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LAS CAUSAS DEL ODIO

 

  El ataque terrorista contra los símbolos del Imperio Americano es un acto de justificación imposible y de no menos imposible comprensión para una mente humana en estado normal de lucidez. Ahora bien, pasados los primeros impactos sobre la inteligencia y diluido el dramatismo de los hechos en el abrumador recordatorio de las pantallas de televisión, -lo que indudablemente los banaliza, rebajando la tensión del espíritu-, no hay otro remedio que llegar a la reflexión sobre los mismos.

  Reflexión que, naturalmente, no se agota en los propios acontecimientos, por más que sean dantescos y acaparadores,  sino que trata de indagar en las causas y de aproximarse en lo posible a las consecuencias. Pues bien, toda vez que los hechos han sido universalmente analizados y que las consecuencias incluyen el análisis pero también el futurismo y la especulación,  a mí me gustaría centrarme en las causas, que es de lo que huye tercamente el ordenado pensamiento occidental, hechas las necesarias salvedades, que por fortuna son muchas.

  Pero no piensen ustedes que voy a enumerar los desmanes cometidos por Occidente sobre el llamado Tercer Mudo en nombre de un genérico orden o de un vago progreso, porque son exactamente infinitos. Ni siquiera voy a nombrar los cuatro o cinco más gordos, ya que otros se han encargado de hacerlo hasta la saciedad. Ni que decir tiene que todos ellos son hechos que se suman y se convierten en causas que se suman. Pero acaso no hubieran salido nunca a la luz de forma tan brutal si el acoso a la dignidad de las personas, o, lo que es lo mismo, su absoluta denigración y su total abocamiento a la miseria, no se hubiera dado a la vez en una gran parte del mundo a través de ese  proceso apabullante que hemos dado en llamar globalización. Hasta tal punto es así que el referido proceso no sólo sojuzga a esa amplísima porción del género humano a la que estamos aludiendo, sino que convierte a los propios occidentales en súbditos,  recortando drásticamente sus bien ganadas conquistas: los derechos individuales y la libertad.

  Y es que las grandes empresas privadas, devenidas desde hace algunos años en pantagruélicas multinacionales, están convirtiendo a Occidente -si no lo han hecho ya- en una colosal dictadura económica. ¿O no se han dado ustedes cuenta de que en las relaciones laborales de estas empresas no hay una pizca de humanidad? ¿No se han percatado aún de que utilizan el puesto de trabajo como instrumento de sumisión y de amenaza?  ¿No ven sobre nuestras cabezas esa gran espada de Damocles? Y ya no es aquello de que quien se mueva no sale en la foto, sino que pierde directamente el empleo y, con el empleo, las esperanzas de mejora y de futuro. ¿No es esto un ataque a la dignidad de las personas? ¿Y no lo ven así los políticos? ¿No lo ven los votantes? ¿No ven que el poder del dinero, depositado en esas entidades sin sentimientos y sin escrúpulos (1), somete también a los Estados con su legalidad y sus instituciones? ¿Hay alguien que crea seriamente que el hombre que más manda en el mundo, el Sr. George Bush Jr.,  manda algo con independencia de los poderes que le han llevado a la Presidencia de los Estados Unidos?  Y si rebajamos la escala, ¿qué poder tiene  Aznar, por ejemplo,  frente al ancho concierto de las multinacionales? Digo Aznar por decir algo cercano y comprensible.

  Y, claro, si la mencionada dictadura afecta de este modo a las personas del Primer Mundo, donde la pérdida del trabajo tiene determinados amortiguadores y la libertad tiene otras zonas de libre manifestación, ¿hasta qué punto afectará a las de esos vastos lugares en los que, además de grandes masas de población, sólo hay tiempo infinito, desencanto irreparable y perentoria necesidad? ¿Hasta qué punto les afecta si, además del esquilmo y la alevosa explotación de sus riquezas naturales, tienen sobre ellos la dictadura política y religiosa de su propio país y la dictadura económica de un mercado axfisiante y globalizado que cercena cualquier tipo de sueño  y deja ver los campos intransitables de una miseria perpetua? Y, por supuesto, con la condena añadida de contemplar el señuelo de  los escaparates occidentales que les muestra constantemente la televisión. ¿Qué salida les queda sino el odio? ¿Qué horizonte sino ese premio macabro de morir asesinando que les ofrece la religión, es decir, la Guerra Santa con la que esperan caer en  los brazos de las huríes, tan hermosos como dulces y acogedores y dotados de eternidad y consuelo?

     El terrorista Bin Laden es un individuo peligroso y esencialmente inhumano. Los talibanes, antes del apoyo a Bin Laden, ya eran terroristas del cuerpo y del espíritu, habiéndose hecho  merecedores de vivir en carne propia los castigos a los que están sometiendo a sus mujeres. Los dictadores y los comecocos religiosos son absolutamente deplorables y deben ser depuestos. Occidente es culpable de muy obscenas prácticas políticas, de muy cuantiosos crímenes y de la existencia en el mundo de numerosas dictaduras, entre ellas, la más ancha de todas y la que muy posiblemente -junto con ciertas llagas actualmente sangrantes-, haya encendido la mecha de los últimos acontecimientos: la dictadura económica conocida por el nombre de globalización.

     Empeñarse en no reconocer los errores es seguir profundizando las heridas, y ello sólo puede llevarnos a unos mayores enconos y encarnizamientos, a un mayor salvajismo y, desde luego, a mucha más muerte. Occidente tiene el poder y el dinero. La razón, en cambio, aparece más repartida. Hay que dar marcha atrás, tomar el rumbo correcto y fijar la velocidad adecuada para que pueden subir al tren del progreso todos los paises del mundo. Obviamente, ese tren va a llegar mucho más tarde a su destino, pero... ¿qué importa el cuándo, si no sabemos adónde ni por qué?

 

1.- Sin sentimientos y sin escrúpulos quiere decir que, detrás de la superficie aséptica de estas empresas, puede existir una maraña de tráficos ilegales: de influencias, de drogas, de armamento... Es decir, los mismos métodos de los que se vale el terrorismo para su financiación. Siendo esto así, ¿qué esperanza tenemos de que vayan a destruirse esos tejidos perniciosos en los que hay intereses coincidentes y aun comunes? ¿Qué hay de esos terroristas legales que, desde sus respetables sillones, asesinan mediante intrincadas redes de intermediarios? ¿O los asesinatos de guante blanco tienen un plus de bonificación? ¿No? ¿Por qué no se acaba entonces  con los paraísos fiscales y con el blanqueo de dinero?

 

Mariano Estrada, 13-10-2001

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