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En
el norte de la Carballeda
(Zamora), donde se ubican los montes de Velilla, sus lobos y sus
robles, hay un pueblo pequeño... ¿Hay? Bueno, Vega del Castillo
era un pueblo realmente precioso que la emigración ha condenado a
morir de soledad, como a tantos de la zona. Sólo algunos de los
que fueron sus habitantes se han resistido a abandonarlo
totalmente y han intercalado entre sus ruinas unas casas de
importación y de verano que, la verdad,
nada tienen que ver con su belleza antigua. De las viejas
edificaciones, pocas quedan en pie con las esencias de su entrañable
y humilde arquitectura, pero sí las suficientes para poder
confirmar estas palabras. Además, su belleza mayor era justamente
el conjunto, el apelotonamiento uniforme de sus tejados, su unidad
armónica...
Sin
embargo, dentro del bellísimo paraje en el que el pueblo
sobrevive, quedan unos entornos singulares de los que yo,
modestamente, he rescatado un camino para legarlo al futuro. Tal y
como andan las cosas, especialmente las que tienen relación con
Eolo, no me fío mucho de que un día no lo borren las máquinas.
Se trata de un camino frondoso que, saliendo del pueblo hacia el
oeste, sigue el cauce del río -que nace unos kilómetros más
arriba-, hasta que bruscamente lo cruza (primer puente del agua,
tan pequeño y enramado que no se ve). Yo he pateado el camino
tantas veces que casi me lo sé de memoria. Lo he andado yo solo,
disfrutándolo, esparciendo por él mis pensamientos más íntimos;
y lo he andado con gentes con las que comparto la amistad o la
sangre, además del amor a la naturaleza.
La realidad del camino es infinitamente mejor, por descontado,
pero yo he dejado este apunte como reflejo. Naturalmente, han
quedado neblinas y recodos para que los espíritus insaciables
puedan proyectar la imaginación en una inagotable espesura. Pero
no pienso tocarlo -siguiendo la conseja de JR Jiménez-, porque, más
que mío, ya es
materia del tiempo que me precede y de unos cuantos lectores.
VEGA DEL CASTILLO:
UN CAMINO DE ENSUEÑO
Para Rosa Mary
y Miguel
Con un extremo en las ruinas, cuyo nombre es un pueblo en
abandono, y otro en
los rabiones de la virginidad, al primer puente del agua, hay una
ajustada aproximación a lo que "naturalmente" podría
definirse como belleza. La fundamenta un camino de silencios que
se oculta en su variada vegetación, un ribazo de roble con
pretensiones de infinitud y de selva y una fimbria de humeros que
hacen arco al agua. En medio,
una vega de luz con abundantes hierbas, vestigios de
hortalizas, árboles frutales y
lindes tortuosos de un multiplicado minifundio. (Algún
malremendado espantapájaros sugiere la abundancia de este tipo de
fauna: gorriones, mirlos, grajos, tordos, urracas, gayas,
abubillas... y la
posibilidad de un encuentro con el poblador aborigen, ya de
naturaleza milagrosa, pues casi lo ha extinguido la emigración y
la muerte).
Un trasfondo de músicas, que el viento y la lluvia multiplican,
pero que es dulce en la calma, armoniza las mieles del paraje y
acentúa los canales
de la percepción. Y todo ello conturba. Y todo ello conmueve. Y
todo ello alimenta.
Por su margen izquierdo, de castaños a robles
-e incluso a cerezales-, el camino se amura con tupidos
arbustos de avellano. A sus pies, una acequia encauza su caudal
antiguo hacia una deseada fertilidad que hoy nadie quiere. En el
otro margen, apenas a dos metros de distancia y a mayor
altura, se multiplica un hatillo de variados árboles añosos que,
de vez en cuando, asoman sus raíces a barrancos soterrados que ha
tejido el agua. Más al fondo, la ladera se diluye
en un ancho monte de brezo. Por encima, enramando la
techumbre, los àrboles
se juntan en abrazos altos en los que hay gavillas de sol y
repentina sombra: visajes, parpadeos, claroscuros... , marañas
cenitales de una entreverada arborescencia.
Un trecho después, donde clarea el arbolado, el camino se derrama
en la infinita luz y en la montaña madre que alimenta al río. Su
cima es atalaya de esta noble y rigurosa
Carballeda, deprimida en gentes, procelosa en brezo y en
roble, en la que anida el águila y la víbora, campa el corzo y
la zorra, rebudia el jabalí y
el lobo ibérico tiene uno de sus últimos refugios. Detrás
se levanta el Vizcodillo, que ofrece
una minúscula visión
del Lago legendario de Sanabria y, unos metros antes, tal
vez un kilómetro, tienen
su raya fronteriza los montes de nieve de Cabrera. Y su lago azul,
donde la trucha ha impuesto su nombre con la más cariñosa de las
formas y el más escurridizo de los diminutivos.
Pero volviendo al camino, allí, donde hace puente al agua, ésta
pasa tan limpia y transparente que, apaciguados los labios y
los pies, absorto en su contemplación y abandonado en sus
esquilas de inocencia, uno casi se olvida de los sapos insufribles
de su obligado destino, que en primer lugar es Negro y después
llega a ser Duero o enfermedad.
Mariano Estrada
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