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¡ALARMA
EÓLICA! Tenía
que ser aquí, en esta España atávica,
sibilina y oscurantista, tan profundamente inquisitorial y sin
embargo tan obscenamente consentidora, donde el poderoso caballero D.
Dinero, con su apuesta desaforada por la llamada energía renovable -en
este caso eólica-, ha
forzado la resurrección colérica de D. Quijote, el brazo luminoso, el
soporte de las causas perdidas, el que librara batalla desigual contra
gigantes, ejércitos y vestiglos. Las
asociaciones ecologistas, inclinadas necesariamente a este tipo de energía
por su reclamo de "no contaminante" y su vitola de
"alternativa" (Se entiende que de la energía nuclear, lo cuál
no es cierto en la práctica), si bien siguen fieles a su principio, como
es lógico, a medida que han ido informándose de la pura realidad
de los hechos -en especial de los que ya están consumados-,
han ido declarándose contrarios a una apuesta eólica
descaradamente alevosa, superabundante e indiscriminada. ¿Qué ocurre?
Pues ocurre que, a falta de una legislación previsora y suficiente, las
solicitudes de parques eólicos proliferan por doquier, las admisiones a
trámite se atienden con la diligencia de una eficaz empresa privada, las
concesiones se suceden con
velocidad casi de vértigo y... Nada
más, los paisajes van llenándose de aspas pinchadas en un palo a la
espera de las ventosidades de Eolo, dios soplón, dios fuelle, prefiguración
dinámica de la chispa. Ésta
es la manera en que, sin apenas enterarse sus habitantes, España se ha
acostado vestida y con certificado de virginidad y ha amanecido sembrada
de innumerables falos eólicos o energías limpias o eufemismos
alternativos o la madre que los parió.
De la noche a la mañana, que es el tiempo de la fornicación, del
sigilo y de la nocturnidad, España ha sido entregada
al subvencionismo comunitario -que es dinero fácil- y el capital
la está jodiendo a sus anchas. Y a sus largas. En su piel de arideces o
de bosques, en sus carnes
inmemoriales y en sus
inconmensurables honduras. Todo ello con la anuencia de la Administración
y la complicidad o celestineo de muchísimos alcaldes que, por unas
tristes migajas, están haciendo de anfitriones hospitalarios, cuando no
de agradecidos e incestuosos
mamporreros.(Me refiero sobre todo a los lugares en los que estas
instalaciones dañan seriamente al ecosistema, pero hablo en general por
la carencia absoluta de normativa. Quiero recordar que el lino, en sí,
tampoco era malo; y miren lo que ocurrió) Otro
tipo de asociaciones, ligadas al medioambiente de muy diversas formas (por
el turismo rural, la ganadería, la agricultura, la apicultura...), así
como un número importante de particulares altamente sensibilizados, ya
hace tiempo que vienen advirtiendo a la Sociedad -si bien con poco eco y
muy escasos medios-, del enorme desaguisado que se avecina. Tanto
asociaciones como particulares, a los que une este penoso infortunio del
que el ciudadano tiene escasa conciencia, forman el menguado batallón de
D. Quijote, alias el indómito, el romántico, el aguerrido, el que se
ofrece a una lucha sin desmayo para alcanzar el necesario remedio. Ya lo
creo, aunque tenga que acudir a Josué para ver cómo detuvo el movimiento
de los heliotropos. Claro
que quizás sea tarde. Y no sólo por el número de parques cabalmente
instalados, que son muchos, sino porque las actuales solicitudes de
instalación son casi infinitas, quintuplicando en algunas zonas ( En
Castilla-León, por ejemplo) las previsiones del Plan Eólico Regional. Y
la Administración que sigue abierta de piernas, admitiendo a trámite,
consintiendo que el dinero decida qué parajes destroza, qué animales
desahucia, qué aves extermina..., tragando
hasta la bola cuantos falos eólicos con aspas quiera mandarle el destino,
que es el capital, que es la Banca, que son las privilegiadas y
multimillonarias Empresas Eléctricas... Posdata:
¿no sería más lógico que la Administración, con los asesoramientos
oportunos y los inestimables apoyos ciudadanos -que de ambas cosas
dispone-, señalara previamente los lugares en los que, por no causar
destrozos, pudieran instalarse los gigantes? -
Mire vuestra merced que los gigantes, en España, ya están bien
instalados. Los que aquí pretendemos airear son todos molinos... O
a la inversa: que señale estrictamente los lugares de indudable valor
medioambiental en los que, como profilaxis ecológica, ni de coña se
consientan las aberraciones. Mariano Estrada, 05-09-2000
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