Una
fugaz reflexión sobre las cosas que pueden decirse de Paco Llorca sin
caer abiertamente en los tópicos o en los lugares comunes, me ha hecho
cuestionar una reflexión anterior, que transcribo literalmente: Es
un hecho notorio que la ilusión se agota en el decurso del tiempo, a
medida que avanzamos hacia la muerte.
Tan
obvio me parecía este aserto que muy bien podía encuadrarse en el marco
filosófico del Absoluto. Sin embargo, quien conozca a Paco Llorca sabe
también que su ilusión constituye al menos una excepción a esta regla.
¿Por qué? ¿De qué está hecho un hombre cuya ilusión no agotan los años?
Contestar a esta pregunta es hallar la solución del enigma. ¿Sabremos
hacerlo?
Para
mí es evidente que Francisco Llorca Barberá, Paco Llorca, además de un
hombre es un verbo que sobrevuela la gravidez de su propia materia. Sólo
así se entiende que su fragilidad humana resista los embates de un mundo
voraz, apremiante, competitivo... Un mundo nada predispuesto a las
incursiones del alma en el hontanar catártico de la lira, que ése es ni
más ni menos su reino. De ahí nos da de beber cada vez que el corazón
se le asoma a la boca.
Podíamos
preguntarnos sobre la compensación que a cambio recibe, y dado que de
ningún modo es material, poco nos equivocaríamos contestando que no hay
otra compensación que:
La de entregarse a los otros con un verso en cada mano, el corazón en los ojos y
esta certeza en los labios:
Siempre
hay un alma que deja en la penumbra los llantos, otra que ríe de gozo, otra que extiende
los brazos...
He
ahí el otro alimento del hombre, el que no es estricto pan pero mantiene
dulcemente la vida. Paco Llorca nos da masticado lo que lleva tantos años
comiendo: el numen poético, esa luz que proviene de allí donde el amor
se comunica con el alma.
Mariano
Estrada, 02-12-88
HOMENAJE A TOLEDO
(Escrito
expresamente para ser declamado por Paco Llorca en el teatro De Rojas)
Aunque
es verdad que el acero
tiene que ser toledano,
para cantar a Toledo
se puede ser zamorano
O
complutense enjundioso
y Huésped de unSevillano,
de Benidorm, del Toboso,
judío, moro o cristiano
Pero
es verdad que el acero
tiene que ser toledano.
Una
espada, bien templada,
no puede ser de Granada,
ni de León, ni de Oviedo.
Tiene que ser toledana:
De Toledo.
Escrito
está con acordes
de don Jacinto Guerrero:
Forja
la espada, espadero,
y no des paz a la mano,
porque la forjas de acero
toledano.
Y
si algún sable galano
presume de hoja gloriosa,
aunque venciera en Tolosa
o es de Toledo o es vano.
Esta
verdad fue notoria
para el mortal que a una mano
quiso escribir una historia
en un mesón toledano.
Y
más allá del acero,
que es insensible a lo humano,
glosó el honor de Toledo
con estos versos ufanos:
Toledo,
solar hispano,
crisol de la raza ibera,
dichoso aquel que naciera
español y toledano.
Oh,
Toledo, si yo puedo,
para tu honor y mi gloria,
he de escribir una historia
en un mesón de Toledo.
En
este enclave glorioso
pusieron lentos los años
mezquitas para los moros,
para los reyes palacios.
Conventos
y sinagogas,
alcázares, santuarios,
basílicas, juderías
y algunos puentes romanos.
Castillos
con torreones,
adarves, plazas y patios,
murallas de humilde piedra
y grandes sueños arábigos.
Y
muchas puertas ilustres
por las que tantos pasaron:
Cambrón, Bisagra, Almofala,
Albadaquín, Doce Cantos...
La
catedral, que es un mundo,
con imafronte y pináculos,
campana grande, girola,
triforio, puertas, ochavo.
Con
chapitel y capillas,
con Transparente y con claustro,-
con sacristía, custodia y
museo de artes muy varios.
El
Greco con El Expolio,
Velázquez con El Retrato,
y Berruguete en el coro
y con El Cristo Tiziano.
Iglesias,
templos, ermitas
de devociones y amparos:
Santo Tomé y su Capilla
con ese Entierro magnánimo.
La
Concepción, Tornerías,
El Arrabal, Miguel Alto,
San Sebastián, San Clemente,
Juan de los Reyes, El Tránsito...
Mezquitas
de arte mudéjar,
cenobios de arte herreriano,
mozárabe, plateresco,
renacentista o románico.
En
todos ellos retumban
las oraciones y cánticos
de muecines, rabinos
o sacerdotes hieráticos,
con sus talmudes o biblias,
con sus mementos coránicos,
jaculatorias, antífonas,
aleyas, preces o salmos.
Y
personajes de alcurnia,
¡Bendito Dios, no sé cuántos!
Por muchos nombres que diga
son muchos más los que callo.
El
Cid, Eurico, Suintila,
Carlos Primero, don Sancho,
doña Isabel La Católica
con su consorte Fernando,
y entre un puñado de Alfonsos,
Alfonso Décimo El Sabio.
Hay
tantas cosas, Toledo,
que sin nombrarlas ensalzo:
El Hospital de Tavera,
Castillo de San Servando,
Zocodover, Covachuelas,
el viejo Circo Romano,
la escuela de Traductores,
el Capitán Garcilaso...
Entre
estas glorias, Toledo,
tú sigues, pero yo acabo,
porque tu historia es muy larga
y mi caudal no es el Tajo.
Tan
sólo quiero decirte,
con el decir de lo llano,
que aunque es verdad que el acero
tiene que ser toledano,
para cantar a Toledo
se puede ser zamorano.
O
complutense enjundioso
y Huésped de un Sevillano,
de Benidorm, del Toboso,
judío, moro o cristiano.
Pero
es verdad que Toledo,
universal y sagrado,
merece todas las glorias
que puedan darle los cantos.
Por
ello han sido estos versos
escritos y declamados
por una mano rendida,
con una voz de entusiasmo.
Aquí
el juglar: Paco Llorca.
Ahí el poeta: Mariano.