Tierra conmovida
Al escribir este libro, mis hermanos, mis padres, mis abuelos y algunas otras personas queridas, han vuelto conmigo al pasado. Su compañía, al igual que entonces, ha sido gratificante. Por eso, y puesto que mi amor ya lo tienen, quiero ofrecerles mi agradecimiento. M.E.
PRÓLOGO
Es un hecho notorio que la ilusión se agota en el decurso del tiempo, a medida que avanzamos hacia la muerte. Por eso volvemos siempre al pasado, a recrear las ilusiones perdidas. Pero el pasado es recuerdo y el recuerdo es infancia, sobre todo; es decir, aquello que el descrédito no se ha atrevido a tocar.
Mi infancia, mis recuerdos, las ilusiones vividas, se sitúan en un pueblo de Zamora donde aún se da la certeza de que el humo proviene del fuego, donde el olor o el sabor son de cada esencia su atributo perenne y específico. Esta es la razón por la que el perro corre detrás de las liebres y el ratón, que acecha el queso, es acechado por los gatos. La carne sabe a carne, la hiel a hiel, la risa a risa y el amor es amor incluso cuando deviene en tragedia.
A quien la infancia le ha deparado vivir estas cosas, le es difícil entender que las palabras que fluyen de los labios no tengan una fuente en el corazón. Del corazón, llanamente, como un agua elemental, estricta y pura, han brotado estos versos.M.E.

ZAMORA.
Zamora,
trallazos tengo en el alma
de verte en sombra.
Por ti me corre la sangre
de noche en noche,
caliente y roja.
Por ti, Zamora.
Por tus racimos de piedra,
de trigo y uva,
de espino y mora.
Herido tengo el caballo
Por donde trota.
Zamora,
mi carne es tierra futura
de cerro y loma.
De surco amargo y sudado,
de barro y loza.
Te tengo aquí, donde suena
un canto estricto
de alondra.
Aquí, Zamora.
en los latidos del pecho,
en esa víscera honda.
En esa lágrima lenta
que de los rumios
me brota.
Zamora,
te río a trozos,
te lloro toda.
Te acercas tanto a mi ausencia
que por las noches me tocas.
Me oprimes con los dogales
y con las sogas.
Con los rastrillos que pinchan,
con las guadañas que cortan.
Zamora.
Carreta pausa de vacas,
costana rota.
Solana a charcos de lluvia
y rana verde que croa.
Y río y fuente y laguna.
Y roca.
(También y roca).
Zamora, lana de oveja,
paloma torca.
Serpiente de agua y leyenda:
¡me ahogas!
Me ahogas bajo tus yugos,
bajo tus hoces filosas.
Bajo las muelas de piedra
de las tahonas.
Mellado tengo el cuchillo
por donde corta.
Zamora,
a mí me pesa tu esencia
más que tu historia:
tu vida, tus labradores,
tus menesteres,
tus cosas.
Zamora, sudor de arado,
agreste surco de moza.
navaja y pan y tocino
que engorda.
Herido tengo el caballo
de lejanías, Zamora.
Con grillos y cabezadas,
atado a estaca y a soga.
Este poema fue premiado en el concurso Ignacio Sardá, de Carbajales de Alba (Zamora) de 1986.

© Carmen Aparicio
PRELUDIO DE SIEGA
Al paso renco de un burro
y por caminos agrestes,
andaba yo por mis tierras
mirando el mar de las mieses.
El sol pegaba de plano
y en las retamas silvestres,
las vainas, achicharradas,
se abrían todas del vientre.
En un zig.zag del camino,
junto a una cembra, una fuente.
El agua, todo frescura
y, alrededor, todo verde.
Allí saciamos, a morro,
el burro y yo nuestras sedes;
que el paso renco de un burro
renquea menos si bebe.
Después hicimos la holganza
que al buche lleno conviene;
el burro atento a las yerbas
y yo a los piensos siguientes:
“Por más que aguarde otro día,
el día llega igualmente;
la caña parte de abajo,
donde la hoz le hinca el diente”.
- Simprón, le dije al borrico:
la siega ya nos pretende.
Mediante Dios la encetamos
mañana mismo, si quiere.
ALBORADA.
Churín, churaba.
Mi cerda tiene cerditos
que no le sueltan las mamas.
Los perros ladran.
La zorra vino de noche
y no se fue de mañana.
Cayó en la trampa.
La vida toda se alerta.
El gallo, cuando despierta,
arranca el velo del alba.
La zorra pende del lazo,
la lengua afuera, muy larga.
los perros, como no llegan,
le mandan ojos de rabia.
Si pueden la despedazan.
Como ratones, chiquitos,
son mis gatitos.
Parió la vaca.
Cuando solté las ovejas
bramó la vaca.
El burro irguió las orejas,
sonó un rebuzno en la cuadra.
En el corral, las gallinas,
por las esquinas
cacareaban.
A un tris estuvo la suerte
de desplumarlas.
La zorra tiene buen pelo
para zamarra.
Cien duros quizás los valga.
La carne para los perros,
que bien la ganan.
En el reloj son en punto
las siete de la mañana.
El sol emerge.
La tierra llama.
El cura anuncia la misa
con las campanas.
TETE ALREDOR.
Tusa.
Tete alredor.
El labrador va en su arado
de tierra y sol.
Oliva, Pastora, ¡piru!
Vuelve.
Tete alredor.
Al frente van las cornales,
detrás la reja, la voz.
Túsate, vaca, tusa.
Tusa, vaquita, ¡jo!
Vira.
Tete alredor.
Con el rocío la fresca.
con la solana el sudor.
Oliva, Pastora, ¡piru!
Atrópate, vaca.
Vira.
Tete alredor.
LABRADORES.
Por el camino vienen
desde la era.
ellos son labradores;
sus cuerpos, tierra.
Con la mirada ausente,
la lengua seca,
el espinazo corvo,
las piernas rencas.
Por el camino vienen,
sudor y pena;
lo que sus hombros cargan,
albarda y yegua.
De las lejanas nubes
la noche cuelga;
sus cuerpos andan al paso
de las estrellas.
Por el camino vienen
desde la era;
por el camino eterno
que a casa lleva.
Recorrerán mañana
la misma senda;
ellos son labradores,
sus cuerpos, tierra.
ESQUILADORES.
Ajustaron la lana.
Trajeron unas tijeras
para cortarla.
Fue en primavera.
Trajeron una romana
y una tijera.
Eran diez hombres.
En el pueblo les llaman
esquiladores.
Esquiladores.
Con la lana que esquilan
pueblan la noche.
¡Ay, si tuvieran
un vellón de esa lana
con la que sueñan!
LA MATANZA.
El corazón le salía
por la garganta.
Y por el pecho la sangre,
y por los ojos el ansia.
En el ritual carnicero
de la matanza,
el banco, los matadores,
la vida misma cercada:
a soga y a mano firme,
como tenaza.
Por el cuchillo de sangre
se extiende la puñalada.
Las manos son como un surco
por donde un vino resbala.
Un vino denso, de lava.
Ya no es un cerdo el que gruñe,
es el gruñido de un alma.
Un alma que no tenía.
Un alma.
La sangre, que llena el cuenco,
se enfría y cuaja.
Y tras el último aliento,
de tiemblos, de bocanadas,
se queda inmóvil la bestia,
con una muerte estirada.
La carne del sacrificio,
inerte, sacrificada.
Al rabo un hombre y un chuzo.
Asepsia y paja.
Alrededor muchos ojos
que miran, pero sin lágrimas.
Y un fuego para las cerdas
que van a ser chamuscadas.
LA MAJA.
Te ataron a la cintura
crujientes hebras de paja.
Era el verano en la era;
la gente andaba a la maja.
Pasó la bota del vino,
paso el barril con el agua.
El sol picaba en los sesos,
los pensamientos quemaban.
Manojo sobre manojo,
aquí el grano, allá la caña,
la majadora que funga,
la majadora fungaba.
Te miran los atadores,
te están mirando las nalgas;
y la figura que pones
y la hermosura que gastas.
Aquél que atiende al velorto,
donde tú pones la carga,
también atiende a los ruegos
de su intención, que es bien clara.
Pues claro es, como el día,
que te ha de atar por la brava;
en el mañizo mediado,
en la mitad que le falta.
Los brazos que te sujetan,
sujetan más que tenazas.
De poco valen tus iras,
de poco, poco. De nada.
Y cuando pasa la bota
bajo un calor de chicharras,
dos buenos mozos te tiran
en el montón de la paja.
La majadora que funga,
la meda ya demediada,
y tú que escupes el polvo
entre vergüenzas y rabias.
La maja que no ata moza,
si tiene vino, no es maja;
si tiene grano no sale
de las espigas granadas.
Y dicen los majadores
que a veces atan a tantas.
que aunque centeno no hubiera,
hubiera sobras de paja.
LAS CUENTAS.
Contó los palmos de tierra
que en vano araba y araba.
Contó los granos de trigo.
contó el maíz y las habas.
Echó las cuentas de todo
y puso el hambre en la carga.
Pesaba más el invierno
con esa noche tan larga.
LA CAZA.
No se dispute esa liebre,
que tiene amo.
Al cazador lo cazado.
El perro que se la lleva
menea el rabo.
Ay, mira, mira,
los valles van hacia arriba
por el sembrado.
Sólo en la cima,
bajo los cielos,
ya no son valles, son cerros.
La muerte, como los valles,
camina siempre a los cerros.
Las liebres corren delante,
detrás los perros.
La caza empieza.
Comienza el arte.
El rito es parte
de la tragedia.
El cazador en el plante
con la escopeta.
El corazón no respira,
el ojo mira
y acecha.
La muerte va en los talones
de la pieza.
Se acerca al claro, la liebre.
la sigue el perro de cerca.
Y el cazador, ¡va, que viene!
ya no contiene
la espera.
Tris, tris, apunta.
Púm, púm, aprieta.
El fuego sale a montones
de los cañones
de la escopeta.
La liebre bota en el aire,
va a trompicones,
ya muerta.
La herida, los perdigones,
las convulsiones,
la entrega.
La sangre tiñe el sembrado,
el perro cobra la pieza,
ya la ha cobrado.
Que nadie se la dispute,
si no le ha dado.
EL HIJO.
Tengo una vaca entelada,
tengo la mies en la tierra;
ayer tuvimos un hijo
y mi mujer está enferma.
La vecindad va a la suya,
para jornales no hay renta;
un hombre solo no es nada
por muchas manos que tenga.
Se me echa encima la casa
de verme poca la fuerza;
si el tiempo me hace lo mismo
me va a arruinar la cosecha.
Un hijo es una desgracia
cuando hay olor a miseria;
¿qué va a llevar a la boca
si el hambre ya se la llena?
Que Dios me mande, si quiere,
sudar de noche la tierra;
pero que salve a mi esposa
que el hijo sale con ella.
AMANECER DE PRIMAVERA.
El día por las montañas,
¡qué claro viene!
La brisa mueve las cañas
del trigo verde.
¡Cómo te brilla la cara,
labriego,
mientras se mecen!
Y toda el alma
¡qué fuego
cuando de Dios amanece!
LA COLAGA.
La niña va por el miedo
de la colaga.
La noche es sombra.
La luna es vaga.
La brisa mueve en los chopos
Un pulpo de ramas largas.
La niña va por sus tiemblos
de rosa y malva.
Los dedos de los espinos
se van cogiendo a su falda.
La ranas croan.
Los grillos cantan.
El pueblo duerme en sus gentes
un sueño hacia la alborada.
Y sola, sola, la niña
que vuelve a casa.
Un qué la asusta.
Un qué la espanta.
Un qué le sube
por la garganta.
Sus ojos, que miran fijos,
se le hacen aguas.
¿Quién es el que anda?
Una luciérnaga acaso,
un gato, alguna alimaña...
Corre que corre, la niña.
La niña corre y resbala.
Nadie la sigue.
Nadie o... la nada.
El corazón le palpita,
le trota el alma.
Huye que huye, al galope,
la niña de los fantasmas.
Llega a la casa.
Su padre espera a la puerta
con una vara.
Él se la enseña.
Ella le abraza.
¡Qué miedo, padre, qué miedo
por la colaga!

© Angelines Pastor
LA CANTIMPLORA.
La cantimplora que llevas
no tiene agua.
Vete por ella.
Vete a la fuente, mocita,
y allí la llenas.
Pero si encuentras a un mozo
por el sendero,
no te detengas.
Que el calor me ha dejado
la boca seca.
Y, sin embargo, mocita,
no me des agua.
Dame la bota.
Porque de pronto me ha entrado
prisa en la boca.
Que el vino apaga, mocita,
bebido a chorro,
la sed que tengo.
Pero a la fuente no vayas
por el sendero.
Y si la bota se acaba,
le soplo el caño,
le bebo el viento.
Pero a la fuente no vayas,
que agua no quiero...
Que agua no quiero.
EL CORAZÓN O EL DINERO.
¿Tendrán razón los que dicen
que vas detrás del dinero?
Mira que yo no soy rubio
y, amén de bajo, soy feo.
A ti te sobran las gracias,
a mí me sobran defectos;
los que se burlan son muchos
y algunos hay que son cuerdos.
Yo sólo entiendo de pastos,
de labrantías, de aperos;
pero de amor no sé nada
porque en amores soy lego.
Del corazón desconfío,
pues siendo tuyo es ajeno;
y ajenos son los rumores,
pero las causas son menos.
¿Qué ocurriría en tus ojos
si en vez de treinta terneros
tuviera sólo un pabilo
para cubrir mal los cueros?
Ya sé que hay lenguas filosas,
envidias, malos deseos,
y ganas de echar por tierra
lo de los otros, si es bueno.
Pero también hay verdades,
cantadas en comadreos,
que aunque se verben de chunga
dan en el clavo de lleno.
Y mira tú que es ingrato
llevar colgado un cencerro,
si va detrás de un hocico
y encima tiene dos cuernos.
Así que ponte en la linde,
después elige el terreno;
cuando lo elijas, decide
y no te quedes en medio.
Acá o allá, pero entera;
con la razón, con el pecho;
amor a un lado y, al otro,
al otro por el dinero.
© Mariano Puentedura
EN EL JARDÍN.
En el jardín, a la espera,
se pasa la primavera
para el amor.
Van a venir los calores
y nadie lleva mis flores
a su balcón.
Y me entristece
saber que el árbol florece
sin que se huela la flor.
¿Por qué no son amadores
los ruiseñores
de alrededor?
LA YERBA.
Con los dientes corvos
de la tornadera
me llegué a los prados
a volver la yerba.
Y llegué con ganas
y le di con fuerza,
porque tajo había
y cansancio apenas.
Pero al rato largo,
con el sol a cuestas,
la modorra encima
y la gorja seca,
enfilé los ojos
a la boca estrecha
del sendero abrupto
que a los prados lleva.
Pero no llegabas,
como nunca llegan
las clamadas rosas
que el deseo alienta.
En el caño inútil
de una fuente seca,
me amorré con ganas
a beber la lengua.
Me miraba un búho
desde las salgueras,
medio en broma, casi,
medio en serio apenas.
Pero no acababa
de asomar la cesta
que te va delante
por la angosta senda.
Cuando al fin llegaste
con el agua fresca,
me agarré al borijo
hasta implar las venas.
Y me fui bebiendo
hacia las choperas,
con el hambre toda,
con la sed a medias.
Y engullí con prisa
más que el pan, la cesta;
más que el agua el ansia
que te da el beberla.
El calor pasaba
por las ramas quietas,
y llegó a los troncos
y prendió las yescas.
En la calma chicha
las cigarras, mientras,
entonaban cantos
en el humo envueltas.
Cuando vino el carro
a cargar la yerba,
nos pilló dormidos
y sin darle vuelta.
Por debajo verde,
por arriba seca,
la volvió tu padre,
le ayudó mi suegra.
Pero no gruñeron
porque acaso vieran
que aún salí el humo
de entre las choperas.
Nos pusimos ambos
a apañar, siquiera,
del sinfín que había
la que estaba vuelta.
Yo cogí el restrillo,
tú la achanadera;
y los dos el polvo
que la yerba suelta.
DÍAS DE SUEÑO.
Porque te quise de noche
el día vino con sueño;
muge que muge las vacas,
ladra que ladra los perros.
Como se quejan de ayunos
los alimento con piensos.
son muchas lunas seguidas
las que, de amores, no duermo.
Venga a balar las ovejas,
venga a bramar los terneros.
¡Vengan las noches hermosas
para pasarlas queriendo!
Los días son lontananzas
cuando en las noches hay fuego;
por más que canten los gallos,
por más que cuesten los piensos.
Cuando la noche es caricia,
el día apunta muy lejos.
¿Por qué será que el ganado
no deja amar a su dueño?
ARBOLILLO.
- Arbolillo del campo:
¿dónde está el ave
que se posa en tus ramas
para cantarme?
¿Dónde fue el pajarillo
de alegre cante?
- Al arroyo fresquito
que tiene el valle.
- Arbolillo campero,
tú, que lo sabes,
¿se marchó entristecido,
solo, con alguien?
- Con la sed en el pico,
solo y con hambre;
porque lluvia los cielos
no quieren darle;
ni la tierra lombrices,
ni fresco el aire.
“Avecilla apenada,
que Dios te mande
una nube copiosa
de lluvia y carne”
- Compañero, arbolillo,
si vuelve el ave,
que distraiga en mis ojos
la sed y el hambre.
Y después, arbolillo,
después que cante.
Que repueble el silencio
que tiene el aire.
VIDA SOLITARIA
No he degustado otra brisa
que la prisa;
no he degustado otro viento.
A mí me tuvo mi madre
entre la casa y el huerto.
No se me dio más salida
Que la vida;
no se me dio más escuela.
De solo a sol un arado
para clavarlo en la tierra.
Nadie me ha dado la mano
Como hermano;
nadie me ha dado los ojos.
Entré en el mundo sin nadie,
ayuno de almas, yo solo.
Nunca he tenido ni amigos
ni enemigos;
nunca he tenido calores.
Tan sólo apremios y prisas
y, sobre prisas, sudores.
Hoy me ha venido la calma
sobre el alma;
hoy me ha venido la suerte.
Hoy se han mirado a los ojos
mi corazón y la muerte.
LA SOMBRA DE D. QUIJOTE
No tanto soy Don Quijote
como su flaca montura.
Me arriman a las posadas
y no me pagan hartura.
Manduco en luengos caminos
-de grija más que herradura-,
hocico más que bocado
y polvo más que verdura.
Mellados tengo los huesos
y enderredor, la envoltura,
nutrida a palo y espuela,
arenga, insulto, locura.
Y la jaez que me cuelga
¡bendito Dios, con qué holgura!,
me inclina tanto del lomo
que todo el campo va en curva.
No tanto soy Don Quijote
como su Triste Figura.
Caballo que no hace sombra,
jinete y hambre a la grupa.
DINERO.
Dinero.
No quiero andar por la vida
contando siempre el dinero.
No lo contaba mi padre,
no lo contaba mi abuelo.
Y yo tampoco lo cuento.
La mía es una cartera
repleta toda de versos.
Los de las noches, con lunas;
los de los días, con vientos.
Para el dinero no hay sitio
y, sobre todo, no hay tiempo.
El tiempo lo necesito
para perderlo.
Para perderme en los sueños.
Yo quiero andar por la vida
sin lastre, cuenta ni peso.
MI VIDA.
Mi vida son los rebaños
que en largos años
cuidé.
Los montes, sus aledaños,
las fuentes de frescos caños
para beber.
¿Acaso no lo entendéis?
Yo soy llanura y otero,
quebrada, loma, reguero,
oveja y perro a la vez.
Mi casa es viento y es frío,
solana, lluvia, rocío
y campo siempre a través.
Mi corazón es la rosa,
el ave, la mariposa,
la abeja, el polen, la miel.
FECUNDIDAD.
El río baja de golpe,
la tierra calma lo espera.
Hay un lugar donde se unen
para que nazca la yerba.
¡Es tan fecunda la vida
cuando se mezclan!
A mí me duele la mía
que es sólo río, sin tierra.
Yo no he encontrado llanura
para extenderme por ella.
Desde un remanso la miro:
parece muerta.
ASFIXIA.
El viento viene cargado
de enfermedad y dolencia.
Son los pulmones del mundo
los que, cansados, se quejan.
A un lado los radiadores,
al otro las excremencias;
detrás los tubos de escape,
arriba las chimeneas.
El río mata a los peces,
la lluvia quema las selvas;
los animales se asfixian
y hasta los mares enferman.
¿Será el destino del hombre
poblar de muertes la tierra?
LUNA DE NOCHEBUENA
Por el hueco estrecho
de la chimenea,
se coló la luna
de la Nochebuena.
Esparció sus rayos
por la casa entera,
pero nadie había
que pudiera verla.
Recaló en los cuartos,
traspasó las puertas;
pero no vio nada,
nada, sino pena.
Polvo en los escaños,
polvo en la alacena,
polvo en la tarima
del hogar sin leña.
Y la luna triste
de la Nochebuena
preguntó a las cosas
la razón cuál era.
Pero ¡ay! las cosas,
tan calladas ellas,
se quedaron mudas
tras su polvoriencia.
En la luz difusa
de la aurora, mientras,
se perdió la luna
de la Nochebuena.
Y quedó en la casa
su constante piedra;
fría, como siempre;
sola, pero bella.
COMO TÚ
A Daniel Estrada
Como tú fui niño, niño.
como tú tenía
cara de ángel bueno.
Y era igual de rubio,
rizo sobre rizo,
todo mi cabello.
Como tú tenía
ojos inocentes,
pícaros y bellos.
¡Cómo tú, pequeño!
Como tú tenía
la caricia honda
de unos padres buenos.
Me cuidaban ellos.
Sé que me querían
como yo te quiero.
Yo era muy pequeño.
Tan pequeño era
como tú lo eres.
Pero bien me acuerdo.
Sé que me querían
como tú me quieres.
Tú no lo comprendes.
Pero yo fui niño, niño,
con tu mismo encanto,
como tú de pillo.
Y rasgué las ropas
y llevé escalabros
por el mismo sitio.
Como tú, chiquillo.
Y era igual el llanto,
y era igual la risa,
y era igual el mimo.
Te pareces tanto
que me digo a veces:
¿no serás yo mismo?
Corazón de potro,
tanto de pareces...
¡Tanto y tanto en todo...!
LAS YERBAS.
Como un rumiante
voy a las yerbas;
las rumio dentro,
las pasto fuera.
Parece tonto,
pero es la vida:
rumiar de noche,
pastar de día.
Y si hay quien vive
de otra manera,
las pasta dentro,
las rumia fuera.
Pero es lo mismo
cambiar el orden:
rumiar de día,
pastar de noche.
LA LOBA.
Anduvo a rabiar por el monte
detrás de una loba parida,
con perros que siguen el rastro,
con ojos de acecho y vigilia.
Siguió los regueros del agua,
las cuestas abajo y arriba;
llevaba polainas de cuero
y postas de plomo y mochila.
Pegó con manadas de corzos
y dio con la zorra, que huía;
con tejos, con gatos monteses
y hurones que acaso no había.
De aquello que andaba buscano,
de aquello, ni loba ni cría.
De pronto, mirando a la luna,
se vio con la barba crecida.
YO VENGO A LA VIDA.
Mi empeño es derretirme como cera,
con pausa lentitud y densa llama;
sentirme derretir por la mañana
y luego palpitar la noche entera.
Yo vengo de un lugar que se venera
la efímera ilusión, que siempre es vana;
y vengo a crepitar como la llama
crepita sobre el lomo de la cera.
Yo quiero levantar una bandera
de fibra elemental y cotidiana,
que tiemble con la vida, hasta que muera.
Yo vengo a ser peldaño en la escalera,
bocado en el comer y, en la ventana,
cristal que mira dentro y mira fuera.
D. QUIJOTE, D. SANCHO Y
LAS LUCES DE LA CIUDAD.
A Miguel de Cervantes.
Ha poco pernocté en la gran ciudad
y vÍla de candiles soleada.
Pensé que era visión desatinada
muy propia de este Hidalgo demencial.
Mas hete que don Sancho –que no ha mal-
veía como yo la candilada.
Ya muy era visión descabellada,
pues nunca Sancho y yo vimos igual.
¡No mientas! –balbucí- pues no ves nada,
y al paso le apunté a la cabezada,
habida muy la suya por normal.
¡Señor, Señor, mi dueño –dijo el tal-
Candiles no, ni estrellas aterradas.
Luciérnagas parecen, enceladas!
DOLOR DE MUELAS.
A todos los muelenses emigrados.
Y ya que a tu dolor, oh boca, apelas
como algo contumaz y enfebrecido,
habré de concederte, complacido,
que no hay otro dolor como el de Muelas.
Pero ¡ay!, consolación, ¿a quién consuelas
con este “mal de muchos” aludido?
Ni son el mismo mal, ni tú has tenido
agujas en la encía, como azuelas.
Me duelen con rigor las entretelas
de tanto masticar en preterido
el polvo del recuerdo, tan querido.
Que baja la clepsidra hacia el olvido
y a mí, como aun caballo encanecido,
me duelen en el belfo las espuelas.
EL CASTRÓN.
Al fondo del corral, en la tenada,
berrendo de negror y de blancura,
echaba, cornamenta y apostura,
sus ojos en el mar de la cabrada.
Su estampa era hierática, cargada
de fuerza, de dominio, de tiesura,
holgada en majestad de la más pura
que un rey haya tenido en la mirada.
Y, en tanto que por rey, la sinecura,
tenía, por su adónica hermosura,
un lógico derecho a la pernada.
Tenía ese donaire en la fachada,
pero una mano entró en su colgadura
y el macho era tan sólo capadura.
ESTAMPA HOGAREÑA.
La madre.
Hilaba humanidad en una rueca
nocturna, silenciosa, infatigable.
El fuego era amoroso, respetable.
Olía a cuajarones y a manteca.
El padre.
Sentado en una banca de castaño,
cosía unas polainas con la lezna.
Un cuero elemental sobre la pierna,
un hilo de bramante en el escaño.
La hija.
Miraba con amor hacia la estopa,
la rueca, la corambre, la polaina
y, al tiempo que miraba, sonreía.
El hijo.
Haciendo pucheritos con la boca,
gastaba un pizarrín en la pizarra
en tanto que, en los ojos, se dormía.