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  Queridos amigos: el trabajo que os presento no sólo es antiguo por su edad, sino también por su esencia, que va del contenido a la forma y al revés. Y aunque apenas tiene veinte años, aparenta muchos más, tantos que casi se diría inmemorable, o, por lo menos, muy pasado de moda. Rancio, en todo caso. Extemporáneo y anacrónico, fondón y añejo. Sin embargo, desde el día en que nació no ha envejecido ni un ápice, y en ese sentido podría tener algo de Peter Pan. Paradójicamente, su existencia se resume en la oscuridad, la soledad, la ausencia, el déficit de vida. Como un viejo que no hubiera vivido. ¿Y qué es, en realidad, un viejo que no haya vivido? ¿Tal vez un niño que no se resigna a morir? Démosle, pues, la oportunidad de que viva, al menos por un tiempo, con esa contradicción, con esa alma salvaje y primitiva, con esa cara arrugada, con ese porte de hombre que ha pasado sus días en una oscura mazmorra.
Originariamente, Tragedia de un avaro formó parte de El limón hespérico, lo que es una tragedia añadida. Ahora la devuelvo al redil para ofrecérosla en su más alta pureza. Si la rehusáis por ser virgen, será virgen y mártir. Y, dado que es inocente, volará hacia el polvo que fue. Y entrará directamente en la eternidad, que es la forma más alta del olvido. 

TRAGEDIA DE UN AVARO


- Señor: ¿a quién invitamos
para abultar en la fiesta? 
El pueblo entiende de pobres,
de ricos, no, que escasean.
Pero la casa es holgada
y cabe el pueblo dos vueltas
si habilitamos las cuadras,
los corrales, las paneras...

- Que vengan sólo los ricos
porque los pobres me enervan;
los pobres son como cerdos
que, aunque se laven, apestan.
Y por demás, ni se lavan,
pues tienen gusto en la mierda;
retozan en sus olores,
que tienen capas muy densas.

- Y suelen ser hijoputas,
Señor, igual que las bestias;
pues son, amén de marranos,
torcidos en las maneras.
Usted ya sabe que esputan
en el lugar que se tercia; 
si tienen aguas, orinan,
si empuja el aire, lo sueltan.
Y tiran de pantalones
tras una tapia cualquiera;
después, ni limpian el culo:
le pasan mal una piedra.
Mas fuera poco lo dicho
si por las noches no hicieran
lo mismo, pero a hurtadillas,
en el umbral de las puertas.
Así, Señor, que marranos
es poco: son marramierdas,
escatológicos, sucios
y, en puridad, sin decencia.
Y no son sólo marrones, 
también sus mentes verdean
con una flora sexuada,
libidinosa y mugrienta.
Señor, pues dicen algunos,
versados bien en pobrezas,
que de moral ni han oído
y con quien pueden pernean:
si labrador, con las yuntas,
ya sean vacas o yeguas,
si comerciante con zorras
y si pastor con ovejas.
Y dicen más los que saben:
dicen que ya no respetan
ni a las mujeres de rico
que por ociosas van sueltas.

- ¿Qué dices, zarrapastroso,
puerco nacido de puerca?
Una mujer distinguida
no le da al cerdo las perlas.

- Pero, Señor, lo que dicen
es lo que dicen, no hay vueltas;
los hechos son otra cosa
pero los hechos no cuentan.
Los pobres, como son pobres,
lo que no pueden lo sueñan, 
y las mujeres de rico
son de soñar, por lo buenas.

- Por buenas, sí, malnacido,
pero en la honra y la esencia;
en lo demás, si merecen,
los ricos sólo lo aprecian.

- Así será, señoría,
pero los pobres... inventan,
y lo que inventan lo creen
y lo que creen lo sueltan.

- Los pobres son una peste
por crecimiento y nacencia,
aborregados y brutos,
con alma ruda y pequeña.

- Pequeña, no, Señoría, 
ninguna tienen apenas; 
y la que tienen, la tienen
desperdigada en parcelas.
Que la vendieron a trozos
por un cubil de lentejas,
en un festín de aquelarres
a los señores con tierras.
Por eso son medio impropios,
impersonales a medias,
en la mitad, mansurrones
y en la doblez, sanguijuelas.
Que sorben sólo la sangre
por el placer de sorberla;
pero jamás van de cara,
esperan siempre las vueltas.
Se guían por el instinto,
con el olfato rastrean,
cuando les viene se achantan
y ya no hay dios que los mueva.
Que por cachazas son pavos,
por testarudos, ovejas,
por cabezotas, inmuebles,
orates por la fijeza.
Y falsos son como mulas,
pues la humildad la aparentan:
que gustan de ir a la cola
por el placer de morderla.
Así que no es verosímil
lo que murmuran sus lenguas:
que si la esposa del rico,
que si la hija o la nieta...
Figure usted la bravata
cuando por suya la cuentan,
con esa pinta que tienen,
con esa mugre que llevan...
Pero los pobres, ya sabe,
cuanto más pobres, más sueñan;
que son igual que los tontos:
ni proporción ni sesera.
Porque, además de ser tontos,
van a cagar y no mean,
van a por agua y no beben,
van a la muerte y no llegan.
Difaman sólo y murmuran,
que en tales artes se emplean;
si dan un palo se esconden,
si lo reciben, lo aceptan.
Y no lo dan, porque temen
perder el palo en la empresa:
el palo, pues otra cosa
no tienen para perderla.
Le dan y dan al palique
hasta el dolor de cabeza;
por las espaldas, maldicen,
después otorgan y besan.
Que mudan, Señor, de pelo
según el aire que venga:
si bueno, escupen la bilis,
si malo, tragan la lengua.
Y la tragaran cien veces
por masticar algo de hebra,
porque los huesos son duros
y, repetidos, son piedras.

- ¿Y como tú, siendo esclavo,
si bien no tienes cadenas,
escupes contra los pobres
con lo peor de la lengua?

- Porque me hicieron el alma,
Señor, al gusto y manera
de aquéllos que, siendo grandes,
tienen poder para hacerla:
dinero porque son ricos,
saber porque tienen ciencia,
la voluntad decidida
y la codicia sedienta.
Soy una máquina sólo, 
Señor, sin inteligencia,
un corazón que no es mío,
una razón que es ajena.
Soy receptor de llamadas
que van del timbre a la oreja,
tengo una alarma en la dermis
sensible a gestos que ordenan.
Y no, señor, no soy pobre,
que sólo soy obediencia:
sin propiedad en los rumios
ni intimidad en las cuentas.

(En este punto al esclavo
se le cruzaron las venas,
y fue un momento una nube
de libertad y conciencia.
Y sin hablar fue una boca,
y sin pensar fue una idea,
desconociendo que hablara
y no sintiendo que fuera)

“Porque si yo fuera un pobre, 
si fuera yo por mi cuenta,
si al menos fuera un mendigo
con albedrío en la lengua...
Tú no serías, ya nunca,
señor de casas y haciendas,
tirano, bruto, fanfarria,
predicador de monsergas.
Serías ya un condenado,
pero a una muerte muy lenta,
de inanición y de escarnio,
de humillación y vergüenza.
Pero ni soy lo que digo
ni he dicho nada siquiera,
mi pensamiento es de nadie
y a nadie ofende ni llega”.

(Siguió después con la linde
mecanizada y correcta,
diciendo mal de los pobres
pues malas son las pobrezas)

- Señor, los pobres son pobres,
tienen la hechura plebeya:
de cara, mal encarados,
de culo, pedos y réplicas.
De la estatura chaparros,
la complexión ruda y fea,
en el pernil paticortos
hasta que arrastran la mierda.
Peludos en la corambre,
baldragas en la presencia,
los pantalones con costra,
los calzoncillos con pierna.
Bobalicona la risa,
a trasquilones la testa,
los dientes con escamochos
y en los molares, cavernas.
El cuello corto, robusto,
bufandas dos, las orejas,
cejijuntados los ojos
y forestales las cejas.
De la quijada, sansones,
las napias algo quevédicas,
la boca mísera y grande,
la nuez, nogal, por lo inmensa.
En el andar, tarambanas,
cultura, vamos, ni olerla,
de religión... van a misa
y encima son de derechas.
¿Cómo esperar de estos parias
comportamiento y decencia?
Que vengan sólo los ricos:
es lo más propio, Excelencia.

- ¿Para llegar a este monte
te has dado a andar tantas leguas?
Pues bien, estoy complacido
por los venenos que inyectas
a gentes que bien merecen
la bendición que les echas:
la miel amarga a los pobres
y mucho más la colmena.

- Pero los ricos son cuatro,
usted lo sabe por fuerza,
que a la sazón ni se tratan
por la cuestión de las tierras.
Por lindes y por cañadas,
por pastos, cotos y vedas,
porque si yo soy más rico,
porque si tú eres más menda.
Usted, Señor, por ejemplo,
con todos tiene querellas;
y no por celos de amores,
sino por odios a espuertas.
De los demás, los que tienen
culturas y no riquezas,
veamos, señor, sus casos
si con el vuestro conciertan.
El cura no ha de venirle
porque a los ricos confiesa
y, en la cuestión de los pleitos,
si se pronuncia, se enfrenta.
El boticario no es hombre
que se acomode a las juergas,
ni usted le compra boticas
que, por ahorrarlas, no enferma.
Alcalde no hay, de momento,
que lo depuso vuecencia,
y los ediles, ¡qué quiere!
ni son ni saben que sean.
El secretario rehusa
las casaciones abiertas:
se casa, y aunque con todos,
su novia siempre es secreta.
También el veterinario,
que está con todos a buenas,
prescinde de protocolos
para ahuyentar las sospechas.
Y ya ha cerrado el maestro
por vacaciones la escuela, 
así que el médico sólo, 
y el cabo, son los que restan.
Entre los dos no hacen uno, 
la lista suya es la negra:
el cabo es baja en la prima
y usted no iguala la hijuela.
O sea, igual que otros años:
no hay cambio o no nos afecta;
sin cambio no hay invitados,
sin invitados, no hay fiesta.
Por otra parte, la casa
es grande, dicho atrás queda,
pero ni sobran criados
ni han muerto muchas terneras.
Bebidas, sí, tiene muchas:
a tope están las cisternas,
a tope están los aljibes,
el pozo mana sin tregua...
De nada vale, no obstante,
tener la casa repleta,
si está la llave a recaudo
de manos tan usureras.

- ¿Usura, dices, cretino?
¿No doy limosna a la Iglesia?
¿No pago diezmos, primicias
y caridades diversas?
¿No pongo yo a San Antonio
cada su santo una vela?
Y a los mendigos que vienen
¿es que les doy con la puerta?
También amparo a monjitas,
Cobijo a viudas y a enfermas,
y a huerfanitas inermes
y a madrecitas solteras.
¿Qué quieres, contestatario,
que despilfarre la hacienda?
Un cuerno a los comunistas
y dos si son de derechas.

- Señor, ni da lo que dice
ni dice cosas muy cuerdas:
los comunistas son malos
pero son todos de izquierdas.

- ¿Y tú que sabes las cosas
de qué materia están hechas?
Los pobres, para ir al caso,
por el dinero dan vueltas.
Dinero, sólo dinero
es la política cierta:
del voto, que es millonario, 
lo pobre... la papeleta.
Con la intención, el que vota,
está votando pesetas:
en los salarios los pobres,
los ricos en las prebendas,
los viejos en las pensiones,
el empresario en la empresa,
en desempleo el parado
y los rentistas en rentas.
Que todos votan lo mismo
por desigual que parezca;
porque, al final, traduciendo,
¿qué es lo votado? ¡Contesta!

- De la política digo
lo que decida vuecencia;
no hay más que ver, si se mira,
que vota usted por mi cuenta.

- Achanta el morro, bocazas,
que se me escapa esta inercia
que va metiendo la aguja
por donde rompe la tela.
Y el candidato ¿qué busca?
igual, igual... la peseta:
poder para conseguirla
y un hueco para meterla.
Que no la mete quien quiere
en buena lid financiera, 
con interés elevado
sobre un negocio que eleva.
Ni los políticos, siendo,
si es que con ser no endineran,
ni el caballero con nombre
si sólo el nombre le queda.
El mundo va con dinero
y el que lo tiene va a rueda;
lo tienen, claro, los ricos,
los pobres sólo lo sueñan.
Porque ni Dios se lo ha dado
ni el hombre así lo consienta:
el pobre es pobre “usque ad mortem”
por natural consecuencia.

- Aquí, Señor, me he perdido,
así que vuelvo a la fiesta:
¿qué quiere usted con el huevo,
una patata o dos medias?
De la patada, las mondas,
el huevo es viejo y de clueca,
el pan ya tiene ocho días
y, para colmo, no queda.
Y el vino ¿para qué sirve,
Señor, si nunca lo prueba?
a ver si una mala uva
le agría el mosto en la cuenta.
Figure usted que un gobierno
nos pone el cielo a la inversa,
o que el Estado se hunde,
o el pueblo, que se subleva...

- Están las aguas en calma,
pero, si no los estuvieran,
con medios cuentan los cielos
para calmar las tormentas:
La guardia, con los tricornios,
por lo civil, las derechas,
los bancos con los millones
y el Clero con indulgencias.

- Los golpes, Señor, son bromas
que nadie ríe, por serias;
las gracias, si son pesadas,
ni como chiste son buenas.
Que ofende ver humillada
la libertad con violencia,
y mucho más si son sueños
los prisioneros de guerra.
Porque el agravio de boca
la propia boca lo enmienda,
pero los tanques arrasan
boca, voz, dientes y lengua..
Disfrute en paz, y con vida,
la miel que tienen las rentas;
la carne es mísera y muere,
después se dobla en miserias.
Que es triste verle esa ropa
y el calzoncillo de felpa,
la barba de siete días,
de un siglo ya la barbera.
Las mismas sábanas siempre,
la misma roña en las piernas,
el mismo pan cada día,
el mismo huevo en la cena.
Señor: ¿de qué vale un sueño
que da a los pobres riqueza
a soñador tan avaro
que ni soñando dispendia?
Malsueñe usted, malahorre,
malgaste usted lo que sueña:
que se le gasten al duro
los cantos, por lo que rueda.
Y los que nunca han comido
que se harten hoy de quimera,
que se le pone barato
por muchos pobres que vengan.
La mesa ya está servida,
también la hora se acerca:
que venga, pues, todo el mundo
que va a empezar esta fiesta...

PRÓLOGO Y EPÍLOGO

En una punta del pueblo,
donde la gente no llega
sino a sacar los rebaños
y abono para las tierras,
un hombre gasta la vida
como se gasta la vela:
con una luz mortecina
que va matando la cera.
Tan sólo tiene en la casa
el tronco donde se sienta,
el suelo donde pernocta
y un fuego escaso de leña.
En la pared, un remiendo
desvencijado: la puerta,
en la techumbre carcomas
y telarañas y grietas.
Detrás del fuego una chapa
de forja antigua, bien hecha,
con un criado en relieve
que está sirviendo la mesa.
Sobre la mesa, manjares
diversos, buena presencia;
los comensales ausentes,
quizás cruzando la puerta.
El hombre mira al relieve,
se da a los sueños y... sueña;
el siervo sale del cuadro,
la casa ya no es pequeña...

Y ya conocen la historia:
un hombre avaro que intenta
tener lo antaño tenido
sin sustraerle las mermas.
De todos los invitados
vinieron dos a la fiesta,
que pueden darse por uno
pues siempre van en pareja.
Los dos vinieron por orden
de la Justicia, que ordena
dejar sin casa a los pobres
sin más razón que estas letras:

“Si en plazo de breves lunas
no sale usted por las buenas,
vendrá la ley con la pala
y, con la pala, la fuerza”.

Pero la pala no viene
ni el hombre, claro, se aleja,
que allí las penas son muchas
pero los sueños las llevan.
La vida de este hombrecillo,
holgada ayer en riquezas,
cayó en la fosa del hambre,
mas no aprendió la pobreza.
Y pobre fue como pocos,
más que sus siervos lo fueran,
y mucho más orgulloso
y mucho más de derechas.
Que no entendió de la vida
sino la parte pequeña,
ni otrora, con los haberes,
ni luego, con las carencias.
Que no aceptó de los pobres
ni los consuelos siquiera,
y la igualdad mucho menos
y los mendrugos apenas.
Apenas, digo, pues alguien
se los tiraba a la puerta:
un siervo que, por venganza,
le dio una muerte muy lenta.

Murió, por fin, el avaro,
llegó la ley con la fuerza:
catorce casas hicieron
donde una apenas cupiera.

Mariano Estrada

De El Limón Hespérico 

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