No la energía eólica como abstración: renovable y limpia, sino la
endiablada forma de su implantación en el territorio: abrumadora e
indiscriminada, ha pillado a las huestes implicadas en la defensa
de la naturaleza con el paso un tanto cambiado. Y es que en este asunto
concreto, acaso como reacción antinuclear, esa nube de seres variopintos
y alma grande se había aferrado a la luz de una esperanza ciega;
tanto que ha pecado de voluntarismo y de candidez, porque lo cierto es
que, en términos generales, había elementos suficientes en el
pasado como para tener presente la duda, ya fuera como escepticismo ya
como método. De hecho, mucho antes de que la voracidad de las empresas eléctricas
convirtiera en problema lo que en principio se reclamaba como solución,
desde un pensamiento independiente yo había escrito estas cosas:
"Si se aceptan las premisas sobre las que se asienta la economía de
mercado, tanto en el ámbito liberal como socialdemócrata, habrá que
reconocer que la actividad empresarial no sólo es una
conclusión razonable sino también imprescindible; aserto que no vamos a
analizar por no ser ésa la intención de este artículo. Lo que sí cabe
decir es que, en base a esa lógica de perogrullo, o, mejor dicho, con la
disculpa de la misma, se pueden hacer aberraciones de tamaño realmente
descomunal. Así ocurre, por ejemplo, con las llamadas empresas
multinacionales que, acumulando parcelas de poder, llegan a poner en
entredicho a los Estados en los que se desenvuelven".
He aquí la cuestión. A estas alturas del tiempo -término que implica
abiertamente al espacio-, yo estoy convencido de que España, al margen de
sus conocidas preferencias, no tiene un poder absoluto en este campo
incierto de la energía eólica, como no lo tiene Alemania ni ningún
Estado europeo ni ningún Estado del mundo. Como meros intermediarios de
las grandes multinacionales -cargo del que pueden ser depuestos en un
tiempo muy breve-, los poderes políticos no pueden interrumpir a su
antojo los procesos en los que el capital está rotundamente implicado.
Claro que en el caso de la energía eólica, dicha interrupción no es ni
siquiera necesaria. Lo realmente necesario, hasta el punto de hacerse
imprescindible, es lograr una compatibilidad aceptable de los llamados
parques eólicos con el medio físico en el que se desarrollan, que no es
otro que la sufrida naturaleza en sus multiplicadas manifestaciones. Y ahí
sí, ahí tiene el Estado unas clarísimas competencias; competencias que
debe compartir con los ciudadanos para llegar a un deseable compromiso, lo
que exige una indudable disposición de la voluntad, por supuesto.
Pero ¡ay!, si no tuviera de hecho esa mínima autonomía, o no quisiera
ejercerla por propia decisión -lo que viene a ser lo mismo-, entonces
estaríamos completamente indefensos y humillados, hundidos en la
fatalidad y a merced de los mejores postores. Y lo que es peor, bajo una
dictadura demoledora y sibilina que, con apariencias de democracia, nos iría
reduciendo la entereza y el orgullo con sutiles alusiones al empleo, es
decir, al pan nuestro de cada día, para así mantenernos alejados de los
múltiples abusos en las sucesivas transformaciones de Eolo, sufriendo el
estropicio y el escarnio, prisioneros de la real necesidad y con la boca
absolutamente cerrada. ¡Ah! Y pagando a un ejército de peleles con
mortificadora mansedumbre. Cosa que no puede ocurrirnos a nosotros, ¿a
que no?, pues lo que acabo de expresar es el producto ¿interior bruto? de
una immaginación sobreabundante o desmedida.
"Pero nadie se haga cruces" -prosigue el viejo análisis-;
"en la práctica, ése es el terreno más lógico del hoy tan
propugnado liberalismo, toda vez que, al margen de sus teóricas
proposiciones, lo ocupan intereses tan humanos como la ambición y la
codicia, y éstos, como queda patente en los anales, no tienen acotados
los límites."
Y aún añado un plus de especificidad, porque lo malo de las empresas eléctricas
es que, además de ser poderosas y multinacionales, se mueven a la
velocidad de la luz. Y encima han contagiado a una Adminsitración que,
mira tú por donde, hasta hoy ha estado investida de una existencia
más bien anirvanada y parsimoniosa. Aunque ese cambio es bueno, ya
ve usted. Habrá que advertir a la Justicia de que en ciertos corredores
del Estado, que es su propia casa, frente a un atavismo remolón, se
han puesto en movimiento las tortugas. A la Justicia y a Kafka, claro, que
fue un divulgador eficiente de sus endémicos males.
A propósito, para que un Estado intrépido como el nuestro pueda presumir
también de una justicia eólica, tendrá que avenirse a negociar con las
personas o agrupaciones que se sientan afectadas, que son muchas, tanto la
cantidad de aerogeneradores susceptibles de instalación, como los lugares
apropiados para la ubicación de los mismos, preservando, en cualquier
caso, los parajes de sensibilidad no discutible. Y entonces sí, entonces
lloverá al gusto de todos. Aunque las lluvias deseables y fecundadoras,
las que marcan los cuerpos y la tierra, caigan sólamente hacia el norte
de esta España nunca bien llovida y, por lo tanto, siempre necesitada de
algún plan hidrológico nacional con imperiosa forma de huevo.
Mariano Estrada, 20-11-2000
Otros
documentos en esta sección:
Paisajes Literarios. La Web de Mariano Estrada.
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