Mis sentimientos por Muelas de los Caballeros y, en general por la comarca
zamorana de la Carballeda, ya hace mucho tiempo que han quedado patentes
en algunos de mis libros, especialmente en Tierra Conmovida, Trozos de
Cazuela Compartida y Hojas Lentas de Otoño, éste último distinguido con
el premio Internacional de Poesía "Ciudad de Torrevieja" del año1997.
En él, pero implícitamente también en los primeros,
el roble tiene una presencia pertinaz, constante, casi abrumadora. ¿Podía
ser de otro modo para alguien que ha nacido entre robles, que ha buscado
en ellos el nido de las gayas o las urracas, que ha comido a su sombra en
los calores justicieros de la hoz y de la miés, que ha templado los fríos
de alta noche al amor de una lumbre alimentada con sus troncos de
conversación? ¿Podía ser de otro modo para alguien que ha llevado el
ramajo y las bellotas al lentísimo invierno de los ganados, para alguien
que ha tenido eternamente a la vista el envigado de la casa, el generoso
corredor, el arado, el yugo, el bieldo, la carreta...? ¿Podía ser de
otra forma para alguien que ha mirado al dolor en el otoño y ha enjugado
sus lágrimas con la belleza extensa de infinitas hojas ocres? No, no podía
ser de otra forma, "Pues roble es, y duro / el paisaje gozoso de esta
muerte"...
Nada tiene de extraño, por tanto, que en mis recientes escritos sobre el
proceso de los molinos eólicos, el roble se haya erigido como símbolo de
una flora multiplicada que los carballeses llevamos en la sangre, con la
misma intensidad que otros llevan la selva, el desierto o el mar.
En cuanto al lobo, poco presente en mis libros de poesía y más en mis
prosas posteriores, se ha ganado a pulso su categoría de símbolo de una
fauna autóctona realmente riquísima. En el decurso de un tiempo no muy
largo -y a través de un proceso racional en el que algo habrá tenido que
ver el profesor Rodríguez de La Fuente-, de enemigo público, de gran
ajagador, de tenebroso depositario de sanguinarias leyendas, ha pasado a
ser el miembro más valioso de una comunidad amenazada. Bien, pues
ese bello paisaje, simbolizado en el roble y en el lobo, es el paisaje de
nuestra vida. En él tenemos las risas y los llantos, las esperanzas y los
miedos. En él está el amor y las pasiones, el trabajo, los sueños, los
difuntos. En él sufrimos la guerra, el hambre, la emigración... Pero no
vendimos la casa. ¿Por qué? Porque en el fondo esperábamos la vuelta,
porque el paisaje de la niñez es el paisaje del corazón, porque el roble
y el lobo, como raíces permanentes de nuestra zarandeada forma de vida,
nos siguen atando a las aldabas de la puerta, ésas que se amarran a la
esencia y a los muros de tiempo y de granito.
¿Dejaremos profanar ese paisaje por los estragos de una instalación
eólica gigantesca en la que, "ad maiorem Dei gloriam",
son otros los que se llevarán el beneficio?¿Y lo haremos ahora,
cuando ya tenemos cubiertas las necesidades fundamentales?¿De verdad
permitiremos que se estrellen los pájaros contra esas aspas metálicas?
¿Permitiremos ese atentado criminal contra los robles? Y nosotros, ¿huiremos
finalmente por los obligados derrumbaderos del lobo?
Mariano Estrada, 26-02-2000
Otros
documentos en esta sección:
Paisajes Literarios. La Web de Mariano Estrada.
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