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DE FUENTES,
DE PRADOS Y DE HIERBAS
Mi padre, que
heredó del Profeta Daniel el nombre y la valentía para
enfrentarse a los leones, compró una buena parte de las fincas
que tenía La Iglesia en el pueblo de Muelas de los Caballeros,
Zamora, entre las que había un prado al que llamaban “El prado
del Señor”. En él nacía una fuente cuyas aguas, sin embargo,
brotaban en el prado colindante, que no era de La Iglesia, sino de
un hombre particular al que llamaban el Padre Santo. Y brotaba en
forma de fuente, la cual se utilizaba para beber, porque
naturalmente era buena.
Un lejano día
de junio, siendo yo imberbe pero observador, mi familia se afanaba
en las labores del acarreo de la hierba, sobre las que no voy a
hacer disertaciones. De pronto se acercó a aquella fuente un
conocido hombre del pueblo al que todos llamaban El Cristo, aunque
no en su presencia porque sabían que no lo llevaba nada bien y
tenía un complicado carácter. Es decir, unas malas pulgas.
-
Daniel –dijo, a la vez que se agachaba a coger agua con
un cuerno. Un cuerno de los que no se llevaban en la frente, sino
en el costado, para la piedra de afilar.
-
¿Qué pasa, José Antonio? –le contestó mi padre, llamándole
por su buen nombre.
-
Mira tú cómo se enredan las cosas... –hizo una larga
pausa y prosiguió- Esta
fuente nace en el prado del Señor, desemboca en el del Padre
Santo y la bebe el Cristo...
Y el hombre, o
quizás el hijo del hombre, se reía con ganas de su ocurrencia,
con la que fue condescendiente hasta perdonarse lo que pronunciado
en otras bocas era para él
un insulto... Pero no condescendió con aquellos que, sin
atreverse a hacerlo por delante, le crucificaban a diario por la
espalda. Y eran todo un pueblo.
Mariano Estrada
LA
SIEGA DE LA YERBA.
Lucía
una cornamenta
torcida,
pitón-serrada,
que
le iba dando en el muslo
por
el camino del alba.
Llevaba
dentro dos piedras:
la
dulce y la esmerilada.
Al
hombro el filo curvado
de
la guadaña.
En
una mano el botijo
y
la fardela a la espalda,
con
la figura del hambre
y
el surtidor de la parra.
En
la cabeza los piensos,
el
aguardiente en el alma...
Voy
a los prados, morena,
voy
a las yerbas, salada.
Voy
a beberme el rocío
de
la alborada.
La
yerba se hace baraño
con
el sudor de la cara.
Un
sol antiguo, muy duro,
trae
una fuerza muy plana.
Afila,
siega y afila,
vuelve
a afilar y... ¡descansa!
¡Que
alivio un trago de vino
en
el final de la escarcha!
Voy
a las yerbas, morena,
voy
a los prados, salada,
Voy
a bañarme en el río
de
la solana.
Un
arroyuelo de mimbres
discurre
por la hondonada.
La
sombra viene del cielo
para
beber junto al agua.
-
Provecho para el que siega.
-
Salud para el que esparrama.
La
tarde mira hacia el pueblo
con
una sombra cansada.
La
yerba duerme de un lado,
del
otro duerme la cama.
Mariano
Estrada
Del
libro “Trozos de cazuela compartida”
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