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Acaso no en todas partes, pero estos días pasados ha
hecho ciertamente calor. Y como no todo el tiempo puede estar la
gente tirándose al mar o a la piscina o exponiéndose a los
chorros benditos de una ducha, a mí se me ha venido a las mientes
la idea de regresar a la primavera. De ahí que les ofrezca este
soplo literario, que es un texto/refresco o, si ustedes lo
prefieren, una frescura lírica...
Un
asiduo lector de esta columna y, por encima de ello, amigo, me
sugiere la posibilidad de componer un canto de primavera. Bien
sabe él que para mí, antes que un canto, la primavera es una
ardiente necesidad, como tantas otras cosas que, de uno u otro
modo, han formado parte de mi felicidad y mi infancia. Si algo se
puede comparar a la belleza rotunda de esa primavera recordada
-tan real sin
embargo-, es la urgente blancura
del almendro en este enclave de luz de La Marina, su
belleza fugaz y procelosa, su asomo desbocado al infinito
azul que, en una fimbria lejana,
une al cielo y al mar...
Y esa flor profusa del recuerdo, que nadie ha destronado
todavía y voy a oler en mayo, nuevamente, se sitúa en un rincón
querido de La Carballeda (Zamora), comarca
cuyo hecho diferencial, además de relincho de caballo, es aullido
de lobo. Allí hay un viaje pendiente que, con tristeza
resignada, quedó atrapado en mis sueños de hace un año y es
inspirador de estas líneas, las cuáles, a sugerencia de parte
-pero ciertamente con gusto-, ofrezco a mis amables lectores y, de
una forma especial, a los tienen contubernios con la lírica. Son
éstas:
"En la rabiosa actualidad de mis cuarenta y nueve años
cumplidos, uno de mis íntimos deseos, tal vez el mayor, es el de
sumirme en el paisaje vigoroso de la niñez, que es de felicidad y
de roble. Y no hablo en un sentido literario, que puede estar
regido por la ficción y conllevar un afectado apasionamiento,
sino en un sentido auténtico de realidad y de vida. Y más
concretamente, desde este mayo lírico y azul -que el mar impregna
de músicas-, no voy a evocar el invierno o el otoño, la desnudez
y la calma, el dolor, el frío, la seroja..., porque hoy, a la
distancia de un llanto contenido, mi
pensamiento está lejos de la muerte, mi sangre es un río
de inocencia, mi
compromiso es la vida. Tampoco evoco el verano, que es amor
maduro, favorecido y reciente...
En este ahora preciso
-reflexivo instante de un tiempo insatisfecho-, necesito la
erupción primaveral, con su explosión de júbilo y de yemas; la
ternura del árbol y sus lenguas de candor y de virginidad; la
abeja encaramada en sus montañas de libación, la miel, su olor
premonitorio... Necesito las hierbas de los prados, sus aguas
subyacentes, como mares de ensoñación; las faldas de los montes,
que vierten arroyuelos de cristal y enternecimiento... Y la flor,
la intensa plenitud de una belleza indescriptible, pero múltiple
y generalizada, ante la cuál me reclino, largamente, con la
humildad del que sabe que es depositario de un gozo".
Mariano
Estrada
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