemboca en el Tera que desemboca en el Duero), están milagrosamente habitados por unos robles hermosos, cuya robustez centenaria brota a veces de la negra antigüedad de las pedrizas... Al Noroeste la deslinda Sanabria, comarca de Lago legendario y de consecuente Parque Natural.
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