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Básicamente,
mi postura en relación con el
dinero no ha cambiado en los treinta y tantos últimos años:
útil, pero no esencial; necesario, pero no omnipotente. Lo que
ocurre es que la sociedad de nuestros días, superando con creces
a la de los tiempos del Poderoso
caballero quevediano, tiene
al respecto posiciones muy contrarias a la que acabo de exponer. Y,
claro, yo soy una de esas raras aves que, mira tú por donde,
quieren un espacio de libertad, con árboles, con aguas cristalinas,
con lontananzas azules; un espacio donde el hombre pueda vivir sin
opresión, sin miedo, sin angustia; un espacio en el que la dignidad
humana sea una prioridad para todos, y, en cualquier caso, un
requisito obligado de convivencia.
Señalemos,
no obstante, que el dinero no es un mal en sí mismo, como es obvio.
El mal está en su desaforada concentración en unas pocas carteras,
porque en ellas se ha perdido su función originaria y esencial, el
intercambio, y se ha convertido en un terrible instrumento de poder:
el poder de reprimir, de empobrecer, de humillar, de esclavizar. Sus
dueños son unos entes desprovistos de humanidad que reciben el
nombre de multinacionales y tienen más tentáculos que Dios, a
Quien, por cierto, le
han usurpado el don de la ubicuidad -que es la facultad inestimable
de estar en todas partes a la vez-, y le han puesto la guinda
suculenta de sacar de todo tajada.
En
fin, que, por mucho que lo cubran de caramelo, eso es realmente la
globalización, un vendaval que asola, una plaga que arrasa y que
destruye,
un monstruo que va dejando en el mundo su sello de abrumadora
e insoportable dictadura. A ese monstruo nos hemos entregado
alegremente y en él hemos depositado -para decirlo con palabras de
Borges-, el
caudal de las noches y de los días.
Claro que aún podemos rectificar. Es más, debemos hacerlo cuanto
antes para que la serpiente depure sus venenos y la injusticia y la
miseria no se instalen definitivamente en el mundo.
Sea
como fuere, sin embargo, para los españoles no va a ser en pesetas,
sino en euros. No sé, a lo mejor es un consuelo empobrecerse en una
moneda supranacional y comunitaria;
después de todo, no le echaremos en falta las raíces
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HISTORIA
APÓCRIFA DE UNA PESETA
Quizás
por insegura presurosa
cayó en mi pobre mano una peseta.
Me
doy a quien me toma
-dijo- ¡Aprieta!
Y
llévame al altar, seré tu esposa.
Yo
tengo que decir, por toda cosa,
que a mí lo del dinero no me inquieta;
de modo que la puse en la cuneta
y yo seguí el camino de la rosa.
¡Marica!
–me
gritó desde la fosa,
sin
duda aproximándolo a poeta-
No
irás a imaginar que he de estar quieta.
Y,
en tanto que humillada, procelosa,
echó en lo de seguirme la rabieta,
dejando en las antípodas su meta.
Me
sigue por doquier, está celosa.
Por eso no hace nunca la maleta.
Mariano
Estrada
De
El limón hespérico
1.
Posdata
de llanto y despedida. Adiós, querida peseta,
dama noble y extrañamente rubia,
depositaria de grandes esperanzas y de muy variados sueños:
aunque a veces nos hayas sido
avara, se nos va a hacer duro
cambiarte por un euro bisoño y desconocido procedente de una
inseminación artificial. De modo que lloraremos el cambio cinco
veces. O más, si con un sentido real
de las proporciones lo lloramos perra a perra,
céntimo por céntimo.
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