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MEDIO AMBIENTE

 Hace unos años, al defender ciertos espacios naturales del acoso del turismo y de las escopetas, yo estaba muy lejos de pensar que esos mismos espacios iban a ser objeto de una terrible especulación. Aparentemente, como culo que eran del mundo, quedaban muy a salvo de todos los enemigos reconocidos: urbanizaciones, ocio, deportes, centrales energéticas... Pero mitra tú por donde la amenaza estaba en el aire...  Aunque eso vino después, con los eólicos. Hasta entonces habíamos sido felices y, como aquí se puede ver, completamente inocentes.

 Hace unos días, como consecuencia de un viaje largamente planificado, volví a pisar la tierra de mi nacimiento: un rincón de La Carballeda (Zamora) donde Tánit tiene cotos de telúrica virginidad. Pocas cosas podrían hacerme más feliz que penetrar esos reductos de pureza, donde el tiempo se percibe a través del crecimiento  de los robles, caprichoso y lento, del acompasado canto del cuco o de la perdurabilidad multiplicada de las pedrizas. Sobre todo ello, una fuente que se hunde y amanece río, va labrando cantos con sus aguas sucesivas,  en los que el tiempo depone su presente para adquirir naturaleza de inmortalidad. Es la Fuente del Buey.

 Y en aquella plenitud,  como lagarto espiritualmente mimetizado, me he sentido roble de raigambres, duradero y libre. Y me he puesto a graznar, como  la urraca, en la copa de luz de las escobas. Y he compartido el pan y la navaja con los acebos amigos. Y he bebido un agua de purificación que me ha dado un aliento del que sólo participan los dioses. Ese aliento que ahora deposito en esta hoja blanca, con la forma de un lirio recortado a la  medida exacta del poema, que es un pan de bellota y  corazón o levadura íntima de carquesia y brezo.

 La fortuna no quiso depararnos un avistamiento del lobo, que a mí me da espeluznos mesentéricos y, como al narrador de El Piyayo, "me causa un respeto imponente". Igual que me lo causa la víbora, y a ésta sí la vimos. Otra cosa es el corzo, más cercano a la paz y a la ternura lírica... ternura en la que no creo que  piense precisamente esa vasta alianza de personas urbanizadas con rostros de arcangélico disanto y escopetas de depredación.

 Regresado a la luz, que es la forma más blanca de decir Mediterráneo, he llamado a mi Alcalde circunstancial que, además de acompañarnos todo un día por los oasis del roble, es su defensor más rotundo, y le he propuesto agrupar los sentimientos de personas responsables y preocupadas que, al margen de sus legítimas ideologías, acepten como vínculo común defender esos parajes inmemoriales de la inminencia de los abusos, que ya han dejado su impronta.

 Más tarde, en la profundidad de una noche que en el principio fue verbo y poesía, le  hablé de ello a un amigo que, presuntamente, dada su condición de valenciano,  tendría  la pasión desvinculada de los pagos de mi nacimiento,  en mí posiblemente excesiva. Y aquí saltó la sorpresa: para este amigo, el solo hecho de pisar esos montes ya supone una primera profanación, que él entiende y disculpa. En segundo lugar, la mejor defensa que puede hacerse de un monte es disfrutarlo en la intimidad y mantenerlo en secreto. Acaso tenga razón. Lo que pasa es que en España, últimamente, hay mucho apetito desordenado, mucho turismo rural mal entendido, mucho medio ambiente ramplón y, por bifronte, acéfalo. Y en fin, mucho caradura con antiparras que, a cambio de llenarse el bolsillo, no dudaría en plagar El Paraíso de barbacoas.

 Mariano Estrada, 15-05-97

 
 
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