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EL MÓVIL

  Tengo un móvil que invita a reflexión y del que mis hijos se ríen, porque mis hijos -que han cambiado de chip recientemente-, ya no se avergüenzan de sus padres ni de sus viejos instrumentos. Sólamente se ríen, con lo que acaso nos tildan de reliquias. Al móvil y a mí.   Es del tipo ése al que muchos llaman ladrillo, no sé bien por qué, pues aún no lo he visto colocado en obra alguna, buena o mala, ni sé que Teléfonica haya hecho con sus hermanos alguno de sus pantagruélicos "edifonicios" (patento este palabro).

  Tampoco lo he usado jamás como arma de defensa personal, que esa es otra de las cualidades que se le atribuyen, yo creo que exageradamente. En serio. Yo no he hecho nada para que el pobre sea objeto de burlas. Es más, yo era totalmente inocente de sus pecados de vejez y de grandeza. Yo estaba tranquilamente en mi casa, que es donde deben estar todos los hombres casados y de bien, atendiendo con diligencia sus quehaceres y sus teléfonos ¿Diga? Era una voz telefónica: amable, aséptica, indocumentadamente hermosa... una de ésas voces que Juan José Millás ha relatado tan bien en su escrito, el otro día, recordando un poco los largos corredores de Kafka...(No se obceque, Sr. Millás, ya ve usted que Kafka no pudo con los vericuetos de la Justicia...).

  Pues bien,  la voz vino a decirme que yo era un cliente VIP, cosa que me sonaba fatal hasta que supe que también pueden serlo los perros, y que Telefónica había iniciado una campaña. No sabía que hubiera elecciones a la vista. No, no las hay, Señor, se trata de una atención al cliente, un Erickson T-28, ciento veinte mil pesetas en el mercado ¿De valores? ¿Y qué me pide a cambio? Nada, Telefónica le premia la fidelidad. Ah, vamos, ya decía yo que, el hombre que se precie, la pata quebrada y en casa, esperando las llamadas de Godot y de Telefónica. ¿De qué color lo quiere, Señor? Rojo, para llamar a Moscú...

  Pasó el tiempo, me vi forzado a llamar a Telefónica. Les solté el rollo, manollo. ¿De dónde le llamaron, dice? De Telefónica. Ya, pero mire, Telefónica tiene... Y esto, lo que tiene Telefónica,  ya lo ha relatado maravillosamente Millás, en su carta. ¿Y cómo se llamaba la chica? ¿La chica? Yo iba a la grande, y con órdago. Pues espere un segundo, por favor... Sí, mire, su teléfono ha sido devuelto. ¿Cómo que ha sido devuelto? Sí, por Seur, parece que no han encontrado su casa. ¿Que no han... ? Oiga, soy cliente VIP, ¿recuerda?... Sí, mujer, todo empezó por la filedidad... y, dígame ¿no le facilitaron a Seur alguno de mis varios teléfonos, por si las moscas? Son todos de ustedes. No lo sé, Señor, pero espere un minuto... (Silbo, mientras tanto, como Mauro Silva).

  ¿Oiga? Sí, sí, diga. Que no se preocupe usted, que se lo volvemos a enviar. ¿Por Seur? Y les dí la dirección de mis suegros, pobrecillos, que a partir de entonces apenas se atrevían a salir de su casa, una casa céntrica, como debe ser una casa para que la encuentre Seur. ¿Y de qué color lo quiere, dice? Rojo, como la Plaza de Moscú, como el carmín de las rosas y de los besos...

  Pasó otra vez el tiempo, me vi otra vez forzado a llamar a Telefónica... les solté otra vez el rollo, manollo. Perdone, Señor, Telefónica no ha podido enviarle su teléfono porque no dispone del color que usted ha elegido... Pobre chica, pobre voz la suya, siempre diferente, siempre igual, siempre amable y cándida. Y pobre Tercer Mundo, con el que me ví obligado a insultar a Telefónica, por el método de comparación. De ello me arrepiento seriamente. Y le pido perdón al Tercer Mundo, cuyo único pecado es el de ser pobre de solemnidad, mientras la multimillonaria Telefónica es un laberinto de obscenidades e incompetencias.

  Y aun así soy fiel, no en vano he cumplido ya las Bodas de Silver. Y VIP, supongo. Y soporto estoicamente las bromas que recaen sobre este móvil mío, line 608, que un día va a caerse de viejo. Y es que el ser humano, a veces, soporta chuzos de punta con tal de no mover una paja. Pero ya no espero a Godot, como hice antaño. Ni mucho menos a Telefónica. Es más, ahora miro el móvil y comparto con mis hijos una risa cómplice y amorosamente desentendida.

  Mariano Estrada, 04-02-2001

 

 
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