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Son tiempos de los que ahora ya me río porque acumulan vejeces de
dos años, pero tuvieron su punto de dificultad. Y sí, los libros
los tenía en el garaje, almacenados en cajas y esperando su período
de renacimiento. Después vendrían penas mayores, por supuesto,
incluso alguna grave. Pero en fin, aquí estamos, con las heridas
restañadas o a un paso de restañar. Y con libros, para que los
ojos reposen en las hojas, que es lo suyo. Por cierto, aún son
muchos oros los que no relucen, como es el asfalto de la calle,
hundido en los vaivenes de una gruesa malicia. Y el cartero, que
siempre llama dos veces, pero al mes. Y el agua, que tiene su cadáver
en el depósito. Y la basura, que derrama sus aromas a
mortandad sobre los amplios de un cubo solitario. Pero a nosotros
nos gusta esa solera indescriptible que, con el paso de los días,
adquieren sus íntimos fermentos. Y pagamos el IBI con fruición
porque sabemos que la casa se nos va a llenar de juguetes...
Para Alfonso Serrano Puig, amigo con garantía de calidad. Desde una
admiración antigua, pero siempre nueva.
Tras
veinte largos años de ejercicio profesional, en realidad
veinticinco, he acopiado
el peculio que forzosamente se ha pegado a mi vida y, después de añadirle
un sustantivo estrambote hipotecario, lo he echado en materiales de
construcción con los que he levantado una casa en el Montiboli, una
hermosa casa modelada por la luz, el mar, la arquitectura de Alfonso
Serrano, el oficio de Fernando Fernández, el gusto de mi mujer, la
complacencia de mis hijos y las flores de Omar, el jardinero. Una
cumplida aspiración que, por ser materia, se ve, como se ve desde
ella el Paraíso y las lontananzas de un mar que en el Este
interrumpe Sierra Helada, en el Oeste Las Huertas y Santa Pola y allá
en el frente Estambul, un Estambul imaginario por donde asoman los
vientos de la insatisfacción, las tentaciones uránicas de la
aventura, los profusos contubernios con las Nereidas y la
inmortalizada isla de Ulises, más allá de Tabarca y de los
cementerios marinos, más allá de El Caribe, de la sensualidad de
los trópicos y del hechizo mágico de los ritmos y las
convulsiones...
Pero
ésa es otra casa, de sueño más quebradizo y quevediano, de
arquitectura más quijotesca y de más egregia jardinería. Ésa es
la casa de papel y de palabras, la de tiempo suspirado y gratamente
perdido, la casa-intimidad, la casa-gozo, la eterna casa supeditada
que ahora duerme la noche de las cajas, que es oscura, de los sótanos
larvados, de la resignación y del garaje.
Con
la familia complacida, aunque ya en parte desperdigada por mor de la
universidad, yo habito la casa del Montiboli, que es la que tiene
piscina y calefacción. La otra, con sus limitaciones
desencadenadas, sus bártulos en el trastero y sus retazos de fiebre
y de grandeza, ésa, digo, me habita ella a mí, como un
espermatozoide a su óvulo. Y yo soy todo suyo en los momentos de
conspiración y contubernio. Y ella es una fuente elemental, un agua
limpia para lavar los sudores de la obligación, a veces
descorazonadores y mortificantes. Ésa es la casa relegada que, por
no tener, no tiene ni siquiera estanterías, si bien se debe a
razones variopintas que incluyen incluso el desgraciado infortunio
del carpintero. Otra casa tengo, en parte comparable
a esta última, que es depositaria de mi felicidad más
antigua y que atiende apenas mi hermana... Es la casa de Muelas, de
la que me ha separado la vida en un prolongado desgarro.
Ahora
habito esta casa del Montiboli, bajo cuya blancura mediterránea no
se hielan nunca los pies, según me ha dicho una flor que con el frío
se deshoja. En bautizo no celebrado, le hemos puesto Aguas Blancas,
condensando en este nombre algunas destacadas evidencias y algún
recuerdo difuso de los montes carballeses, donde tengo esa otra casa
desatendida por la que entronco de nuevo con las querencias por las
que, cogida ya la linde, vuelvo a
la que emana de esos libros encajonados que mendigan no ya
una vida propiamente literaria sino un sencillo anaquel.
Mis
amigos conocen esta casa nueva del Montiboli que reclama, dicen, una
literatura equivalente; más aún, en la que ven imposible que no me
ponga a escribir y en la que sería incomprensible, quizás quieran
decir imperdonable, una
literatura ramplona o de un desagradable medio pelo. Sobre todo se
refieren a las vistas, ésas por las que alcanzo el horizonte más
lontano y la más lejana utopía para darme cuenta después, casi
siempre a la hora de la comida, de que se me han olvidado las
alforjas en la parte más baja de la obligación que, por ser la más
próxima a la tierra, es la que tiene más lastres en el sueño.
Mariano, me digo, ese ninfa que te ocupa la mirada es de plectro
numinoso, pero te espera el castigo del trabajo por el que has de
ganar el pan con el sudor de tu frente, castigo que ahora se llama
bendición para contraponerlo a miseria: tal es el
ácido atributo que supuran los abarrotes humanos que no han
subido a algún tren, ya se trate de un Ave, de un Talgo o del
famoso Correo de La Habana, más lejano en el tiempo. ¿No es
verdad, en suma, que todos los caminos conducen a esa Roma
insufrible en la que antes caían los imperios y ahora se cortan a
cercén las ilusiones? Reconozco, sin embargo, que esta vía romana
metaforizada no ha sido estrecha conmigo ni se me han interpuesto en
sus barandas dicotomías como Escilas y Caribdis, sino que entre
Pintos desconsolados y Valdemoros alegres, he encontrado siempre un
determinado equilibrio que, según ahora caigo, debe ser el que
llaman inestable, como el que cabe suponer para atribuir al Diablo
Cojuelo.
La
verdad es que debiera estar satisfecho debajo de esta enorme cúpula
decorativa de la que nunca va a salir un muhecín o detrás de estas
lamas minuciosas que, aunque sólo sea por el género, nada tienen
que ver con el Tíbet. Pero no lo estoy del todo, porque en los
pocos resquicios de mi abundante trabajo, mi frente no se conforma
con las flores del jardín ni los sopores que difunde la televisión.
Y a pesar de lo dicho anteriormente, tampoco con estar en las
ventanas por las que huye la vista hacia los cálidos mares del sur,
que ya cantó Montalbán. Mi frente busca esos huecos
que dan al patio interior, no aquel declive de Borges por el
que se derrama el cielo en la casa, sino el que mira las
profundidades humanas donde aún no ha entrado la luz ni entrará
jamás Iberdrola. No sé si diluiré las apariencias de pedantería
declarando que cuando escribo seriamente miro siempre hacia adentro,
incluso si describo una casa como ésta, tan exterior, tan expuesta
a la inclemencia y a la luz y a la larga vista del mar y de los pájaros.
Montiboli-3-1-99
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