|
¿Quo vadis, España?
Ahora resulta que la España de charanga y pandereta, por la que
tanto nos hemos afligido desde que así la bautizara Machado, el
poeta andaluz (hoy poeta de una futura realidad nacional por la
gracia de Chaves-Zapatero), no es ni mucho menos la peor España
posible. Por lo que hemos podido ver estos días (estos meses,
estos dos últimos años), la peor España posible ¡quién lo iba
a decir!, estaba larvada en Cataluña, esperando el empujoncito de
alguien que la pusiera en circulación: “Lázaro, levántate y
anda” ¡No me diga! ¿Y quién es ese alguien, al que tal suerte
le cupo?
Digámoslo de otra forma: ahora resulta que la España más
productiva, la más seria, la más admirada por los españoles de
otras comunidades, regiones o latitudes; la más rica de todas, la
que tiene un tejido social organizado y envidiable, la ventana por
la que queríamos que nos miraran desde otras partes del mundo, la
locomotora que tiraba de los renqueantes vagones de cola,
incluidos los lastres endémicos de la picaresca, la inclinación
al pesebre y a la vida contemplativa o contrapunto de la
imponderable productividad… Esa España, digo, es también la más
esperpéntica, lunática y estrambótica que el peor de los
encantadores que persiguieron -y persiguen- a don Quijote haya
podido imaginar. ¿Adónde se dirige vuesa merced, excelencia? Voy
a Cataluña, Señor Aparecido, a descubrir los vericuetos,
oquedades y pasadizos por los que se llega a la nueva realidad
catalana, de los que se dice que son obra de ingeniería cerebral
muy próxima a la fenomenología y al paroxismo, ambas cosas a un
tiempo.
¿Pero cómo es posible
crear una nación a través del retorcimiento de las ideas, de la
interpretación y/o suplantación de las voluntades, de la
tergiversación monda y lironda de los acuerdos, de la burda
mentira y del estúpido circunloquio? Para ser nación hay que
serlo de frente, sin ambages, sin tapujos, sin medias tintas, con
argumentos fundacionales y fundamentados, clarividentes e
incontestables. Más o menos así: Cataluña es una nación porque
al señor Huguet no le gustan los toritos de trapo… ¡Vaya,
hombre! ¿Ni siquiera con los botines de El Fari? Ni siquiera con
los botines de El Fari. Las naciones catalanas, de las que quiero
advertir a su impresionante señoría que va a haber muchas,
grandes y libres, se fundamentan todas en la figura del caganer,
con la que Huguet comparte todos los días una sardana... Vale,
vale… ¿y si deja usted de decir “tonterida española”, que
ya se está pasando con el mondongo? Huguet es un cero a la
izquierda, por si no lo había intuido. Y en lo tocante a la
construcción futura de España, el que pinta es Maragall, que,
con la ayuda de Zapatero, está dispuesto a hablarnos de tú desde
la Imperial Cataluña: Mira, José Luis, el futuro de Europa está
aquí, con nosotros. De momento, ya hemos entonado la Marsellesa
en catalán. No te quepa Aulestia de que pronto entonaremos también
el himno de España, porque sí, oye, porque en el fondo “la
sardana y el fandango me emocionan”. Y porque “España me
pone”, joder, ya lo dijo el folclórico presidente de Cantabria,
el que me regaló la pulsera que de verdad me ha curado de
tentaciones separatistas.
Ahora resulta que el ciudadano Maragall, el que fue tan buen
alcalde de Barcelona, el que teóricamente lideraba un proyecto
socialista para contraponer al corrosivo nacionalismo de Pujol, el
astuto gnomo de CIU que se había apoderado en exclusiva del
chiringuito y de la butifarra; el que parecía llamado a mantener
la cohesión de “esta España mía / esta España nuestra” que
no encuentra su esencia ni su voz ni su equilibrio… Que el
ciudadano Maragall, digo, no es ni mucho menos la solución para
nuestros muchos quebraderos de cabeza. Por lo que hemos podido ver
estos días (estos meses, estos últimos años) es más bien una
parte importante del problema que tenemos que resolver, el que nos
agarrota y nos inutiliza.
Y Maragall fue el que dijo que Cataluña se había cansado de ser
solidaria con España. Él fue el que habló de la asimetría
federal, es decir: del desequilibro interregional y del privilegio
de los elegidos. Él fue el impulsor de un Estatuto que rompía
claramente el consenso constitucional (La constitución no es
inamovible, por supuesto, pero si tal es el pacto que
voluntariamente nos dimos, hay que mantenerlo por todos mientras
no decidamos cambiarlo). Él fue el que metió en el gobierno de
Cataluña a esos niños radicales que, por jugar con el fuego,
terminarían meándole la cama. Él fue el que tapó la corrupción
endémica e institucionalizada de CIU (situada entre el 3 y el 20
de la calle Porcentaje), corrupción que antes había destapado en
un arrebato de incontinencia parlamentaria; él fue el que permitió,
vía Montilla, que su partido se beneficiara de unos cuantiosos préstamos
condonados de bóbilis bóbilis, aunque sólo de un bóbilis
aparente. Él fue el que aguantó los desmanes de Vendrell,
encaminados a financiar el partido extorsionando a los que fueron
empleados por su mediación. Él fue el que nombró como consejero
de gobernación a un tipo que había ejercido de terrorista
mediante la colocación de dos iniciativas de pólvora…
Menos mal que CIU, de quien se sabe que ha practicado la corrupción
durante 24 años seguidos, al 3 o al 20, tanto da, se presenta
como el salvador de la patria. Experiencia, ya tiene. Mano
izquierda, también, por más que sea un derechón de padre y muy
Pujol mío. Ganas de mandar no le faltan: Durán está pidiendo a
gritos un ministerio en Madrid ¿El de Hacienda? Y el viento lo
tienen a favor “desde aquel día”. O desde aquella noche ¡”Qué
noche la de aquel día”! ¿Eh, noi? Sí, sí, desde aquella
noche intensa y memorable en la que Zapatero y Mas, “amigos para
siempre”, le pusieron los cuernos a los chicos de Ezquerra
Republicana de Cataluña una, Cataluña grande, Cataluña libre;
aquellos que con el pacto de Tinell, basado en el oportunismo y en
la necesidad (ingredientes requeridos para todo chantaje),
quisieron poner a España patas arriba, justamente para que en el
futuro nadie pudiera volver a decir “Arriba España”, sino tal
vez Visca el Barça, Adéu Madrid, “Amunt, amunt, Catalunya”.
Pero a esos chicos rebeldes los ha descabalgado Maragall, y a
Maragall lo descabalgará necesariamente Zapatero, si es que
quiere los votos de don Arturo, prometidos en esa noche de amor
ante una mesa redonda. De esta manera sacarán adelante la patata
caliente del Estatuto, que seguirá garantizando la inestabilidad,
que seguirá dando alas a los radicalismos, que no contenta a
tirios ni a troyanos, que no concita el entendimiento ni postula
la concordia, que no garantiza ni de lejos una mejor Cataluña ni
una mejor España.
Lo yo no entiendo bien es que todos estos líos de telenovela
folletinesca no ayuden a las mentes preclaras de una y otra parte
a entender que lo que debe hacerse de veras es reformar la
Constitución y establecer un estado federal con el acuerdo de
todos, o por lo menos de la inmensa mayoría, y, desde luego, con
el acuerdo del PP y del PSOE. ¿Qué sentido tiene un estatuto que
va del noventa al cuarenta y nueve, pasando por el cincuenta y
cuatro? ¿Qué se puede hacer con un estatuto que, si la Moreneta
no lo remedia, va a ser aprobado por los pelos? ¿Se puede forjar
la convivencia contra un montón de ciudadanos, previsiblemente
cercano a la mitad de los catalanes, por no mentar al resto de los
españoles? ¿No era condición “sine qua non”, como dijo
Zapatero Blas Punto Redondo, un consenso amplio, por supuesto más
amplio que el del actual y ya moribundo Estatuto, que en la gloria
quede? ¿Y esto es lo que ha costado dos años de mareos, sustos,
broncas, vicisitudes, encuentros y desencuentros, amenazas,
chantajes, boicots e incluso odios entre “hermanos, camaradas,
amigos, despedidme del sol y de los trigos”?
Pues no sé si ha valido la pena.
Posdata:
Tan mal se han hecho las cosas en Cataluña que ha llegado un
momento en que algunos ciudadanos no han podido aguantar. Ese es
el motivo por el que nació el colectivo “Ciutadans de
Catalunya”, primero como Plataforma cívica y luego, hace sólo
unos días, como partido político. Su ideario, recogido en su 2º
manifiesto, no puede ser más claro y esperanzador: 1º.- Ciudadanía:
los territorios no tienen derechos, sólo las personas. 2º.- Libertad
e igualdad: promover espíritu crítico y debate racional,
asumir principios heredados de la Ilustración, defender la
igualdad ante la ley y los derechos de las sociedades democráticas.
3º.- Laicismo: neutralidad de la Administración en
asuntos religiosos e identitarios. 4º.- Bilingüismo:
elevar a oficial lo que es normal en la calle. Defender el bilingüismo
en todos los ámbitos: Administración, medios de comunicación,
enseñanza, etc. 5º.- Constitución: la soberanía reside
en el conjunto de la ciudadanía española, no en la de cada una
de sus comunidades autónomas.
No hay mal que por bien no venga
Mariano Estrada
Volver |