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Esto que cuento aquí no me ha pasado una vez, sino muchas veces; no me ha pasado en un bar, sino en muchos bares. Creo que la queja está completamente justificada. Sin embargo, no quiero beneficiar a unos ni perjudicar a otros. Lo que quiero es realmente muy simple: que no nos den gato por liebre

 Con independencia de que se lo curre muy bien, que es el mejor modo de granjearse a la suerte, parece evidente que la multinacional Coca-Cola es una empresa amamantada por La Fortuna. Por la Fortuna y por Cronos, pues hace largos años que cuenta, entre otros muchos favores, con el filón inagotable del cubata y con el fervor sostenido y  multiplicado de los niños. Creo que esto lo suscribe cualquiera.

 No obstante,  les habla un modestísimo consumidor que, sin ser ya  niño ni tener afición por los  cubatas, está sujeto a la sed de los mortales en el ancho territorios de las cafeterías; y les habla para decirles que está un poco hasta el gorro de esa mano inocente que, en sus múltiples incursiones al botellero, tiende a diluir en el color la diferencia de las marcas y de los sabores. Así es como la Coca-Cola, usando unas prerrogativas de las que acaso no dispone la competencia, sirve un Drim amargo donde alegremente se pide un Bitter Kas.... Por cierto, esa mano inocente, propietaria o camarera, al final te acabará refiriendo los entresijos del Drim: una  oferta continua y generosa que, dada la competitividad, puede ser suficiente para vencer  reticencias y voluntades. Una oferta, se entiende, de la multinacional Coca-Cola, empresa que, desde el punto de vista de la ubicuidad, goza de los atributos de Dios.

 Eso, digo, es lo que al final te acabará refiriendo, pero antes, con bastante más morro que convicción,  arguye algo así como que sabe exactamente lo mismo. ¿Lo mismo?... No, hombre, no, lo que sabe es a disculpa barata. Luego cambia de tercio y añade que "salvo tú, ningún cliente protesta; excusa que me remite a los hijos en su etapa de reivindicadores de la nocturnidad: pues todos mis amigos llegan más tarde. Claro, ningún cliente protesta porque, el próximo, será otra vez el primero. Igual que el cangilón de la noria. Y ustedes se dirán: ¿tan malo es ese Drim que tienen que meterlo a mazazos?

 Además -concluye- si quieres te lo cambio, con lo que acaso está diciendo implícitamente: oye, tío, tú eres un quisquilloso.  Cosa que  puede ser cierta, pues hace unos veinticinco años que, por exclusión, tomo esa roja quisquilla llamada Bitter Kas, la cuál, y dado que el hombre es un animal de costumbres, no voy a cambiar de repente por mucho Drim que tenga la Coca-Cola, que lo tiene para dar por un tubo en el mostrador de los bares. Y éste no es un rechazo calculado del intelecto, sino una reacción espontánea de las papilas que, si bien me lo aceptan casi todo, me niegan el alcohol y los espárragos enlatados, pongo por caso.

 Por último, y dado que esta crítica, al menos en la intención, rechaza el calificativo de acerba, tengo que decir que, por nombre,  yo soy la negación de la Virgen. De modo que ¿voy a dejarme avasallar, a pelo, por ese Drim sin fuelle de la multinacional Coca-Cola, cuando ése no es mi gusto?

 En descargo de los bares, restaurantes y cafeterías, digamos que hay algunos en los que esa mano inocente lo es en realidad y sincroniza muy bien con el oído: su bitter kas, caballero. Tal como Dios manda.

 Mariano Estrada, 25-05-97

 
 
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