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Reflexiones
sobre la enseñanza
Yo creo
que los alumnos de hoy son hijos de nuestro tiempo. Hace unos años,
cuando había un conflicto entre el alumno y el maestro, los
padres, en general, se ponían del lado de éste. Digamos que se
fiaban de la profesionalidad y del buen hacer de quien, además de
vivir con el niño muchas horas al día cada día, sentía y asumía
la responsabilidad de enseñarle tanto las materias referidas al
estudio como las referidas al comportamiento, ambas necesarias
para su posterior integración en la sociedad. Tenía interés y
se esforzaba en lograrlo, porque el maestro, en España, lo ha
sido siempre por vocación, las excepciones aparte. Y le decía a
los padres no sólo de qué pie cojeaba su hijo, sino también en
qué destacaba y qué aspectos había que potenciar. Digamos que
la educación era un conjunto de cosas, de las que unas se aprendían
en casa y otras en la escuela, algunas como complemento, algunas
como prolongación.
La
disciplina, según lo veo yo, es absolutamente imprescindible. El castigo, dentro de unos
parámetros de racionalidad,
es un límite de la enseñanza. Ahora se vuelve a discutir
si “el cachete” es una parte asumible de ese castigo. Hay
expertos y sociedades que dicen que sí. Hay expertos y sociedades
que dicen que no. Yo fui educado en la época del cachete, me
dieron algunos, no muchos, tanto mis padres como mis maestros, y
no creo haber sufrido secuela ninguna, ni les he guardado nunca
rencor. Creo, sin embargo, que el tema es harto complejo y discutible. Y que un caso concreto no puede erigirse en norma,
ni unos cuantos tampoco.
Pero
ahora todo esto ha cambiado. Un día, en un pequeño conflicto
entre maestro y alumno, un padre se colocó ciega e
irracionalmente al lado de su hijo: “Usted a mi hijo no le
levanta la voz” “Usted a mi hijo no le toca” “Usted a mi
hijo no le castiga” “Usted a mi hijo, tal” “Usted a mi
hijo, cual” “Usted a mi hijo”. Todo esto de forma
brutalmente sentimental, a menudo hasta sensiblera. Tal vez
incluso primaria y, como digo, irracional. Ahí empezó el acoso.
Los espacios se fueron acotando, los maestros se fueron
retrayendo. Los niños se percataron de su poder... y lo
ejercieron. Lo demás está ahí, con variantes, a la vista de
todos. Niños subidos a la parra y maestros sumidos en la
impotencia y cargados de inhibición y de depresiones. Éste es el
panorama. Quien tenga ojos que vea. Los maestros lo saben. Los políticos
lo saben. Pero a ver quien le
pone ahora el cascabel al gato.
La
religión. Yo creo que la religión ha caminado siempre al lado de
la humanidad, de una forma o de otra y cualquiera que haya sido su
desarrollo. Por lo tanto, parece que es una parte importante de la
misma, por lo que no podemos cargárnosla de pronto de un plumazo.
Ahí está, y creo que hay que enseñarles a nuestros hijos lo que
ha significado en la evolución de las sociedades y las
civilizaciones, con lo bueno y lo malo, que de todo ha habido. En
cuanto a la religión como práctica, debe remitirse al ámbito
privado, desde luego. Con todas las consecuencias, incluida la
financiación. Habrá que ver que se hace con el patrimonio de la
Iglesia, cómo se mantiene. Habrá que ver quién la sustituye en
determinadas funciones. Habrá que ver cómo se pagan otras
funciones que pueda seguir haciendo, similares a las que hacen las
onegés. En fin, todo eso se puede estudiar, pero lo cierto es que
hay que quitarle a la Iglesia ese carácter público que aún
tiene en España.
De la
enseñanza privada nada diré, porque ya se defiende bien ella
misma. Solamente que su existencia no puede redundar de ningún
modo en detrimento de la pública, la cual debe tener garantizadas
las necesidades y la calidad. A partir de ahí, cada cual es libre
de llevar a sus hijos donde quiera.
Y voy a
terminar diciendo que yo fui a la escuela pública. Mis hijos
fueron a la escuela pública. La escuela pública ha funcionado
antes, en épocas con condiciones mucho peores que la nuestra,
especialmente económicas ¿Por qué no ha de funcionar hoy? Desde
luego hay que dotarla de medios, pero, antes que nada, a los
maestros hay que devolverles la dignidad ¿Cómo? Con el
imprescindible reconocimiento, con las necesarias atribuciones y
retribuciones, con los medios adecuados y suficientes. Devolviéndoles
el respeto que nunca debieron perder, que nunca les debimos
quitar. Para que ellos se reencuentren con la vocación, que
seguro que tienen, y recuperen la confianza en sí mismos, eso que
ahora llamamos autoestima. Me refiero al respeto de los niños y
al de los padres, desde luego, pero también al de la sociedad, al
de la administración y al de la política. Sí, sí, al de la
administración y al de la política. Ya está bien de que la enseñanza
sea un instrumento para ganar elecciones o tirarse los trastos a
la cabeza..
Mariano
Estrada
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