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Energía:
necesidad y poder He llegado a una edad -que sin duda es un estado del pensamiento-, en que bien podría decir que lo comprendo todo. Comprendo, por ejemplo, que la energía es ante todo una necesidad. Pero es también una fuerza y un poder. Y la necesidad y el poder, ya desde los días del paraíso, tienen aplicaciones inevitablemente conjuntas. Lo que pasa es que el poder, cuya soberbia es un zapato gigante, se yergue como un dios sobre la necesidad y, enarbolando la fuerza, campa totalmente a su antojo. Y a su antojo decide lo que es vicio y lo que es virtud, lo que es malo y lo que es bueno, lo que es necesario y lo que es inconveniente. Así, un día decide que es necesaria la luz de las farolas en las calles solitarias y altamente nocturnas, porque también la soledad y el vacío son acreedores de la iluminación, cosa más o menos inocua, salvo en el coste. Pero otro día decide que es necesario mantener el «status» actual sobre el petróleo para que los jeques, a través del hambre, sigan dominando a sus súbditos. Para que las guerras estén completamente justificadas, e incluso bendecidas si las libran los Estados Unidos. Para que los agricultores del mundo no tengan más remedio que echarse en las garras de la globalización... En fin, que la energía es necesaria y yo he llegado a una edad tal vez a un rellano del espíritu, en que, como Dios, comprendo todas las cosas. Y de cada cosa su intríngulis y su punto de necesidad. Comprendo, por ejemplo, la necesidad de las centrales nucleares y los estragos de Chernobil, los cuales tienen un orden teratológico. ¿Cómo no lo voy a comprender, si es evidente? Aún lo están sufriendo los niños. Comprendo la necesidad de las plataformas petrolíferas y las catástrofes que los derrames de los cargueros producen en el mar y en las tortugas, que, mira tú por donde, no han variado ni un ápice la proverbial movilidad que les dio en su nacimiento la naturaleza. ¡Sólo los hombres tenemos tanta prisa! ¿Lo comprenden? Claro, yo comprendo la prisa y la necesidad: la necesidad de las centrales térmicas, de gas, de combustibles fósiles... Todas con sus correspondientes retambufas de contaminación por donde sueltan un lastre gaseoso que, si somos pertinaces y pacientes, nos llenará los pulmones de un imperceptible veneno. Y, ¡cómo no!, comprendo la necesidad de las centrales eólicas que, montaña a montaña aunque sea de Parque Natural, están lanzando a las aves a un estrellato de quítame allá ese Hollywood, con sesudos animadores en los gobiernos, en los estados, en las multinacionales, e incluso en las cumbres más altas del ecologismo de respetada trayectoria y merecido reconocimiento en el mundo: Greenpeace, Worldwatch, Ecologistas en Acción...
Lo que más me ha costado comprender, aunque creo que al fin lo he comprendido, es que, siendo la energía un bien de primera necesidad, merecedor de cuidados y de respetos (por ser, es incluso una bendición), su desarrollo y su uso provoquen tan cuantiosos y desorbitados desastres en el planeta ¿Qué es lo que ocurre? Pues ocurre lo de siempre: que las empresas encargadas de la implantación y mantenimiento de las industrias productoras de energía, tienen los ojos en el bolsillo, cuando debieran tenerlos en la cara, llanamente, a la altura de la honradez y de los ciudadanos, junto al normal sentido común. Para que un accidente sea de verdad un accidente, no un cúmulo de especulaciones y de codicias. Y quien dice las empresas dice también la Administración, que acostumbra a ser anuente o consentidora, ya que no cómplice. Voy a dar un ejemplo: si de verdad quisiéramos proteger a las aves, no instalaríamos una central eólica de ciento y pico aerogeneradores en los aledaños de un corredor migratorio. ¿A que no? Pero comprendo perfectamente que no se quiera proteger a las aves, pues defecan por doquier y ponen todo el campo perdido. De hecho, no respetan ni los finos manteles de la merienda. En resumen, que hoy me he levantado de la cama con la dulce sensación de comprenderlo todo. Y es verdad, no crean, lo comprendo todo: el bien y el mal, el amor y el desamor, lo diáfano y lo incomprensible. Incluso la energía de este sol matutino que, oscureciendo de pronto las bombillas, relega la electricidad a unos estrictos y ruidosos electrodomésticos, pero le deja el resquicio del ordenador, al que se asoma, luminosamente, desde el bono-complemento de una tarifa plana. Sobre las crestas del mar, paradójicamente enmudecido, levantan su vuelo las gaviotas. Es la hora del sol y del trabajo. Comienza en los relojes la otra cara del día, más penosa, más prosaica, que yo comprendo también porque me debo al pan. ¿Al pan? ¡Qué leche! Me debo a la garganta del consumo: ese pozo sin fondo del que sé que no saldré hasta que el dinero nos separe. Escolio: ¿dónde tiene el límite la necesidad? En el poder. Y al poder, ¿quién le impone el límite? La naturaleza, que, a su vez, ya ha colmado el suyo con creces. Por lo tanto, que el poder no nos confunda ni nos arrolle: parte de la energía considerada como «necesaria» no es otra cosa que un préstamo alevoso que debe ser devuelto con intereses al banco del que se tomó, porque, además, el despilfarro es obsceno, francamente, y pone en evidencia que alguna de esa energía «necesaria» es en realidad prescindible. La razón lo corrobora con argumentos. La ciencia lo confirma con números. Y no es lícito argüir, como hacen determinados promotores de energías renovables y teóricamente alternativas, que para reducir los residuos radiactivos y el dióxido de carbono (CO2) lo que implicaría reducir sus emisores, y no hay tal, es necesario sacrificar determinados espacios naturales que, por su valor ecológico-paisajístico, merecen en sí mismos una especial protección. Se refieren, claro está, a la polémica ubicación de las centrales eólicas. ¿Acaso nos proponen cambiar de sitio la herida? ¿Tal vez multiplicarla? Pues no, señor. A lo mejor hay que estrujarse las neuronas para buscar el dinamismo del viento en lugares ya degradados. O neutros, o de degradación racionalmente asumible. Pueden ser montañas, naturalmente, e incluso cordilleras: hay muchas no demasiado favorecidas, aunque ciertamente airosas, que acaso esperan la chispa de los divinos parques eólicos para zafarse, al fin, de su ancestral olvido. MARIANO ESTRADA
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