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NOCTURNO
DE AGOSTO Huyendo
del tumulto de Benidorm, que es ciudad de cuerpos y de arena, aunque no
libros de arena, he montado
la tienda vacacional en los parajes de la niñez, al zumbo de los árboles
y de los pájaros. Por el día, Muelas de los Caballeros es pueblo de
piedra señorial y hospitalario paisanaje, de río transparente, de
acogedora montaña. Y al margen de los jóvenes, que tienen conquistado el
territorio, como los lobos, la noche es un grumo de silencios, apenas
contradicho por el mágico concierto de los grillos, los eventuales
ladridos de los perros o los cantos misteriosos de las lechuzas. El resto
es soledad, músicas del aire sobre el alto penacho de los chopos,
temperaturas a punto de jersey y una honda calma. En ese justo escenario,
bajo un manto de estrellas minuciosas que taladran un oscuro azul,
apurando la copa hasta el borde obligado de la manta, los paseos adquieren
dimensiones de eternidad y la palabra supera los espacios para hacerse
intrascendente, luminosa e íntima. Lo
puede atestiguar Carlos Llamas, que lejos del micrófono de La Ser y de
"Hora Venticinco", prodigó su admiración por un actor
entrañable, llamado Paco Rabal, más que por algunos adelantados de la
política con los que suele dialogar frecuentemente. Así mismo, lo puede
confirmar José Luis Ferris, último premio Azorín de Novela, quien,
puestos a declarar admiración, narró
su viaje reciente desde Alicante a Zamora para asistir al entierro de
Claudio Rodríguez, poeta que mantuvo su fidelidad por encima de los
patrones de nuestro tiempo. Desde la plena comunión con semejantes
admiraciones, yo introduje en el aire de la carretera que nos adentraba en
el campo y en las sombras, una admiración más cercana. Tan cercana era
que, en una buena parte del trayecto , la cosa admirada se pudo ruborizar
con mis loas. Se trata de mis amigos los robles, con algunos de los
cuales, aquel mismo día, yo
había estado tejiendo muy familiares abrazos. ¿Fue
joven la noche? ¿Fue profunda? ¿Fue quizás
venturosa?. Sin duda, pero a las cuatro de la mañana empezó a ser
alta de frío. Así que
recogimos las velas y nos fuimos tiritando hacía el alba, ya rayana. De
camino, pisando el relente de la noche,
tal vez "la luz dudosa del día", me asaltó un recuerdo
anterior, que tiene aromas queridos y recientes: "La mañana es de
paz y huele a ozono. Los rayos del amor han sembrado cristales en las
hojas maduras de los robles". Desde
un corral cercano, un gallo inexperto anunciaba con ruinosa voluntad un día
esplendoroso que, en sus primeras vertientes,
nos iba a pasar desapercibido. Todo por emular a los jóvenes que,
con una prodigalidad persistente y a veces excesiva, apuran la noche hasta
el bostezo y, despreciando "cuanto ignoran",
atraviesan en sombras la
mañana. La de Grieg (Peer Gynt), que es de belleza sensitiva; y la de
Muelas de los Caballeros (Zamora), que es de naturaleza virginal. Mariano Estrada, 19-09-99
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