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Que
un pueblo de esta España de Maastricht incluya en sus
programas de fiestas un Recital de Poesía, no sólo nos
redime de nuestras múltiples miserias culturales, sino que
siembra el paisaje de una remuneradora esperanza. Y si el
pueblo es de este abrupto levante, la esperanza tiene un
efecto multiplicador. Y si encima es una
calle larga de sol, ahogándose de frutales y de mieses
granadas, o una blanca gaviota que se ha hecho mar sobre
esa cumbre de almendro y de reposo, entonces la esperanza es
un largo camino de belleza. Se le puede llamar de muchas
formas, pero uno de sus nombres es Tárbena, ese pueblo-mujer...
de cimas y quebradas que a Gabriel Miró le
producía un cóncavo abejeo de caracol marino.
Lirio
de campanario... Claridad de elevación....Contornos
exactos...Altitudes y lejanías de porcelanas prolijas...
Aún
franquea su entrada, como un testigo mudo (aunque también
entristecido y olvidado), uno de aquellos Dos
cipreses de bronce que, al lado de la carretera, se
yergue sobre una
grada de cultivos, una acumulación de losas, un breñal
torvo... Todo
ello frente a un
pueblo saliendo jugosamente de los sembrados... Y si
esto aún sigue existiendo ¿en qué puede extrañarnos que
la Poesía corone la cumbre de sus Fiestas, de sus frentes o
de sus vidas? Allí vive el almendro con una intensidad de
enamorada mujer en primavera, con un vestido cárdeno y un
cabello íntimo de luna. Allí habita la luz sobre el hondón
de los hortales, sobre el duro peñascal, sobre las calvas
terrosas que van del brezo al palmito, sobre las copas
tiernas de los pimpollos y
las aliagas.. Y en el aire limpio. Y en las casas
blancas. Y en las humeantes chimeneas, sugeridoras de
atavismo y de tiempo, de interminables conversaciones
familiares, de grandes orzas de cobre y artesas de matanza
con aromas a orégano y
cariño. Chimeneas humildes de fogones pobres,
evocadoras de autenticidad y de vida...
Desde
esta declarada admiración,
yo quiero expresar mi agradecimiento por ser la
afortunada persona a la que Tárbena ha introducido en sus
Fiestas para hacer un Recital de Poesía (que haré con el
apoyo de Manolo Palazón y de Fernando Medrano, entre
otros). Y en esta tesitura, arrimando el ascua a la lírica,
quisiera pedir
a Tárbena un reconocimiento expreso para Gabriel Miró, ese
gran poeta sin
versos que, tras su ya lejano paso por esos lares, además
de los entrecomillados anteriores, dijo cosas tan altas como
ésta: ...en los
huertos apacibles y calientes de abajo, en los valles con
aires de mar, se pronuncia Tárbena levantando mucho los
ojos. Y Sigüenza
tuvo que sonreírle cuando, ganada ya su altura, "Tárbena
acababa de ponerse jovialmente a su vera.
Acaso
ese ciprés de bronce, que ha perdido en el tiempo su
pareja, pueda perder un día su prolongada soledad. ¿Por qué
no levantar junto a él algún agradecido recuerdo?
Mariano
Estrada, 20-07-97
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