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Hojas lentas de otoño

   La relativización, la temperancia, el desapego... son algunas cosas que, a cambio de juventud, nos van dando los años. Desde ellas, y llegado el momento, se puede razonar el dolor de la muerte, aceptando con serenidad que nada es del todo.
   Desde ese punto de vista, la muerte va del quebranto a la consunción, moderándose, escalonándose, soltando gravedad y sombra. De este modo podemos entenderla, pues la verticalidad, que es desgarro y precipicio, se va volviendo declive, que es ya sólo pesadumbre y distancia. Es decir, el sentimiento amor-dolor trasciende la exclusividad y se desbrava pero al mismo tiempo se expande y se universaliza. Ya no se ama a un ser, sino a una vida. Ya no duele un ser, sino una vida. Y la vida es el curso de los años, de las cosas: el espacio y el tiempo.
   Yo creo, además, que el dolor de la muerte es el desbordamiento, más o menos incontrolado, de la capacidad amorosa, y un amor de lustros jamás se desborda totalmente porque tiene mucho de arraigo y de poso: hogar, familia, paisaje, paisanaje... De ahí la racionalidad del dolor y de ahí también la panteización de la muerte, si así puede decirse; pues si bien es cierto que nada muere del todo, también es verdad que todo muere algo o, al menos, que todo es afectado algo de muerte.
   En cualquier caso, el concreto dolor que ha dado origen a este libro,
devenido de una muerte concreta, se ha transformado en una lluvia ancha que cae del amor y va hacia el amor, que mana de la tierra y va hacia la tierra. Espero que en ella fructifique porque es ahí, abundando en el barro, sobre el lomo gozoso del paisaje, donde ha volcado sus bayas la memoria.

CRÍTICA DEL LIBRO “HOJAS LENTAS DE OTOÑO” REALIZADA POR JAIME MAS FERRER, PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE.

DIARIO INFORMACIÓN DE ALICANTE
Sección: ARTE Y LETRAS
Jueves, 2 de abril de 1998


- POESÍA

El hogar y la lumbre

“Hojas lentas de otoño” arranca de una dolorosa experiencia personal

Mariano Estrada. “Hojas lentas de otoño”. Premio internacional de poesía “Ciudad de Torrevieja”. Alicante. Editorial Aguaclara.

JAIME MAS FERRER

La andadura poética de M. Estrada se inicia en 1984 con el poemario “Mitad de amor, dos cuartos de querencias”. Desde entonces y hasta diciembre de 1997, fecha de publicación de “Hojas lentas de otoño”, nos ha ido ofreciendo en sucesivas entregas: “El cielo se hizo de amor” (1986), Tierra conmovida” (1987), Vientos de soledad” (inédito), “Trozos de cazuela compartida” (1991), “Azumbres de la noche” (1993) y “Desde la flor del almendro” (1996). En esa ya extensa producción bibliográfica, el autor nos ofrece una visión de su mundo interior, de sus creencias y sentires, con una voz y palabra que paulatinamente y paso a paso se irán decantando y desprendiendo de retórica y adherencias literarias al tiempo que adquieren un tono auténtico y muy personal. “Hojas lentas de otoño” es el fruto sazonado de todo lo anterior, de él emerge una voz que verso a verso nos ofrece una poesía esencial, intimista, sustantiva, sencilla; poesía en la que importa más la autenticidad e intensidad del sentimiento que el oficio de orfebre.
El orfebre que reseñamos arranca de un hecho concreto: una reciente y dolorosa experiencia personal: “fluye de lumbres recordadas/ un sahumerio de amor, un vaho/ dulce que brota en la ceniza.../... Es ausencia de madre”. El dolor por una muerte lleva a su autor a realizar una reflexión que trasciende ampliamente el hecho concreto. Pero esto, con ser exacto, es insuficiente, pues lo que hace al poemario creíble y emocionante no es el trasfondo del asunto, sino la experiencia estética lograda mediante la decantación de esa historia en la forma la “palabra” y la sabia elección de versos heptasílabos (el mismo título es paradigmático) en un acompasado ritmo con acentuación en la sexta sílaba.
El autor se sitúa en el punto en que “Mis recuerdos de amor/ regresan a este otoño donde/ rompen las olas de la vida”. Momento desde el cual todo tiende al llanto. Con pulso contenido, el poeta reflexiona sobre el dolor de la muerte: “¿Por qué abonar los tallos del dolor/ si la caída de las hojas/ es el sino genético del árbol”, y acepta con serenidad que nada desaparece del todo, al igual que todo está impregnado de muerte. De esa premisa surge un sentimiento contradictorio: dolor-amor, muerte-vida recuperada por el recuerdo que revierte y se extiende en el paisaje, paisanaje, infancia, niñez simbolizada en el roble, etcétera: “Me refugio en las íntimas/ estancias del amor/ -donde persiste la memoria-/ y opongo a esta humedad/ las llamaradas de la leña”. Es la misma contraposición entre el mármol, elemento negador de vida, y el árbol, la leña, la lumbre, como recuerdo más en positivo; puesto que no se recuerda lo efímero, sino lo que permanece, y esto supone una negación de la memoria como algo estático, mientras que lo que se pretende vivificar es la asunción del pasado como algo propio de la vida: “Ahí, en ese humilde tronco/ donde ya ningún hacha se detiene/ yo he injertado la luz de la pupila/ Y me siento mejor/ porque te alumbro y amo”.
El fuego que corresponde a su poesía es el del hogar palpitante (los tizones crepitando y calentando a lo más próximo), rodeado de noche y de frío, y él es la sola brasa, consciente de que se extingue y será la próxima en apagarse: “¿Por qué ese rapto brusco/ de hogar y calentura/ si tú eres ha del fuego”?. Y el amor es su brasa. Diríamos que el poeta es otro hogar: su corazón, su amor, es la brasa en el otoño de su cuerpo, como “El árbol se derrite, la hojarasca/ vuela...”
Es ésta una poesía que busca certezas elementales, esenciales: emociones primeras, anteriores a la elaboración del matiz, irrenunciables, porque sin ellas la vida del hombre es imposible; primeras, porque no constituyen un lujo, porque son los arquetipos de la emoción, los pocos moldes mínimos sobre los que se funda la prolija vida emocional del ser humano. Lo dicho anteriormente se apoya en un vocabulario que nombra realidades de vida elemental: hogar, pan, levadura, brasa, piedra, pizarra, etcétera.
He aquí un libro hermoso, en el que su autor, con personalísima voz, logra plenamente su objetivo, y del que cabe destacar como méritos más sobresalientes su autenticidad y sencillez.


 

MEMENTOS

 Los altos cirios, 
las coronas nimbadas de los ángeles,  
las músicas de Bach y Palestrina,
los trémulos solozos, la oración,  
el negro catafalco...

 Van cayendo las hojas
sobre el barro vencido del crepúsculo,
en tanto que el dolor,
entrecortado y lento,
responde a un interludio de campanas
gravitadas en muerte.

Los mementos se agolpan en los labios
callados de la piedra, y en el polvo
desnudo de esta carne última
que huye de la luz
por torrenteras de ceniza.

El grillo de las hojas adelgaza
los cantos gregorianos
y el hisopo rocía los barnices
asépticos que cubren la memoria...

Confines del otoño. "Requiem
 aeternam dona eis, Domine".
La cruz, el mármol, los inciensos...
Misereres de amor, sobrepellices
de cera derretida, llantos, penas,
crisantemos de luz y de granito...

Como gotas de paz,
como estertores ácidos de lluvia,
van cayendo las hojas del dolor,
las de la savia interferida,
las que miran el barro desde un
velo de luz desesperada.

NATURALEZA

 ¿Por dónde he de cruzar
este arenal de sombras, este
duro carámbano de lirios?

¿Y cómo alcanzaré la plenitud
para vaciar los odres
penosos de las malvas?

No sé..., la casa es un dolor
de soledad y piedra.
Azota el vendaval, las hojas
caen, los árboles se inclinan,
el invierno cabalga por los fríos
con sus potros de nieve...

Y yo, ¿qué azote sufro
que huele a oscuridad y a crisantemo?
¿Tendré que recluirme ahora
en esta flor de llanto, en esta
clonación íntima de ruinas?

¿POR QUÉ?

  ¿Por qué te cubre el llanto, sol,
desalentada tierra o
barro mustio de otoño?

 ¿Por qué se va la tarde en este
denso rebujo de tristezas,
este labio de amargas comisuras?

¿Por qué abonar los tallos del dolor
si la caída de las hojas
es el sino genético del árbol?

¡Oh conciencia rasgada, sombra o nube!
¿No era tuya esa voz
que traspasó la duda?
¿Por qué ignoras, entonces, la respuesta?

 

 

 

 
     


Paisajes Literarios. La Web de Mariano Estrada.
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