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LAS
PATRIAS DE DULCINEA 1.-
EXPOSICIÓN Salvando
a su devoto irreductible y sempiterno, que la puso en las alturas y la
llamó continuamente sin par, aunque enemiga -y en tal concepto la tuvo
hasta su muerte-, la figura
de Dulcinea no ha avivado fuegos significativos
ni desatado pasiones de relieve entre las huestes lectoras de El
Quijote, por más que ahora tenga una casa-museo en El Toboso.
Naturalmente, el responsable de esta evidencia rigorosa, como diría
Ortega, es don Miguel de
Cervantes, maestro universal, cautivo
insigne, guerrero sin ventura y recaudador nada preclaro de la gloriosa
Armada Invencible, que quiso que así fuera para redondear sus propósitos Y
es que en este incómodo personaje, tan poco incitador en lo que toca a
emanaciones de calentura y, por ello, tan poco celebrado, como digo, por
la comunidad de lectores de esta ingente obra, Cervantes marcó dos
componentes completamente antagónicos: la realidad y la idea. Y
efectivamente, la realidad era simple y rudimentaria, algo cutre y
francamente hombruna, con fuerte olor a emplastos de un estiércol líquido,
cuando no a sobaquillo sin podar y trasudado. Ya el nombre era anticipo de
una ausencia grave de feminidad: Aldonza Lorenzo. Y si el nombre es
arquetipo de la cosa, como dice Platón en el Cratilo ¿qué más cabe añadir
en este asunto? Por
el contrario, la idea era sublime y femenina... Y aquí sí, aquí
era dulce de nombre, como las flores anteriores a Baudelaire, como
la rosa inasequible que hubiera dibujado Platón y deseó Romeo y puso
sobre el resto de las cosas el Caballero más triste de figura
que ha existido en el mundo, y acaso el más optimista y soñador: "¿Bardas
de corral se te antojaron aquéllas, Sancho...? "
"...
Anda, hijo, y no te turbes cuando te vieres ante la luz del sol de
hermosura que vas a buscar". Ni
que decir tiene que las gruesas ahechaduras de la realidad han tapado el
sutilísimo grano de la idea, tal vez porque la idea se encerraba en un
personaje no del todo cabal y
sí muy majadero y muy loco, a quien todo el mundo ha admirado alguna vez,
seguramente, de quien todo
dios se ha reído a borbotones, como ríen las fuentes de los parques,
pero al que nadie ha tomado jamás como modelo Tengo
que decir que no es ésta la primera vez que me ha tentado el personaje de
Dulcinea. Pero ha sido ahora, cuando he visto de cerca uno de los
trasplantes territoriales ¿o debo decir usurpaciones?, que de tiempo en
tiempo se pretenden hacer de la obra más gloriosa de este Ilustre Manco
en base a una partida de nacimiento insuficientemente documentada, cuando
me he sentido seriamente atraído por su suerte: una suerte que,
arrinconada en la humildad, va del desamparo al olvido... Bien, me dije,
Cervantes nació en este lugar, que todo puede ser, y El Quijote se
desarrolla en este otro, lo que ya es un punto difícil, pero ¿qué
ocurre entonces con Dulcinea? Porque nadie se hace cargo de esta buena
mujer; simplemente se obvia y...¡santas pascuas!. Así que con la misma
legitimidad con la que ciertos sedicentes estudiosos de El Quijote van
haciendo manchas interesadas e
inconcebibles para ubicar sus aventuras, si bien con muy distinto
procedimiento, yo he seguido el rastro de aquélla ausente enemiga,
Dulcinea, como un tozudo perro de caza. Menos mal que tengo fino el
olfato; y aún teniéndolo, ya verán ustedes las vueltas que he tenido
que dar y los acasos y salvedades que en el camino han encontrado acomodos
o certeza. 2.-
RASTREO Y DESENLACE Tras
el ingenioso descubrimiento -hecho por el Sr. Leandro Rodríguez y editado
por el Patronato de Turismo de la Diputación de Zamora-, de que Cervantes
era un judío sanabrés y de que La Mancha, en puridad,
fue un recurso obligado en el desarrollo de El Quijote, es decir,
una ocultación que se justificaría en el pavor a las
persecuciones, siendo las comarcas de
Sanabria-Carballeda los territorios tristemente encubiertos, se
abren muchas dudas sobre el
origen territorial de la sin par Dulcinea, a quien tradicionalmente se
ubica en el manchego lugar de El
Toboso. Dudas
de esta índole: ¿a qué pueblo iba Sancho por mandato de su señor, y al
que acaso llegó por encantamiento, para dejar en las manos de una ingrata
íntima lo que al fin era carta memoriosa? ¿A qué bardas se asomó para
tomar en merecida recompensa un mendrugo de pan con queso bienoliente, que
no fueran recuerdos de castillo con manteo a discreción
para su altísima deshonra? ¿Qué lugar visitó con don Quijote la
noche oscura del alma en que, por ser de boca de lobo, quedó prefigurada
sin remedio la lotería de los ciegos? ¿Con qué iglesia topó tan
desnortada pareja dicha noche mística, es decir, la víspera de la
visitación del Caballero a su exteriorizada
pesadumbre, que finalmente ocurrió ante los ojos de un borrico común en
un camino de grijas y herradura? Estas cosas simples, y otras de una
enjundia más alta y provechosa, son dudas razonables que, desubicado el
Quijote de los anchos territorios de La Mancha por los que solía llevar
sus correrías, acaecimientos
y desventuras, se me ofrecen a mí, lector empedernido de esta inmensa
obra y nada desquiciado en las cuestiones de razón que a mi razón se
hacen. ¿Qué pueblo de qué lugar perdido del perdido Imperio de España
que no se llame El Toboso ha ocultado Cervantes a la posteridad en el
glorioso alumbramiento de tan ilustre personaje de su novela? Mis
particulares conocimientos sobre el asunto, derivados de la concatenación
de muy diversos azares -que van del tropezón a la fenomenología-, y,
especialmente, de un fogonazo de luz sobrenatural en la que suelen
envolverse las revelaciones, me permiten afirmar que la tal Aldonza
Lorenzo (hoy lo sé, tortura
hermosa, pues hasta ayer te creía coetánea, y, desde luego, mucho más
joven que yo), fué realmente una humilde ciudadana de El Toboso que, tras
su paso por Sanabria-Carballeda, del cual tienen noticia los lobos que
encumbraron a Caperucita, y de su posterior brinco a Mallorca (en un bajel
pirata ganado a los despojos de la Armada Invencible), recaló en el
pueblo de Tárbena, Alicante (afamado por su repoblación insular), reubicándose
después en una urbanización de Alfaz del Pí, llamada El Cautivador,
donde actualmente reside tras numerosas y siempre bienhadadas
reencarnaciones. Contrariamente
a su fama, es persona de acendrada sensibilidad, modales refinados, gráciles
maneras y altísimo bagaje cultural,
que responde al nombre de Dulce, como Lamiel.
De hecho, yo la conocí por Sthendal, autor a quien leía aquella
mañana venturosa, al socaire de un almendro de luminosidad esplendente y
abrasiva. La ví una vez, tan
sólo. Fue un momento de júbilo que, asentado en los aromas de una
incipiente primavera, derivó en tres meses largos de conversaciones
a distancia porque,
como puedo asegurar, tiene el don inefable de la palabra, un móvil
continuamente abierto y un marido bronco que imposibilita con sus celos
las comunicaciones de cercanías. También atiende por Rama, por Ónice,
por Caparrosa, por Mohín, por Oropéndola... Y
pregunto yo, tocado por la luz de esta alborada, ¿cómo una chica
corriente, por muy esplendorosa que fuera, iba a provocar en mí un
arrobamiento tan místico, al tiempo que tan largo y tan profundo, a no
ser por argucia de prestidigitador, encantamiento de bruja o artimaña del
tipo Dorian Gray? Con
precauciones que alcanzan la minucia, y que luego se mostraron
innecesarias, he vuelto a la
urbanización El Cautivador. La casa está en venta. Los vecinos afirman
que en el vehículo donde transportaron los muebles figuraba el nombre de
Clavileño. ¿Habrá volado a los pagos de Villajoyosa, donde una mora
excelsa y un encantador chocolatero envuelven la ciudad con musicales
redes? Tal vez, valor le sobra y, a falta de mayores alegrías, probado
está que el chocolate es dulce, como Irma, como Chacón, como María
Loinaz... Por
otra parte, de fuentes no del todo informales me han llegado noticias de
la posibilidad de que, buscando las raices, haya regresado finalmente a El
Toboso. Se alojaría, según éstas, en las inmediaciones de la que fuera
en tiempos su casa - ahora destinada a la exhibición de reliquias-, en
otra de manteles relucientes y olla no de vaca, sino de apretado y
primoroso carnero, huésped de postín, teatro los domingos, calefacción
a mansalva y dueña asaz tempestuosa, huracanada,
revestida de fuego y aventura... Allí se dan la mano, para su
bien, los hábitos adquiridos en lugares de variopinta residencia
-preminentemente turística-, en los que hubo forzosamente de
residir , y su antigua adhesión a lo rural, arrancada de repente por la
urgencia de la emigración y amagada en sus adentros a la espera de una
jubilación venturosa. De
aquel fugaz encuentro, que para mí sigue siendo luminoso e inmarcesible,
así como de nuestra relación telefónica, da razón una carta de
clasificación disponible que, amén de ser real, es cándida y honesta.
Claro que fue escrita mucho antes del ingenioso descubrimiento del Sr.
Leandro Rodríguez, antes del azar y de la revelación... Antes, por
consiguiente, del íntimo convencimiento de que yo no era polvo enamorado,
iluso e inservible, sino el alma atribulada e imperecedera de un lector de
libros de caballerías.
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