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LA LIGA

  De la última vez que ganó la Liga el Madrid, lo que más me llamó la atención fue un comentario lateral de Ángel Cappa, sobre el que entonces hice un análisis que sigue siendo vigente. Lo que cambian son los nombres, y no todos. Porque copa más o menos, las cosas siguen siendo las mismas...

Le oí decir a Ángel Cappa, entrenador que comparte con Valdano la argentinidad, la parsimonia y la virtud de darle al fútbol un tinte de racionalismo,  que después de haber ganado La Liga con el Madrid, su más inmediato sentimiento había sido el vacío, lo cuál le llevaba a la falacia -es decir, a la mentira-, de un Campeonato que se alimenta de estrellas,  que arrastra multitudes, llena innúmeras bocas, mueve ingentes dineros y se derrama en  caudalosos ríos de tinta. ¿Y ahora qué? -dijo que se había preguntado-, ignorando que la trascendencia es un concepto filosófico y que la filosofía, aplicada a un balón, no da para muchos regates, y menos como los de Ronaldo o Raúl, limitándose hasta ahora al famoso miedo escénico exhumado por el otrora entrenador del Tenerife y del Madrid y hoy infausto entrenador del Valencia.

Amigo Cappa: detrás de la victoria hay una inmediata y rudimentaria satisfacción, un símbolo en el que ésta se proyecta y un baño de multitudes en una plaza emblemática, que puede ser con fuente o sin fuente, así como con santo o con diosa; en todo caso, un baño de alegrías donde se vierten los ahogos cotidianos y las rutinarias  insatisfacciones y penalidades. Porque, desde un punto de vista social,  el fútbol es un transformador de desencantos, un depurador de neurastenias y, salvo casos muy extremos, si no un mitigador de las fobias sí al menos un aglutinante de las filias.  Ello, con independencia del impresionante negocio que lo dirige, e incluso con independencia del arte con el que de vez en cuando se manifiesta. ¿Le parece a usted poco?

Y sin desdecirme de lo dicho, digo algo más: yo no creo que el fútbol sea sucedáneo de nada. Es un simple juego a cuyos flecos se pegan  intereses,  querencias,  pasiones y  voluntades. Cierto que algunas de esas cosas a veces se pegan demasiado. Digamos que es un juego con profundo arraigo social, con proyección y trastienda. Una gran proyección, eso sí, y una enorme trastienda. Lástima que la poesía no tenga tantos adeptos. No obstante, poeta y futbolero, yo me siento a gusto con la práctica de estas dos manifestaciones. Por edad, en el fútbol activo ya no fundo mayores  esperanzas, aunque hago evocadores pinitos. Del pasivo, reclamo la genialidad, que está cerca al arte. La poesía, por suerte, me permite ir haciendo regates a la obstrucción machacona de la vida y a la imperiosidad del  trabajo. Ayuno de esos momentos, ¿qué iba a hacer con el ocio? Yo, que tengo evidentes debilidades culturales,  no soy ningún aguafiestas para cargar contra el fútbol, ni tampoco un desganado vital para proponer, a cambio, interminables velatorios pseudointelectuales en los que, como dijo un compatriota de Cappa, llamado Borges, el mate compartido mide horas vanas. Cada cosa a su tiempo y en su sitio. Me inclino a la cultura tanto como huyo del plástico.

Así, pues, felicidades al Real Madrid, que no sólo ha ganado la Liga, sino también el derecho a trascenderla en busca de unas metas más altas. ¿Entiende usted, Ángel albertiano-filosófico, que más allá de la Liga no sólo no hay vacío, sino  una abierta y atrayente gloria, y que gloria significa eternidad?

Mariano Estrada, 15-06-97

 

 
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