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NACIDO
DE LA LLUVIA
La mañana está húmeda, como el deseo tierno de una enamorada
reciente. Mis pensamientos se estrellan en un mar que se me antoja
desconocido, por sus asomos de tristeza y de niebla. El color es
gris, no hay sol, no hay claridad, no hay brillo. Las palmeras
ofrecen a mis ojos sus adustos penachos de lacinias goteantes
y estilizadas. La lluvia es delgada y minuciosa, tanto que me
sugiere otro lugar, otro momento, otro paisaje... Pero yo conozco la
esencia de este viejo Mediterráneo, sus rabias momentáneas, sus
lunas influyentes, sus estados de locura transitoria... Y hoy exhibe
esta cara de tristeza, esta grave expresión de melancolía, estos
ojos de sombras y de llanto...
Aunque es bello este llanto, este rostro triste, esa oscurecida
lontananza que, como todo lo que es inescrutable, sugiere
profundidad y misterio. Y siento en mí esa bruma, y ese olor a
ozono que se yergue sobre la tierra mojada, y esas hojas ocres que
me avivan el recuerdo de una carne trémula y gozosa tras el
vaho adherido a los cristales de un coche en el otoño, y esas gotas
de felicidad empapando un rostro de dicha... Y el amor, el mar
embravecido y tormentoso en su expresión de fuerza...
Contemplo estos momentos de especial intensidad desde el sosiego de
mis cincuenta y tres años cumplidos, cada vez más penetrado de la
nutriente sustancia del paisaje, que es tierra sobre mi tierra, agua
sobre mi agua, vida sobre mi vida. Jamás hubiera creído en mi
esplendente y vigorosa juventud que su simple contemplación
iba a constituirse en alimento imprescindible de la mirada, en
motivo de serena felicidad, en alargada fuente de gozo. Hoy sé
que el paisaje es una forma visible de la eternidad, el camino más
cierto para acercarnos a una verdad sin aditivos, acaso para
hacernos elementales como ríos, primarios como vientos o como
lluvias e imperecederos como montañas.
Sé que detrás de esa niebla, donde antes he anunciado el misterio
con ingenua voluntad, unos ríos sucios corren hacia mares
contaminados, unas lluvias ácidas caen sobre bosques inocentes y
desprotegidos, y unos entes violentos han alzado las faldas de los
montes con sus falos de vergonzoso priapismo y sus manos de tacto
monetario, y han violado a una flora desprevenida y virginal y a una
fauna no amada por los humanos con el debido respeto y suficiencia,
especialmente si huelen a negocios y a administración.
Desde este día hermoso que me ha ofrecido la lluvia, frente al mar,
convertido en materia de dolor y de paisaje, me ofrezco a todos
aquellos que repudian la contaminación y el exterminio -de quienes
reclamo una reciprocidad desinteresada-, y propongo para los
violadores de la naturaleza un castigo ejemplar consistente en la
amputación de sus órganos. Y conste que me refiero a su poder, jamás
a sus pingajos de respetable biología.
Mariano Estrada, 12-10-2000 |