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LA RAZÓN A LA FE La
luz de la razón es un destello blanco que, a lomos de ignorancias y de
sabidurías, aunque siempre con espuelas de voluntarismo, nos lleva por
espacios temblorosos a la humilde convicción de nuestra esencia
insignificante (realidad, materia), pero deja abierto el señuelo
de una potencialidad ilimitada (ilusión, espíritu). Así, desde un
cuerpo arraigado en la gravitación universal, extendemos las alas de una
mente incorpórea con la pretensión cósmica de la infinitud y la
intemporalidad: una suerte de proyección de los anhelos hacia el límite
oculto de la vida -por el lado en el que campa
la virtualidad-, que en lenguaje filosófico se llama trascendencia
y tiene como representación un difuso abismo alrededor del
diagrama espacio/ tiempo. Pero
esto es sólo un modo de extrañarse, es decir, salir de nuestro íntimo
vacío para buscar el relleno en un lugar más vacío, si es que el vacío
es susceptible de profundización, como el mal y los sótanos. Y no deja
de ser paradójico que este mecanismo funcione, demostrando que la
realidad se alimenta de un aire sutilísimo e incierto, quizás de una
ferviente e inquebrantable fantasía. La fe tiene ese número en su haber
y Dios no ha sido nunca otra cosa. Es más, aunque la inanición agote
plenamente a los dioses, el mundo no se hundirá mientras alguien se siga
sustanciando en los fabulosos brazos de Hércules. Lo
malo es que los hércules de ahora van mucho en la linea machacona de la
alterofilia, y los dioses que nos ha tocado aguantar cimentan sus dominios
en la estructuración de pensamiento del tipo Gran Hermano. ¿A quién
puede extrañar, por tanto, que el mundo se deslice por abismos y
derrumbaderos?A nadie. Sabemos que la actualidad es dependiente de la
televisión, y que esto subvierte toscamente una buena parte de los
valores, para mayor gloria de Nietzsche. Lo
que pasa es que hay cosas en la vida que no van a ser nunca filmadas ni
reducidas a carne de televisión, y la inocencia -que brota sutilmente-,
se extiende por doquier en sueños multiplicados e imperecederos, en almas
inaccesibles a la vulgaridad y a la derrota, en el rescoldo inmanente de
fuegos no del todo apagados y de flores no del todo marchitas. En
tanto escribo estas cosas, un pequeño pájaro emite su canto elemental,
despreocupado y hermoso, desde
una rama de hibisco. Las flores de éste árbol se mueren cada día con la
sombra y resucitan cada día con la luz. Árboles y pájaros ignoran la
razón y los conceptos. Ambos son ajenos a la fe, pero ensanchan
irremediablemente la mía, que ahora mira al mar. Mariano
Estrada
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