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MUERTE
DE UN PAISAJE En
los tejados de Muelas brillaba un sol de pizarra humedecida. La torre de
la Iglesia exhibía un alto silencio de campanas y una esbelta belleza de
granito. Un reguero de humo salía de algunas chimeneas como un atisbo de
humanidad y de vida... La primavera había roto en el corazón de los
árboles y a sus ramas asomaban unas tímidas yemas con el sueño de
futuros esplendores. Yo contemplaba estas cosas desde una peña de frío
del Piñedo, que adornaba sus enfaldos con líquenes verdosos, negruzcos y
amarillos. A mis pies se había acomodado un lagarto que competía con
ellos en inmovilidad y en colores. En el cielo planeaba una joven pareja
de aguiluchos y el barrio de Matalera era un canto enfervorecido de
vencejos... A mi izquierda, el río Fontirín se extendía largamente por
el hondo vértice de dos laderas de roble: el escajo de Peñalavega hacia
San Andrés y las brañas de Villarrío y el Frañedo, hasta perderse en
los meandros sinuosos de Tijera. Desde allí, hacia un lado, las llanuras
de pino de Perilla y, hacia el otro, los bellos cuestos de roble que
culminan en el teso de
Capillinos... De
pronto se me cerraron los ojos y, en un paseo brusco de la imaginación,
dí un salto hasta la cantera del Llojadal, de donde mi padre extrajo las
losas para la prolongación del tejado de la casa, y desde allí
contemplé la otra parte del río, la que a través del Carrizoso y
Riodevega, nos lleva a su polarizado nacimiento en los valles virginales
de Velilla. ¿Virginales? Ya no, ya son suelo vulgar y profanado, ya han
arado las cumbres inaccesibles, ya han entrado las máquinas a muerte, ya
han quemado unos robles centenarios, ya han hecho cortafuegos que pasan
sobre castros y pedrizas, ya han sembrado de accesos los sagrados
habitáculos del lobo, ya han manchado las aguas de la
inmaculada fuente del Buey, el gran útero de la gran madre Velilla
¿Y todo ello por qué? Porque hay planes que vienen del futuro con unas
máquinas de oro y de riqueza: limpias como las aguas que violan, grandes
como desparramadas aleluyas y
redentoras como un ejército de inmisericorde salvación. Del futuro y de
Europa, con grandes intereses y grandes subvenciones de las que apenas
quedarán en la zona las migajas. Temo
abrir los ojos y, girando la cabeza, descubrir esa estatua de sal
irredimible, ese parque de molinos eólicos que, en nombre de ajenos
intereses y en número de 72, inmolarán las especies naturales de esta
parte de España que, a pesar de su belleza, no ha contado nunca para nada
y que, al parecer, no va a salvarla ni Dios. De hecho, no la ha salvado ni
el olvido. Mariano Estrada, 06-02-2000
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