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SOBRE LOS ÁNGELES: UN
PUNTO DE ENCUENTRO CON ALBERTI Querido
Alberti:
Hace mucho tiempo, cuando mi cuerpo era intrincado laberinto de un ángel
jovial y revoltoso, fui tocado en el alma por el pico de una grulla poética.
Yo
era fuente de risa sin desmayo que, acaso por azar, tropezó con
este críptico verso: A un niño,
a un solo niño que iba para piedra nocturna. ¿Quiso la casualidad
acercarme de este modo a la muerte, si bien una muerte enigmática y
lejana como era para mí la que el Poeta dedicaba a su amigo Gerardo
Diego? No, ése fue, sin duda, el descubrimiento conceptual de la belleza.
Yo habitaba las calles, las brisas, los paisajes... Yo habitaba la luz,
las flores... Yo habitaba la vida. Pero, hasta ese mismo instante, no había
sido consciente de estar habitando la belleza. Después, y ya
conscientemente, la he habitado a menudo,
incluso en los momentos de dolores más hondos y cercanos, en los
que la muerte es: No aliento de
farol moribundo ni jadeada amarillez de noche agonizante, sino dos fósforos
fijos de pesadilla eléctrica.
Más tarde, cuando la noche era Un
sueño sin faroles y una humedad de olvidos, mi alma peregrina Ya
llevaba una ciudad dentro.
Y El mar fue y le dio un nombre,
porque
ya mi vida iba a ser, ya lo
era, litoral desprendido. Y perdí la gravidez, sencillamente. Y no
ascendí a la luz porque mi frente, prisionera del vértigo, se despeñó
por cantiles de flaqueza, pero aún admiro las alas de ese ángel tonto, ése
que niega el limbo de su fotografía y hace pájaro muerto su mano. Luego vino una diáspora de inquietudes espirituales y ansiedades líricas que llevó mi pensamiento por otros mares y tierras; conocí la infinitud de los paisajes literarios: clásicos, modernos, hiperrealistas, novísimos, contraculturales, y me pobló con largueza la significación multiplicada de las palabras y la profundidad inabarcable de los conceptos. Hasta que detrás de una Arboleda Perdida, cerca ya del olvido angelical, las almas que me habitaban tropezaron con el ángel de una luminosa persona, y dijeron: ...Ángel de luz, ardiendo. ¿Quién eres tú, dinos, que no te recordamos? No, no te conocieron las almas conocidas. Sí la mía que, por conocerte, te desempolva y te ama. Mas ¡ay!, con un quebranto en la voz porque, de pronto... Párpados desvelados vienen a tierra. Te han buscado en la ola. ¿Qué voz difunta los manda?. Te buscan vivo. Y no te encuentran. Te buscan muerto. No muerto, dormido. Y sí... Dormido para siempre, como un ángel de luz deshabitado, como un pulso de sangre en las afueras de la vida.
Querido amigo: Tú, que siendo Marinero
en tierra sufriste las tribulaciones de toda forma de ángel: mudo,
cruel, envidioso, vengativo, ceniciento, como Esa
alma en pena, sola, esa alma en pena siempre perseguida, hoy
habitas los Ecos de alma hundida
en un sueño moribundo, de alma que ya no tiene que perder tierras ni
mares. Que el mar, la mar, de quien no supiste nunca si era niño o niña
y fue tu cuna en la tierra, te acune
eternamente en el cielo.
Mariano Estrada Vázquez, desde esta Villajoyosa de luz, en cabotaje
luctuoso, al
marinero Puerto de Santa María, Cádiz. Hoy, 28 de Octubre
de 1999, el más triste de España. (Este texto, del que lógicamente se ha modificado el final, fue leído en el curso 98-99, con motivo de los Actos de celebración del 25 aniversario del Instituto de Altea, del que Alberti era padrino)
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