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Hojas lentas de otoño

Escrito en 1995 y publicado en 1997 por la Editorial Aguaclara, tras obtener el II Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Torrevieja”.

Nota del 25 de Julio del 2003, ya sin pasiones recientes.
La hojas de este libro, metáforas del dolor y del gozo y exponentes de la belleza, perviven en la Carballeda zamorana, especialmente en un rincón de la misma llamado Muelas de los Caballeros-Justel-Quintanilla-Donado, porque allí fue donde me aconteció la niñez con sus alforjas de felicidad, allí fue donde puso sus cebos la añoranza y allí fue donde al cabo me ha rozado la muerte. Mariano Estrada.

Fluye de lumbres recordadas
un sahumerio de amor, un vaho
dulce que brota en la ceniza...
... Es ausencia de madre.


No arriesgue el mármol temerario
gárrulas transgresiones al todopoder del olvido,
enumerando con prolijidad
el nombre, la opinión, los acontecimientos, la patria.
Tanto abalorio bien adjudicado está a la tiniebla
y el mármol no hable lo que callan los hombres.

J.L. BORGES, EL SUR.

 

El dolor verdadero no hace ruido:
deja un susurro como el de las hojas
del álamo mecidas por el viento...

CLAUDIO RODRÍGUEZ, ALIANZA Y CONDENA


AÑORANZA

Ahora que la ausencia 
es vegetal abierto
que alcanza en esta luz
su dimensión madura,
te abrazo con la voz
y con la ley
te doy estirpe y sangre.

Concédeme tú a mí
-como honra antigua-
exhumar el memento de la fronda,
la música labiada o el erizo
denso que ríe en el bocado.

El otro tú, yo mismo,
palpita en la hojarasca lenta
que cae en el amor
por las roderas del otoño.


APEGOS

El poso de la luz, la sinfonía
seca del árbol y el matojo,
el mar imperceptible, la templanza
del sol en el mantillo...

¿Quién se atreve a rasgar
este dosel de lunas, esta 
yedra de líquenes y sangre?

¡Oh, golpe, tropezón
estremecido de la savia...!
¿No sabes ya qué amargo
es el destierro de la lluvia,
el desahucio del trigo y
la sombra estrepitosa de la leña?


A UNA RAMA

Frente a esa claridad,
frente a ese monte, donde todo
es elocuente y gárrulo,
tú, árbol preterible, rama íntima,
me ofreces una flor
que desmorona el tiempo
y reconduce la mirada.

Ahí, en ese humilde tronco,
donde ya ningún hacha se detiene,
yo he injertado la luz de la pupila.

Y me siento mejor
porque te alumbro y amo.
Y comprendo mejor, porque los ojos
me crecen saturados de inocencia.

 

 

ELECCIÓN.

¿La luz, la transparencia llana
o el hábito de ser fotografía?

¿La flor, quizás, el devaneo
constante del vestido?

¿La luna, el aire, el coro
de los búhos en íntimo concierto?

No, no..., la mar,
la paradoja húmeda o el labio
que está inmerso en la sed.


INTROSPECCIÓN.

Vi de nuevo la lumbre
en el pasado de la leña
y hurté la llama al dios
de los sagrados lares.

Crepitando en la brasa,
Una astilla adquirió
Su venidera forma.

Y dijo:
“¿Por qué ese rapto brusco
de hogar y calentura,
si tú eres ya del fuego?
¿Por qué esa evocación
de antiguas llamas, ese
canto de lenguas y ceniza?”

Reconocí la voz, venía
De los tiznes oscuros de la muerte.




TRISTEZA DE OTOÑO

El árbol se derrama
en temblores de otoño y decadencia,
y ya mi corazón
habita la seroja.

Pero es lenta la sangre.

Por sus cauces maduros
corre el palor de los ocasos
donde hay sombras y miedos.

El árbol se derrite, la hojarasca
vuela, las ínfulas sucumben
ante un beso de erizos...

Tan sólo la memoria permanece,
pero ¿es esto la vida?
¡Oh, sueños, lánguidas bellezas?,
¿era esto la vida?


A UNA MUERTE.

Mis recuerdos de amor
regresan a este otoño donde
rompen las olas de la vida.

Donde ha roto la vida.

Sobre un suelo maduro
-que aún recubre el barro-
se agolpan la niñez y la hojarasca,
el fuego elemental, el pan
con levadura, la certeza
callada de los besos...

Pero ¡ay!, son hiedras, soledades
desarmadas y heridas.

Y esas hiedras de amor
se abrazan a este otoño,
a este tronco desnudo, ya
sin savia, ya
sin corazón ni primavera.




LA HERENCIA.

¿Quién acepta esta herencia de dolor,
este legado
de íntimas derrotas?

¿Quién acepta el aliento
de una mano de frío?

¡Oh!, lábiles palabras, lenguas
de pura inmediatez,
voces de ímpetu y ahogo.

¿Por qué ponéis el dedo
en las pasiones últimas,
la mueca en el metal,
los ojos en la lágrima somera?

¿Habéis purificado el sentimiento
en espacios de luz, en campos
de sol y mediodía?

¿Habéis dado a los pies
la horma del pasado,
la andadura constante del camino?

¿Reconocéis el pan, el peso
justo del grano y de la paja?
¿También reconocéis la levadura?

Entonces, grávidas palabras,
estáis viendo al amor: ¡ésa es la herencia!
¿Qué importa que esta lluvia triste
azote vuestras sienes
con vapores de lástima y zozobra?


RECUERDO TRISTE

La tarde es un racimo
de luz periclitada, casi
un territorio de la noche.

Los árboles perfilan en sus hojas
lentas lluvias de otoño.

Y tú... ¿qué ocaso anuncias desde
el banco entristecido de la puerta?
¿A qué distancia estás
de este sutil verano?

¡Ay!, sombra, página futura,
¿en qué estación vendrán tus malvas?





INVIERNO

Ha dejado el otoño
desnudas arboledas, témpanos
de nieve, viento frío...

Las calles amontonan soledad
y los intensos chaparrones
han tejido en mi alma
tremedales de barro.

Me refugio en las íntimas
estancias del amor
-donde persiste la memoria-
y opongo a esta humedad
las llamaradas de la leña.

Pero...
¿Quién templará mi corazón 
si la tristeza ocupa el norte
oscurecido del invierno?


RETORNO.

Al norte del dolor
o en la infinita noche,
donde apuro los posos de la muerte,
se derrama una luz, acaso
una insurgencia de alboradas.

Agito el corazón, sacudo el frío.
Y de nuevo retumban en mi pecho
los temblores de sangre:
los torrentes, los ríos, las cisternas...

Y los ojos me vuelven a esa luz
de otoño y vida
que hoy aparta las hojas
y se posa en un barro de ternura.


NATURALEZA.

¿Por dónde he de cruzar
este arenal de sombras, este
duro carámbano de lirios?

¿Y cómo alcanzaré la plenitud
para vaciar los odres
penosos de las malvas?

No sé..., la casa es un dolor
de soledad y piedra.
Azota el vendaval, las hojas
caen, los árboles se inclinan,
el invierno cabalga por los fríos
con sus potros de nieve...

Y yo, ¿qué azote sufro
que huele a oscuridad y a crisantemo?
¿Tendré que recluirme ahora
en esta flor de llanto, en esta
clonación íntima de ruinas?



TE DIGO AMOR

Te digo amor
y estoy diciendo otoño:
ocaso, lluvias, árboles desnudos...

Y no me pesa el labio por decir
amor y estar diciendo muerte.

Amor y muerte, sí,
pues digo consunción
y surge un crisantemo.

Y digo oscuridad o noche 
y estoy diciendo luz de madrugada...

Te digo amor, te digo tierra,
y acaso estoy diciendo
eternidad o lirio.


MIEDO, LLANTO, MUERTE.

Aquí, bajo este triste
árbol de frío y abandono,
fue pensado el instante
en que la luz se precipita
al cementerio de la noche.

Caía sobre mí la paz
desmesurada de las hojas,
la ventura del fuego y
la gozosa inconsciencia del amor,
esa miel sin propósito...

Pero quebró la nube, el aire
volcó toda su albórbola de furias
sobre ramas, aleros, chimeneas...
y abrió mi intimidad (¿mi limbo?)
a un reguero de lutos.

Ahí, en esa incierta sombra,
habité los azarbes de los llantos.
Hoy habito el dolor, ¡oh, muerte!
Hoy habito el dolor...
pero el espanto es seco.


LA PENA ORGINAL.

Hoy me otorga la noche
su lamento más triste, su balada
de luces condolidas:
la luna, las estrellas, las farolas...

Nada escapa al dolor, ni el aire
que gime en los tejados
ni el ruido intempestivo
de unos pasos anónimos.

El búho de la sombra
es un quejido hondo, una
espesa lágrima de bronce:
sollozan las maderas,
llora el perro, los árboles
alientan sus tambores fúnebres...

Sí, todo tiende al llanto:
ése que brota en las paredes
delgadas de la pena original.




NO SÓLO EL DOLOR.

Más no sólo el dolor, o el llanto.
Aquí queda la espina 
larga del estremecimiento,
ese mármol de sombra...

¿Qué respuestas habrá
-desde sus labios mudos-,
más allá de los hábitos o el nombre,
los hilos de la sangre o la familia?

¿Qué explica la virtud, el odio,
las formas de la fe, la profusión
impenitente de la duda?
¿Explica algo el ser o la conciencia?

¡Oh!, luna mineral, deseo
de auroras transfinitas.
¿Con qué se corresponde
la causa del amor, la desnudez
plena del alma?


¿POR QUÉ?

¿Por qué te cubre el llanto, sol,
desalentada tierra o
barro mustio de otoño?

¿Por qué se va la tarde en este
denso rebujo de tristezas,
este labio de amargas comisuras?

¿Por qué abonar los tallos del dolor
si la caída de las hojas
es el sino genético del árbol?

¡Oh conciencia rasgada, sombra o nube!
¿No era tuya esa voz
que traspasó la duda?
¿Por qué ignoras, entonces, la respuesta?


REGRESO AL AMOR.

Desde esta larga calle,
que cuenta las distancias
por miriámetros o constelaciones,
y al ritmo de esta luz
que contrapone a la razón
sus trenes de ida y vuelta,
yo regreso al calor
de una paciente casa.

Allí, junto a los claros
espejos de la lumbre,
participo del ámbito
querido de un hogar humilde.

Y vuelvo a los escaños del amor,
a los silencios de ceniza,
las trébedes, los llares,
los vértigos alados de la rueca...

Así retorno al vino
de la conversación, el beso
del tiempo y de la sangre,
quizás la concordancia
plena del alma y el espacio.

Y cabalgo en las íntimas querencias
que, al dorso del dolor,
ignoran las espadas de la muerte.


POR ENCIMA DEL MÁRMOL

Por encima del mármol,
que responde a la causa del dolor
con un eterno frío,
sobresale la íntima
belleza de este otoño triste.

Y más que la nutrida humanidad
o compartido leño
en que el dolor se envuelve,
me abruman las calladas
esencias de esta antigua tierra:

Esas hojas de roble, esos
tonos maduros del castaño,
ese brezo que incuba 
esplendores de miel y colorido, 
el humero feraz
en que consiste el agua...

A esas cosas respondo,
porque esas cosas son, no el mármol,
las cenizas más nobles
donde pueda guardarse una memoria.





EL REFLEJO

Retomo la niñez
para subir al caudaloso
planisferio de la inocencia
-lugar donde la noche es un regazo
en que se ahorma el día-,
y allí se me abre el cáliz del amor,
su innumerable espora o
el alba incontenible de los sueños.

Sobre las losas de pizarra,
el alma reproduce
esta visión del patio:
escaños, abalorios, tizas...,
cosas que inundan el perfil
borroso de una gran rayuela.

Detrás, en las profundas 
alcobas de la casa,
la leña del hogar, el dulce 
aditamento de la risa,
la pátina del beso, la amorosa
caricia de una extensa madre...

¿Madre?
¿Quién habita la casa sino el pálido
reflejo de una triste luna?


¿QUÉ SOMOS?

¿Qué somos, sino viento
indomeñable, transitorio
barro o efímera memoria?
¿O somos, además,
mareas invisibles
que no registra el tiempo ni el espacio?
¿Vivimos al morir, perdemos
en la muerte la causa de la muerte?
¿Qué seremos, entonces,
en ese almario inane
o luna exceptuada de la
gravitación universal?


HOJAS LENTAS DEL OTOÑO

Emanan de la tarde
vastos murciélagos de sombra
que, al pairo del crepúsculo, 
anticipan el cerco de la noche.

La calle se concibe como
claro de luz artificial
y procelosa vida.

Sobre un clamor ferviente
de variada naturaleza,
los árboles modulan en sus copas
placideces de viento.

Pero tú, ojo mustio, banco
entristecido de la casa,
desoyes el clarín de este concilio
y escuchas en las hojas 
no un fervor verde de músicas,
sino un llanto de ceras, un esputo
agrio de lenguas amarillas.

Después, al dorso de la sombra,
bajo el trino desnudo de los pájaros, 
el alba irrumpe en mí con 
lentas hojas de otoño.


REVERSIÓN

Un frío intestinal
se contrapone a esta belleza 
de lenguas vegetales
que arropan el dolor
con los colores del otoño.

Rodeando las lágrimas, un viento
liviano, casi imperceptible,
agita el matorral
que representa a la memoria,
y arranca de sus cepas
calurosos tizones de familia.

De este modo,
los mármoles recientes se deslíen
en un vasto recuerdo:
el de un tronco de lumbres apretadas
que ha esparcido en los árboles
el beso largo de la leña.





PRESENCIAS DE ROBLE

Esas hojas de roble,
que alzaron en la luz
sus cascabillos de ternura,
alumbran los entornos del dolor
con delicadas ceras.

Ahí, en ese extenso árbol
-ola perpetua del paisaje-,
descansa una verdad
de identidad y tiempo.

En él están las lenguas
espesas de la lumbre, el tálamo
del sueño y del amor,
el envigado de la casa...

Ahí está el cortezo de la miel,
la empuñadura del arado...

Y ahora,
circundando la pena,
tras la helada textura del granito,
¿quién le niega el derecho
sagrado de incoar
un expediente de ceniza?


LUNAS DE CENIZA.

Habito el corazón
de este boscaje denso
que, a la hora del frío y de la muerte,
depone sobre mí
sus alamares rojos.

Por el calvero de las ramas
desciende una gavilla cenital
de sables infinitos
que inundan de color
el horizonte oscuro de la leña.

Y miro hacia esa luz de amanecida
que, al dorso del ocaso,
ha vertido la paz
en los regueros de la sangre.

Las hojas caen como
lenguas lentísimas de otoño,
y dejan en el barro
sus auroras de luz, sus altas
lunas de incendio y de ceniza.




MEMENTOS

Los altos cirios, las coronas
nimbadas de los ángeles,
las músicas de Bach y Palestrina,
los trémulos solozos, la oración,
el negro catafalco...

Van cayendo las hojas
sobre el barro vencido del crepúsculo,
en tanto que el dolor,
entrecortado y lento,
responde a un interludio de campanas
gravitadas en muerte.

Los mementos se agolpan en los labios
callados de la piedra, y en el polvo
desnudo de esta carne última
que huye de la luz
por torrenteras de ceniza.

El grillo de las hojas adelgaza
los cantos gregorianos
y el hisopo rocía los barnices
asépticos que cubren la memoria...

Confines del otoño. "Requiem
aeternam dona eis, Domine".
La cruz, el mármol, los inciensos...
Misereres de amor, sobrepellices
de cera derretida, llantos, penas,
crisantemos de luz y de granito...

Como gotas de paz,
como estertores ácidos de lluvia,
van cayendo las hojas del dolor,
las de la savia interferida, 
las que miran el barro desde un
velo de luz desesperada.




LA NOCHE

Sustraído a la luz
por las murallas del ocaso,
¿quién se alzará sobre el nivel
espeso de la sombra?
¿Quién se atreve a rasgar
sus tafetanes negros?

La noche tiene grillos de dolor
y turbulentas lunas. Ojos
de lámparas vencidas,
cavernas, arcosolios, túneles...
Y esas cuencas redondas
que han vaciado los vértigos

Pero hay en los pabilos
ocultos de la niebla
un rastrojo infinito de memoria
que arrastra la razón
por la testuz del alba.

Y el día recupera los perdidos
temblores del otoño:
esos vastos paisajes, esas
hojas prestadas que reclama el barro.


RESCOLDO.

Fluye de lumbres recordadas
un sahumerio de amor, un vaho
dulce que brota en la ceniza.

Hojas en trasluz,
harinas lentas, aguas
de trémulos sollozos...

Como abeja de viento,
el recuerdo se posa en
este otoño desnudo, este
árbol en íntimas maderas
que ha dejado en el borde de la luz
su chaparrón de lunas.

Que un racimo de malvas
florezca junto al mármol
y abone las raíces de esta paz
que testifica el roble.

Pues roble es, y duro,
el paisaje gozoso de esta muerte.



CRÍTICA DEL LIBRO “HOJAS LENTAS DE OTOÑO” REALIZADA POR JAIME MAS FERRER, PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE.

DIARIO INFORMACIÓN DE ALICANTE
Sección: ARTE Y LETRAS
Jueves, 2 de abril de 1998


- POESÍA

El hogar y la lumbre

“Hojas lentas de otoño” arranca de una dolorosa experiencia personal

Mariano Estrada. “Hojas lentas de otoño”. Premio internacional de poesía “Ciudad de Torrevieja”. Alicante. Editorial Aguaclara.

JAIME MAS FERRER

La andadura poética de M. Estrada se inicia en 1984 con el poemario “Mitad de amor, dos cuartos de querencias”. Desde entonces y hasta diciembre de 1997, fecha de publicación de “Hojas lentas de otoño”, nos ha ido ofreciendo en sucesivas entregas: “El cielo se hizo de amor” (1986), Tierra conmovida” (1987), Vientos de soledad” (inédito), “Trozos de cazuela compartida” (1991), “Azumbres de la noche” (1993) y “Desde la flor del almendro” (1996). En esa ya extensa producción bibliográfica, el autor nos ofrece una visión de su mundo interior, de sus creencias y sentires, con una voz y palabra que paulatinamente y paso a paso se irán decantando y desprendiendo de retórica y adherencias literarias al tiempo que adquieren un tono auténtico y muy personal. “Hojas lentas de otoño” es el fruto sazonado de todo lo anterior, de él emerge una voz que verso a verso nos ofrece una poesía esencial, intimista, sustantiva, sencilla; poesía en la que importa más la autenticidad e intensidad del sentimiento que el oficio de orfebre.
El orfebre que reseñamos arranca de un hecho concreto: una reciente y dolorosa experiencia personal: “fluye de lumbres recordadas/ un sahumerio de amor, un vaho/ dulce que brota en la ceniza.../... Es ausencia de madre”. El dolor por una muerte lleva a su autor a realizar una reflexión que trasciende ampliamente el hecho concreto. Pero esto, con ser exacto, es insuficiente, pues lo que hace al poemario creíble y emocionante no es el trasfondo del asunto, sino la experiencia estética lograda mediante la decantación de esa historia en la forma la “palabra” y la sabia elección de versos heptasílabos (el mismo título es paradigmático) en un acompasado ritmo con acentuación en la sexta sílaba.
El autor se sitúa en el punto en que “Mis recuerdos de amor/ regresan a este otoño donde/ rompen las olas de la vida”. Momento desde el cual todo tiende al llanto. Con pulso contenido, el poeta reflexiona sobre el dolor de la muerte: “¿Por qué abonar los tallos del dolor/ si la caída de las hojas/ es el sino genético del árbol”, y acepta con serenidad que nada desaparece del todo, al igual que todo está impregnado de muerte. De esa premisa surge un sentimiento contradictorio: dolor-amor, muerte-vida recuperada por el recuerdo que revierte y se extiende en el paisaje, paisanaje, infancia, niñez simbolizada en el roble, etcétera: “Me refugio en las íntimas/ estancias del amor/ -donde persiste la memoria-/ y opongo a esta humedad/ las llamaradas de la leña”. Es la misma contraposición entre el mármol, elemento negador de vida, y el árbol, la leña, la lumbre, como recuerdo más en positivo; puesto que no se recuerda lo efímero, sino lo que permanece, y esto supone una negación de la memoria como algo estático, mientras que lo que se pretende vivificar es la asunción del pasado como algo propio de la vida: “Ahí, en ese humilde tronco/ donde ya ningún hacha se detiene/ yo he injertado la luz de la pupila/ Y me siento mejor/ porque te alumbro y amo”.
El fuego que corresponde a su poesía es el del hogar palpitante (los tizones crepitando y calentando a lo más próximo), rodeado de noche y de frío, y él es la sola brasa, consciente de que se extingue y será la próxima en apagarse: “¿Por qué ese rapto brusco/ de hogar y calentura/ si tú eres ha del fuego”?. Y el amor es su brasa. Diríamos que el poeta es otro hogar: su corazón, su amor, es la brasa en el otoño de su cuerpo, como “El árbol se derrite, la hojarasca/ vuela...”
Es ésta una poesía que busca certezas elementales, esenciales: emociones primeras, anteriores a la elaboración del matiz, irrenunciables, porque sin ellas la vida del hombre es imposible; primeras, porque no constituyen un lujo, porque son los arquetipos de la emoción, los pocos moldes mínimos sobre los que se funda la prolija vida emocional del ser humano. Lo dicho anteriormente se apoya en un vocabulario que nombra realidades de vida elemental: hogar, pan, levadura, brasa, piedra, pizarra, etcétera.
He aquí un libro hermoso, en el que su autor, con personalísima voz, logra plenamente su objetivo, y del que cabe destacar como méritos más sobresalientes su autenticidad y sencillez.



DEL DOLOR DE LA MUERTE.
PRÓLOGO DEL AUTOR, FINALMENTE NO INCLUIDO EN EL LIBRO.


La relativización, la temperancia, el desapego... son algunas cosas que, a cambio de juventud, nos van dando los años. Desde ellas, y llegado el momento, se puede razonar el dolor de la muerte, aceptando con serenidad que nada es del todo.
Desde ese punto de vista, la muerte va del quebranto a la consunción, moderándose, escalonándose, soltando gravedad y sombra. De este modo podemos entenderla, pues la verticalidad, que es desgarro y precipicio, se va volviendo declive, que es ya sólo pesadumbre y distancia. Es decir, el sentimiento (amor-dolor), trasciende la exclusividad y se desbrava pero al mismo tiempo se expande y se universaliza. Ya no se ama a un ser, sino a una vida. Ya no duele un ser, sino una vida. Y la vida es el curso de los años, de las cosas: el espacio y el tiempo.
Yo creo, además, que el dolor de la muerte es el desbordamiento, más o menos incontrolado, de la capacidad amorosa, y un amor de lustros jamás se desborda totalmente porque tiene mucho de arraigo y de poso: hogar, familia, paisaje, paisanaje... De ahí la racionalidad del dolor y de ahí también la panteización de la muerte, si así puede decirse; pues si bien es cierto que nada muere del todo, también es verdad que todo muere algo o, al menos, que todo es afectado algo de muerte.
En cualquier caso, el concreto dolor que ha dado origen a este libro, devenido de una muerte concreta, se ha transformado en una lluvia ancha que cae del amor y va hacia el amor, que mana de la tierra y va hacia la tierra. Espero que en ella fructifique porque es ahí, abundando en el barro, sobre el lomo gozoso del paisaje, donde ha volcado sus bayas la memoria.

Mariano Estrada Vázquez
5-6-95





 

De fondo suena la canción Turbular Bells de Mike Oldfield, si te gusta descargala AQUI 

 
     


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