No es que de repente se
me cayera el armazón difuso de la fe, que en mi caso es de una
crasa terquedad y de un renacimiento continuado, es que me propuse
reflejarlo como si de verdad se me hubiera caído. Porque, eso sí,
una cosa es la fe y otra la ingenuidad, y la ingenuidad en mi caso
es una dama mimada y consentida, casi una licencia poética.
Lo
que pasa es que el mensaje no es del todo creíble, debido a ese
trasfondo de humor que viene a darle al Estado una virtud humana y
al vecino una existencia de configuración expresamente
voluntariosa. Todo un logro, creo, porque dice exactamentelo que quiere decir.
LA
CAMISA
Mi
pobre corazón está doblado
de amar y amar y amar sin resultado.
Ingenuamente,
creía en el amor y en el tocino,
creía en las mujeres y en el vino,
creía en el jilguero y el venado...
¿Hay
alguien más decente?
Lo que he tragado.
Llegué a creer incluso en el vecino.
Pensaba que era amable hasta el Estado...
Ahora,
de repente,
rozando el ecuador de mi camino,
me he vuelto negador y descreyente.
¿Qué pasa, qué ha pasado?
Sencillamente:
el árbol de la ciencia se ha secado,
la fruta es engañosa y aparente,
murió la tentación, murió el pecado.
Nos queda una camisa de serpiente.