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 SERRAT

 El día 7 de mayo fui al concierto que ofrecía Serrat en el Gran Teatro de Elche. Cuando el artista salió al escenario iba precedido por un halo de tiempo y de memoria que, en el transcurso del recital, se iba convirtiendo en una auténtica nube de añoranzas, casi una añoranza por canción. Y digo casi, porque las nuevas canciones de su  repertorio aún no han generado recuerdos. Ya lo harán:  Serrat tiene pegada. Y presencia. Y personalidad, esa personalidad que siempre ha llevado por delante. En este mundo de prisas, que lo devora todo y casi todo lo echa al olvido, podrá pasar de moda, porque “todo pasa”, en efecto,  pero yo creo que algunas de sus canciones ya se han hecho un hueco en la eternidad, al menos en la eternidad inmediata. ¿Que si queda todo? No sé, supongo que Machado cargó un poco las tintas en su apreciación, pero Serrat será uno de los que permanecerán mucho tiempo. Mucho tiempo. Por suerte para las generaciones venideras. Un abrazo. Mariano Estrada, 25 de mayo del 2003, día de elegir concejales y parlamentarios.

 

CONCIERTO DE ELCHE

 Por la mañana rocío / al mediodía calor... Así empezó Serrat, en su concierto de Elche del pasado día 7 de mayo. Luego dijo que, por la noche, conviene saber con quién te acuestas, o al menos cual es su nombre. Pero nosotros lo sabíamos de sobra. Su nombre es Joan Manuel, nació en España / su casa era de barro / de barro y caña. Y él, Serrat, es el mismo de siempre, el  que alentó nuestros sueños en la primera juventud, cuando ella era menuda como un soplo y le gustaba andar por las ramas; el que marcó nuestro destino con sus Palabras de amor, sencillas y tiernas; el que se puso detrás de los cristales para decirnos que llovía sobre los chopos medio deshojados / sobre los pardos tejados; el que ha ido poniendo las hojas de la vida sobre un suelo que, poco a poco,  se va vistiendo de otoño... Un otoño excelente, por supuesto, porque Serrat ha hecho tablas de aquella buena madera; un otoño digno y elegante, porque Serrat tiene una magnífica planta; un otoño fructífero, porque ninguna pulmonía le ha podido matar, como a Don Guido, sino que, con Miguel Hernández,  es un árbol que retoña y aún tiene la vida. Y aún tiene la vida. Qué le vamos a hacer si, con independencia de los caprichos del azar, él sigue jugando en tu playa, que es la suya y la mía,  y en las arenas templadas del Mediterráneo, que es el tuyo y el mío. De hecho, no logra hacer otra cosa que pensar en ti, que es la canción, que es la música, que eres tú, que soy yo, que somos todos nosotros, los que habitamos el Sur y los espacios definidos por el sueño, por la libertad, por Machado, por Hernández, por Benedetti....

Un abrazo

Mariano Estrada

 

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