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NAVIDADES EN BLANCO Y NEGRO

 

Alguien me ha pedido este artículo de Navidad. ¿Que ahora no es Navidad? Bueno, han llamado a mi puerta y yo la abro. ¿Qué razón hay en contra? La abro como si fuera el corazón.

 

No hay duda de que  la sociedad occidental, que es punta de lanza de las sociedades actualmente existentes, tiene una esencia puramente mercantilista. No es extraño, por consiguiente, que la mayoría de las actividades que propicia tengan un fundamento comercial. Y si no lo tienen todas es porque los detractores del sistema, o dentro del sistema los opositores al gobierno: los partidos políticos, los sindicatos, las asociaciones ciudadanas etc.,  han conseguido introducir determinados elementos de corrección en los que el factor humano se ha antepuesto a cualquier otro tipo de  beneficio. De este modo, con sus fallas y  lagunas,  se ha logrado garantizar  la enseñanza, la sanidad,  la jubilación, así como dulcificar los efectos más duros del desempleo.

 

Lo que resulta más chocante, aunque sólo en cierto sentido, es que teniendo la sociedad occidental un origen judeo-cristiano, y siendo Jesucristo un símbolo de humildad y de pobreza, se le haya ido tanto la mano en la conmemoración de su nacimiento. La Navidad, que además de celebración es el símbolo por excelencia de la familia y la familia, a su vez, es la base de la estructura de la sociedad occidental, la Navidad, digo, antes que otra cosa es actualmente un desorbitado acto de mercantilismo. Un impresionante tintineo de monedas, una avalancha incesante de sensiblerías repentinas  y deseos de felicidad con parafernalia y regalo, una proliferación de centros comerciales en los que unos atronadores villancicos -perdida su función original-, han terminado por ganar la condición de barahúnda y esperpento. Bajo esa lágrima de fácil alegría, de emociones prontas y confraternizaciones con plazo de caducidad, hay un mercadeo puro y desaforado. El famoso "Dios es amor" del ideario protestante se podía trocar fácilmente en el "Jesucristo es negocio", de los grandes mercaderes modernos y también de los que vemos los toros desde la barrera y no protestamos en absoluto.

 

No dudo de las buenas voluntades. Sé que hay gentes de noble corazón para las que las Navidades son blancas como el ampo de la nieve. Dentro de la sociedad occidental, deben ser un reducto, sin embargo. Soy consciente también de que en otras sociedades, haya nieve o sol, las Navidades son negras. Negras de presente y de futuro, negras de enfermedad y de ilusiones, negras de libertad y de pobreza. Nosotros, los occidentales, somos unos niños mimados a los que se nos han amontonado los regalos.  En realidad, somos un montón de juguetes entre los que se nos ha hecho difícil la satisfacción. E incluso la búsqueda. Buscamos con impaciencia, pero es un hecho frío e inútil.  Tal vez un día, cuando hayamos enterrado el gusanillo de lo superfluo, recorramos las galerías abandonadas de nuestros propios almacenes, porque en el fondo sabemos que en algún lugar recóndito de la memoria aún está aquel juguete sencillo y maravilloso con el que soñábamos por la noche y a menudo nos trajo un día feliz: era un leño de hogar, era un beso de madre, era un puñado de caramelos amanecidos en las cuencas de ilusión de unos zapatos rotos.

 

Mariano Estrada, 08-12-99

 
 
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