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Aparte de la creación de dos personajes inmortales, si algo aportó
Cervantes a la literatura con su
famosa novela El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha,
fue el enriquecimiento del lenguaje popular hasta el punto de
convertirlo en deleite. Ya puede haber anástrofes en el mundo que,
puestas en la boca de Sancho, han de ser sin duda exuberantes prados
de frondosa hierba. Ya puede haber retruécanos inconcebibles,
aliteraciones sin cuento o concatenaciones interminables de
anacolutos. Todas esas huestes, que juntas hacen legión, por alguna
suerte de embrujo literario flotan en un estado de gracia que las
pondera, las pule, las engalana y, de este modo, tocadas por la
chispa de lo sublime, se
adentran en el cerebro del afortunado lector que, si tiene una
normal sensibilidad, las digerirá con
cumplido regocijo y acaso
las rumiará eternamente.
Sin
embargo, esta sublimación del lenguaje de la calle no es sólo una
prerrogativa de El Quijote. La buena literatura popular está
depositada en otros muchos libros, tales como El Romancero Gitano,
por citar alguno importante y diferente. Lo que pasa es que El
Quijote, siendo como es un libro excelso, los abarca a todos. Por lo
que hace a la literatura contemporánea, a mí me da la impresión
de que, en general, marcha por otros andurriales, pero aquélla que
se apoya de algún modo en el que aquí estamos tratando, no está
justamente a la altura modélica de El Quijote, sino a la monda
bajura de la televisión, que con su menguado vocabulario y su
capacidad unificadora, nos ha llevado a todos a ser gobernadores de
Burrutaria, ínsula atacada por el virus de la cutredad, por la
plaga de la sequía y por el rifle de repetición del monosílabo ¿Qué
autor va a hacer vida de un lenguaje popular que, tendiendo a la
simplificación, huye de la variedad y de la riqueza hasta el punto
de que una misma palabra puede llegar a designar tres o cuatro
gavillas de conceptos?
Por
otra parte, si la televisión ha sustituido al abuelo -y hablo en un
sentido muy amplio-, ésta tiene la obligación de igualarle en la
prestación de servicios. Y ya que es imposible sustituir el cariño
de un abuelo al calor amoroso de la lumbre y al ronroneo de un gato
en duermevela, sí
puede, al menos, preconizar algún bien equivalente a las arraigadas
y fecundas conversaciones familiares con las que él solía
enriquecer a la prole: cantinelas, cuentos, dichos, adagios y
refranes... Pues de ahí tomaba Sancho no el bálsamo de Fierabrás,
que sólo era aplicable a los tormentos físicos, sino su
incontenible verborrea o su desaforado río de literatura. Una
literatura que Cervantes supo aproximar a la genialidad y a la
grandeza, pero que en realidad ya existía potencialmente en la
ingente variedad estructural, conceptual y léxica de la calle, que
es el mismo sitio del que, a lo largo del los años, la había ido
tomando el patriarca familiar para llevarla al arrimo de la
lumbre...
En
los tiempos ya lejanos en que a mí me tocara ser niño, ése era el
primer “latín” de la vida. Luego vendrían los otros, los que
incluyen en su necesaria obligatoriedad una pesarosa amenaza de
suspenso. Pero ese es otro tema que requiere otros muchos artículos...
Mariano
Estrada, 30-08-98
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