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PAISAJES Tras
un puñado de años -en los cuales ha estado en mi memoria como una foto
amarilla-, he encontrado a un amigo de la universidad, casi de la
infancia. Circunvalados por la erosión, sus ojos conservan muy serenos
destellos de una luz deseable y, en su frente, no resuelta en luna, sino
en un amplio camino de despejados pensamientos, se dibujan los surcos de
un arado hondo que, tras larga sementera, penas anchas, jubilosas noches y
un amor recio y paciente, ha
dejado en la vida unos manojos de fertilidad, las flores de un pequeño
jardín y algún árbol robusto. Madurada en la razón y sazonada en el
tiempo, su vida es un paisaje reconocible, más o menos hermoso, por el
que yo, ecologista sin etiqueta, siento un profundo respeto. Pocos
días después, el azar ha querido que unos cuantos amigos -de ésos que,
por encima de los avatares, mantienen en los ojos esa luz necesaria-,
compartiéramos un gozoso paseo por el paisaje de la zona. Hablo ahora de
un paisaje exterior, compendiado vagamente en cielo, mar y tierra, si bien
con incursiones a la intimidad de cada uno, que es la que nos une y nos
desnuda y nos expone a las aristas de un sol que no ha alcanzado el
turismo, y nos moja con las olas de un mar que genera islas y sueños,
que contiene a Ulises y con el que soñó también Don Quijote... Con
una punta en el puerto de Villajoyosa y otra en las arenas occidentales de
la Cala de Finestrat, hay un trozo de costa armonizado por la brava
musicalidad de las rompientes, la caricia humana -que tiene nombre de
olivos, de casas, de higueras, de algarrobos-, los sinuosos acantilados,
las playas mínimas y recónditas, los lomos de aridez, piedras y
pino, las vistas gratificantes, las lontananzas donde el sueño no
tiene confín... De
frente aparece Benidorm, ciudad ya asumida como parte de nosotros y, por
tanto,comprendida en nuestra capacidad de aceptación y de sorpresa, con
sus torres altas, sus playas memorables, su huerta de naranjos y de
orgullo, sus pinares domésticos, su marco de montañas protegidas...
Dentro de unas concesiones paisajísticas elocuentes
-que han sido insoslayables
tributos a la establecida sociedad de servicios-, y, dada la estructuración
vertical de la ciudad, se otea un cierto equilibrio entre lo urbano, lo
rural y lo ecológico-paisajístico.
Lástima de esa mancha
lúdica que, con llamativas evocaciones de la antigüedad -de sus culturas
y de sus mitologías-, se ha
pegado a las faldas del Puig Campana, monte vigoroso, paladín gigante y símbolo
señero de la belleza inmemorial de esta parte luminosa del
mediterráneo. Miro
hacia atrás y veo entre cantiles nebulosos la cara erosionada
y ennoblecida de un amigo de la universidad, la mía propia y la de
estos otros amigos con los que aspiro a envejecer y con los que hoy
comparto el agua, los caminos elementales, pero eternos, y algún
fragmento hermoso e indestructible de la intimidad que tiene forma de
nube, de gaviota, de lentisco, tal vez de indescifrable y rumoroso poema.
¿Qué importan las humillaciones que tienen causa en lo efímero si hay
valores que se saben seguros e imperecederos? Mariano Estrada
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