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Tierra Conmovida

PRÓLOGO

 Es un hecho notorio que la ilusión se agota en el decurso del tiempo, a medida que avanzamos hacia la muerte. Por eso volvemos siempre al pasado, a recrear las ilusiones perdidas. Pero el pasado es recuerdo y el recuerdo es infancia, sobre todo; es decir, aquello que el descrédito no se ha atrevido a tocar.

Mi infancia, mis recuerdos, las ilusiones vividas, se sitúan en un pueblo de Zamora donde aún se da la certeza de que el humo proviene del fuego, donde el olor o el sabor son de cada esencia su atributo perenne y específico. Esta es la razón por la que el perro corre detrás de las liebres y el ratón, que acecha el queso, es acechado por los gatos. La carne sabe a carne, la hiel a hiel, la risa a risa y el amor es amor incluso cuando deviene en tragedia.

A quien la infancia le ha deparado vivir estas cosas, le es difícil entender que las palabras que fluyen de los labios no tengan una fuente en el corazón. Del corazón, llanamente, como un agua elemental, estricta y pura, han brotado estos versos.

                                                                          M.E.

 

  COMO TÚ

        A Daniel Estrada

 Como tú fui niño, niño.
como tú tenía
cara de ángel bueno.

Y era igual de rubio,
rizo sobre rizo,
todo mi cabello.

Como tú tenía
ojos inocentes,
pícaros y bellos.

¡Cómo tú, pequeño!

  Como tú tenía
la caricia honda
de unos padres buenos.
       
      Me cuidaban ellos.
Sé que me querían
como yo te quiero.

Yo era muy pequeño.
Tan pequeño era
como tú lo eres.

Pero bien me acuerdo.
Sé que me querían
como tú me quieres.

Tú no lo comprendes.

Pero yo fui niño, niño,
con tu mismo encanto,
como tú de pillo.

Y rasgué las ropas
y llevé escalabros
por el mismo sitio.

Como tú, chiquillo.

Y era igual el llanto,
y era igual la risa,
y era igual el mimo.

Te pareces tanto
que me digo a veces:
¿no serás yo mismo?

Corazón de potro,
tanto de pareces...
¡Tanto y tanto en todo...!

 

 D. QUIJOTE, D. SANCHO Y
LAS LUCES DE LA CIUDAD

                                   A Miguel de Cervantes

 Ha poco pernocté en la gran ciudad
y víla de candiles soleada.
Pensé que era visión desatinada
muy propia de este Hidalgo demencial.

Mas hete que don Sancho –que no ha mal-
veía como yo la candilada.
Ya muy era visión descabellada,
pues nunca Sancho y yo vimos igual.

¡No mientas! –balbucí- pues no ves nada,
y al paso le apunté a la cabezada,
habida muy la suya por normal.

¡Señor, Señor, mi dueño –dijo el tal-
Candiles no, ni estrellas aterradas.
             Luciérnagas parecen, enceladas!

Otras Obras del Autor:
Alimentando Lluvias Hojas lentas de otoño Desde la flor del almendro Azumbres de la noche
Paco Llorca Trozos de cazuela compartida Mitad de amor, dos cuartos de querencias El cielo se hizo amor

De fondo suena A Word in private de Yanni, si te gusta descargala AQUI

 
     


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