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Ayer, cuando la
tarde se inclinaba hacia la noche, bajé con Noah a la playa de la
Caleta, que está frente a mi casa. Noah es una perra inocente que
corre el peligro de los venenos y de los automóviles. Sólo quedaba
en la cala ese silencio hondo que asume el estruendo de las olas al
rebotar en la rocalla de los acantilados. Bueno, quedaba también
una pareja de tórtolos talludos que, en su ciega luna de amor,
mostraban hacia el entorno una indiferencia elocuente. La playa
es nudista, o sea, de nudos
marineros y gordianos, de nudos corredizos, de nuda propiedad, de
nudos cuerpos. Y también de cuerpos en bañador. Un nudismo raro
que, desde el declive de la tarde a
los oscuros barrancos de la noche, incluye la variante de los
vestidos y de las cañas de pescar.
Finalmente, los tórtolos se fueron de su nido y yo, extrañado de
tanta soledad, me senté en una pequeña restinga mientras la Noah
husmeaba por los derumbaderos. Yo Intuía que allí, en la intimidad
de esa playa recoleta, bajo el vuelo persistente de las gaviotas,
frente a un mar casi eterno, estaba la orientación de mi voto. De
modo que extraje las antenas de la percepción y me dispuse a
captarlo, aunque las ondas lo dictaran en morse. Una brisa leve, que
daba sobre las negras guedejas de la Noah,
me indicaba que había corrientes marinas. Y, en efecto, mi
mente registraba interferencias
y dudas. Normal, ayer era jueves y la reflexión es el sábado.
Hasta entonces, los candidatos no dejan de agitar el repetidor, de
agitar el repetidor, de agitar repetidor.... Claro, me dije, ¿cómo
puede hacerse uno una opinión antes de tener todos los datos? Los
indecisos existen porque aún no se han completado las repeticiones. Hay que ir a los mítines hasta que alguien te machaque las
entendederas. ¿Cómo se te ocurre que la orientación de tu voto
puede estar en el mar, saliendo de una alfombra de posidonias?
La
Noah, que de pronto se había puesto a mi lado, me miraba con un
interrogante en los ojos, a los que asomaba el cansancio y el
hambre. ¿Nos vamos a casa, Noah? –le dije- Y tuvo la certeza de
que la estaba llamando la comida.
Mariano
Estrada, 23-05-2003
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