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TEORÍA
DEL ARTE Antes
del insólito descubrimiento de los hermanos Lumière, las artes
reconocidas por los sabios y aceptadas por su humilde vasallaje duplicaban
en número a las famosas hijas de Elena, las cuales eran tantas como las
personas de la Santísima Trinidad, aunque éstas gozaban del arte de una
unión hipostática. Así,
el cine no tuvo otro remedio que encaramarse a la lista con el sello de un
número mágico. ¡Y vaya si lo ha sido!. Sin
embargo, desde entonces para acá, los
prodigiosos avances de la modernidad, incluidos los cuantos y la cibernética,
no han logrando encontrar un corpus artístico diferenciado que sea
digno de ampliar esa serie. De modo que la suerte está echada: al arte,
como a la semana del calendario occidental y a los pecados capitales del
catolicismo -con los que guarda tan sólo una relación cuantitativa-,
categóricamente no le caben addendas. Ahora
bien, al margen de los términos de su clasificación, sabemos que el arte
es numeroso, prácticamente innumerable y hasta puede que de alguna forma
infinito: de la forma exacta en que pueda ser infinita la inteligencia del
hombre. Lo
que el arte sea como definición ya
es harina de muy variados costales, sobre la que expongo esta inocente
conjetura, también llamada El
arte es un apunte de la creación rescatado del tiempo y del olvido;
o, más estrictamente, la plasmación material de ese mínimo
cuerpo numinoso que, percibido y conformado por el artista, es susceptible
de captación por el
común de los humanos en la medida de sus diversas disposiciones o
sensibilidades. Por lo tanto, el artista es un privilegiado perceptor
de las esencias de la vida en su más remoto pretérito, estribando
su grandeza
en la capacidad para atraerlas al presente, reflejarlas en él y
transmitirlas al futuro; pero
no es un creador de las
mismas, como normalmente se cree, ni desde un punto de vista conceptual ni
desde ámbitos más próximos al barro, pues las herramientas de que se
sirve y los materiales que utiliza, antes de su intervención
en el proceso ya son parte del tiempo incesante y del inescrutable
cuerpo universal. Realmente,
el artista es un niño crecido que, de forma persistente y machacona,
construye sus castillos con determinados elementos de base: la piedra, el
barro, el sonido, la palabra..., al que le cabe la gloria de hacer
hermosas figuras que no están desarrolladas en los más prolijos catálogos.
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