Si aceptamos que el territorio no es sólamente una suma de espacios más
o menos productivos al servicio de las necesidades biológicas de los
humanos, sino también un conjunto de lugares añadidos o superpuestos
que, al margen de la productividad, son imprescindibles para la oxigenación
del espíritu, entonces llegaremos a la conclusión de que el paisaje es
absolutamente esencial para la supervivencia del hombre, trascendiendo el
interés particular y siendo, por tanto, lo que ya nos parecía que
era con anterioridad a este análisis: un bien sencillamente común.
Desde esta perspectiva, el paisaje no sólo es merecedor de respeto, sino
que todo atentado contra el mismo debe ser considerado como un delito
contra la humanidad. Más aún, yo tiendo a creer que quien no respeta el
paisaje difícilmente puede amar del todo a sus vástagos; éso, o tiene
el alma seca, porque nadie que tenga corazón puede labrar para ellos un
futuro de cementerios desolados, de chatarra y de muerte. ¿Por qué,
entonces, empresas tan cercanas como Iberdrola, cuyo sentido en el mundo
es la iluminación de la vida -sobre todo por Navidad-, se empeñan en
destruir el medioambiente: los árboles, los pájaros, los animales..., y
en subir el beneficio a las montañas para castigarnos los ojos y hacer
tambalear nuestro equilibrio hasta el punto de llegar a aborrecer lo que
siempre hemos considerado como belleza? ¿Cómo van a evitar que los
molinos eólicos se nos metan en los territorios interiores y nos
produzcan indeseados embarazos, con vómitos y náuseas y
mareos? ¿Van a instalar centrales de psicólogos en los alrededores de
las centrales eólicas? ¿Van a apuntalarnos el hipotálamo para mantener
la verticalidad de nuestra figura? ¿Repartirán bocadillos de aspirinas
para templar los zumbidos permanentes de la cabeza? ¿Nos van a dar
tapones para los oidos? ¿Y los harán con anuncios de periódicos con los
que ahora procuran el silencio de nuestras bocas?
Por supuesto que la energía es necesaria. ¿Quién ha dicho que no? Y en
especial la renovable y, por lo tanto, la eólica. Lo que no es necesario
es el abuso, ni el destrozo del entorno ni los beneficios celéricos y
desmesurados. Además, sabemos que el rendimiento de las centrales eólicas
es francamente ridículo en relación con la inversión necesaria, tanto
que cabe preguntar: ¿se instalarían centrales eólicas si no anduvieran
por medio las subvenciones? Pero aún hay más, ya que los
peticionarios de los parques, o en su defecto las empresas que los
sustentan o les apoyan, son los mismos que producen los aerogeneradores.
¿Habrá mejor cliente que la ensimismación, el yo-mi-me-conmigo a favor
de mi empresa privada con sus pingües dividendos y sus altas cotizaciones
en bolsa? Esa es la caridad bien entendida, hermanos; y si suelta algunas
migajas, es amor al prójimo. Ahí están los alcaldes que lo bendicen...
¿Soluciones? Yo no sé si es fácil, pero: ¿cuántos lugares hay en España
que están pidiendo a gritos un remedio para su impersonalidad y su
amorfismo, para su fealdad y su abandono? Tropecientos. Y siendo esto así,
¿por qué no clavan los dientes molineros en sus carnes desfavorecidas y
necesitadas? ¿Es que han de ser sacrificados los parajes más puros y más
bellos, los entornos más singulares y emblemáticos, los que son futuro y
vida? Para esta inmolación, ¿acaso es necesaria la virginidad? A mí se
me hace que no, que el paisaje no admite esas sangrías y sacrificios, y
menos para saciar algunas ansias privadas, en las que incluyo los
proverviales apetitos desordenados. Las empresas como Iberdrola, actuando
como actúan, son unos vulgares depredadores que en lugar de iluminarnos
las noches y calentarnos la vida, por lo menos en sus tramos más hoscos y
más duros, nos quieren churrascar el pellejo, porque la destrucción del
paisaje y nuestra
propia destrucción es exactamente lo mismo.
Claro que el alto capital está en su particular medio ambiente. Los
responsables del Medioambiente están completamente en la higuera. La
higuera es un árbol maldito que, de una forma o de otra, se acaba siempre
secando. La sociedad va al rebufo del dinero que, por ser la panacea
inmediata, es el que dobla voluntades y obliga a tragar sapos y
culebras.
¿Y quiénes somos nosotros, que exhibimos esta fragua de chispas? Ya lo
dije otra vez, el brazo colérico de D. Quijote, la inocencia hecha sangre
y necesidad, el enano que va poniendo chinitas en los engranajes de las más
descomunales macroestructuras.... Una cosa hay clara: que estamos en el
sitio en que debemos estar, cumpliendo con nuestra voluntad de
autodefensa.
Mariano Estrada, 05-11-2000
Otros
documentos en esta sección:
Paisajes Literarios. La Web de Mariano Estrada.
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