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¿De quién son los ríos?
Los ríos, que desde
tiempos inmemoriales han sido lazos de unión, han empezado a ser
motivo de discordia, especialmente entre los altos profesionales
de la política. “Este río es de mi tierra y mi tierra soy yo.
A su lado vivo, de su agua bebo, en él me reconozco y me solazo.
Luego este río es mío y de este río me río”. (De la vena
fluente de un político apócrifo que llamaba al rioja River-ha).
El Ebro, que antes
guardaba silencio al pasar por El Pilar, porque no quería
despertar a la Virgen, ahora es motivo de gresca entre las dos
grandes fuerzas políticas de España, camisa blanca, como
consecuencia del fallido Plan Hidrológico Nacional. En su día,
el Cabriel fue motivo de duros enfrentamientos entre las
Comunidades de Valencia y de Castilla-La Mancha, en el punto
concreto de sus Hoces. Unos, aparentemente, por preservar la
belleza; otros,
aparentemente, por
mejorar la comunicación. Y ahora le toca al Guadalquivir, al que
parece que quieren meter en un Estatuto, tal vez en una Realidad
Nacional, lo que tiene mucha minga, Dominga. Pero ya les ha dicho
Ibarra que son un poco chorlitos o cabezabuques, porque algunos
afluentes del Guadalquivir nacen precisamente en sus tierras. Además,
¿quién puede asegurar que un día Sevilla no pida anexionarse
voluntariamente a Extremadura? ¿Ein? No sé, pero tal como andan
las cosas…
Antiguamente, los ríos
pasaban por aquí y por allá y los ciudadanos aprovechaban sus
aguas para regar sus tomates y cebollas, para moler sus cebadas y
centenos, para darse un chapuzón o para pescar algún que otro
barbo, pero luego se desentendían de ellos y los olvidaban porque
alguien había sentado un precedente muy sensato que, si no
sentaba cátedra, servía al menos de jurisprudencia: “agua que
no has de beber / déjala correr”. Había ríos que, al menos en
alguna de sus partes, corrían tan olvidados que un prestigioso
poeta se vio obligado a cantar: “Río Duero, río Duero / nadie
a acompañarte baja”. Bien es verdad que Gerardo Diego hacía la
salvedad de los enamorados, ya que estos ponían a los ríos como
testigos de sus grandes amores.
Y hemos de hacer también
la salvedad de algún pájaro de cuenta que, con la nocturnidad
requerida, bajó a borrar las huellas de un odioso crimen: “Amor
mío, si te vas / no bebas agua del Duero / que lavaron el puñal
/ con que mataron a Diego”. De hecho, había ríos tan libres y
tan respetados que, aun siendo muy modestos en su caudal y en su
recorrido, la gente les pedía permiso para pasar, tal es el caso
del Manzanares, que, a su paso por Madrid,
bien podía haberse hecho colchonero de pro. Discurrían
tan libres y tan limpios que, cuando algo se interponía en su
camino y los perturbaba, enseguida se hacía público y notorio.
Este es el caso del Nervión, por el que un día dijeron que
bajaba un bicho extraño…
Que yo sepa, nunca antes
los ríos habían tenido un carácter particular, como el patio de
mi casa, sino que siempre habían sido bienes comunes y públicos.
Daba igual dónde naciera o por dónde pasaran, porque eran
igualmente de todos. Miños y geniles, tajos y bernesgas, mundos y
jalones, eslas y guadianas, fontirines y júcares, arlanzas y
cuervos, jaramas y seguras. Bueno, en un momento dado, el
Jarama fue un poco de Ferlosio, pero sólo en un plano simbólico
y honorífico. De
manera que todos eran ríos de todos. Todos eran ríos de nadie. Y
en Andalucía, particularmente. De hecho, el famoso Río de Miguel
Ríos no se sabe cual es, porque ni siquiera tiene nombre. Es más,
los autores de la universal Macarena son “Los del río”, pero
¿de qué río?
Solo usted, señor
Chaves, pretende que el Guadalquivir tenga dueño. Y que este sea
un sujeto jurídico llamado Realidad Nacional Andaluza. O algo así. Que vaya si tiene
cojones. No me extraña que Ibarra se cabree, aunque yo ha he
descubierto que Ibarra se cabrea solamente de boquilla, justamente
por donde suele morir el pez.
Luego se tragará el Guadalquivir con todas sus poluciones
como un día no lejano se tragó el Estatuto de Cataluña, que ese
sí que es un río, pero de tinta. Y tiene asimetrías como sapos.
Y monstruos de lesa financiación.
Si empezamos a pegarnos
por los ríos ¿qué será de nosotros y de nuestras vidas? Todos
sabemos que “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la
mar, que es el morir”. Nos lo dijo Jorge Manrique, ya hace
muchos años. Yo estoy de acuerdo con él, y no me gustaría nada
que el pequeño río de mi vida fuera esclavo de ningún
politicastro con ambiciones ni de ninguna entidad jurídica con
rango de eufemismo nacional.
La prueba más
contundente de que los ríos no son de nadie es que, en realidad,
nadie los ha podido nunca hacer suyos. Ya lo dijo Heráclito, el
filósofo de Éfeso: “No te bañarás dos veces en el mismo río”.
Señor Chaves: el Guadalquivir no es un río, sino muchos ríos,
infinitos ríos. Cuando usted quiera apropiarse de uno de ellos,
este empezará a sonreírle desde las proximidades de la costa,
que es donde los ríos remansan. Y luego desde el mar, que es al
que voluntariamente se entregan.
Mariano Estrada
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