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OTOÑO Acaso
por ausencia de meditación, o tal vez por asociación inconsciente con el
tiempo luctuoso de los difuntos -entre los que tengo muy cercana familia-,
siempre había creído que el otoño era una magnífica metáfora de la
muerte. Y, en efecto, el vientre de las Horas se derrama en un color de
tierra, el día es gris, la lluvia minuciosa, la tarde adquiere texturas
de frescor, de oscuridad, de melancolía... Y las hojas caen, finalmente,
aunque antes revisten de belleza la inminente desnudez de los árboles. Sin embargo, quien se sienta a sí mismo como rama inseparable del paisaje, sabrá perfectamente que los árboles sin hojas y, por extensión el invierno al que sin duda simbolizan, siguen siendo excelentes manifestaciones de la belleza: eso sí, una belleza más íntima, más dura, mucho menos obvia, más fácil de percibir en los caminos de vuelta... De otra parte, la caída de las hojas y los troncos consecuentemente desarropados, son extremos de un ciclo de la vida, pero no la consunción de la misma, que estaría representada, aquí sí, por la muerte del árbol, a la que luego me referiré. Y lo mismo que la tarde -en su inevitable camino hacia la noche-, conlleva el resplandor del lubricán, el otoño se resuelve en un vestido amarillo, un manto con lenguas de gravitación, unas hojas lentísimas que dejan sus resecas nerviaciones en los umbrales helados del invierno: allí donde se yerguen los árboles desnudos y mantienen su fría soledad como guardianes impasibles de su propia savia. Pero
no es un hielo eterno. Al contrario, el invierno -que "cabalga por
los fríos con sus potros de nieve"-, es el mesenterio de la
regeneración, el vientre mismo de la vida que, tras un hondo letargo,
romperá sus ataduras en los primeros tizones del calor. El
otoño, contra todo lo que cabe suponer, no es una acertada metáfora de
la muerte, ni siquiera una estación fronteriza. Antes bien, es un leve
descanso, casi un pestañeo, la amortiguación de un previo sofoco y,
sobre todo, una abrumación de color y de armonía que, depositados en el
frío y rumiando una paciente soledad, incubarán
los futuros esplendores de la naturaleza. Por
último, además de un árbol extenso y hermosamente adornado, el otoño
es un abrazo telúrico, un beso de gozo y sementera, un éxtasis continuo
de contemplación. ¿Cómo puede ser triste? Lo que a mí me
entristece de verdad es
el negocio de la madera, la química de los vertidos y los pesticidas, el
arboricidio indiscriminado, las lluvias ácidas, las quemas esponsorizadas,
la desertización, la incuria forestal, el esquilmo...Y también ciertos
molinos de viento, los llamados eólicos,
contra los que acaso tendrá que arremeter D. Quijote. Un día habrá
un sólo árbol en el mundo y entonces daremos nuestra hacienda por verlo.
Será un árbol con hojas amarillas, ciertamente, pero no de un otoño
esplendoroso, sino de una irremediable desolación, tal vez
de una desaforada hepatitis. He ahí la metáfora. Mariano Estrada, 01-10-99
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