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Tengo
que decir que el exhibido en este soneto no es un llanto mío,
puesto que nunca he disfrutado de una fe semejante a la que en
él se describe y, por tanto, tampoco he podido perderla de
forma tan dramática ni de otra forma ninguna.
Sí me reconozco, en cambio, en su estrambote, al menos
parcialmente. De
hecho, en mis inicios literarios tenía la costumbre,
ciertamente extraña, de
asesinar mis escritos con un hacha de
frivolidad, cuidando, eso sí, de que fuera una
frivolidad categórica. Y no entiendo por qué, la verdad, a no
ser que los considerara inmaduros, yo, que era un mocito inocentón
y barbipungente, al que la vida no le había dado aún la
oportunidad de crecer y muchísimo menos de multiplicarse.
Mis
años en el seminario no hicieron otra cosa que retrasar mi
adolescencia y, una vez en el mundo, tuve que andar con Prust
“En busca del tiempo perdido” y, muy particularmente,
“A la sombra de las muchachas en flor”, porque lo
cierto es que estaba un tanto en la higuera y no me había
enterado muy bien de los Planes de Desarrollo de aquel ministro
de Franco llamado López Rodó e ignoraba que se podía uno
besar en la boca del metro
o tocarse en el culo de los cines.
Supongo
que habrá alguien que vea justificaciones en el subconsciente y
otras freudicosas por el estilo. Pero no, mis crímenes se daban
siempre de cara,
bajo el uso de todas mis facultades y alevosías. Lo cual es aún
más raro, si cabe, porque yo no he podido nunca soportar las
mutilaciones del conocimiento,
aunque éste se haya adquirido con sopas y tocino,
apoyándose en un ábaco del 36 o en el famoso catón de
la posguerra.
Así,
pues, ignoro a quién corresponde este llanto de fe morotumbada,
es decir, alicaída,
teniendo que atribuirlo a un personaje ficticio. ¿Producto
de mi imaginación? Seguramente, ya que es bastante improbable
que lo sea yo de la suya.
Es
cierto que conozco a algunas personas que tienen esa fe que yo
jamás he tenido, pero, al margen del respeto que me merecen y
que yo declaro aquí sin ambages -si bien no les arriendo
la ganancia-, no
tengo consciencia de haberlas utilizado como modelo. La más
sobresaliente es Antonia, mi hermana, que no sólo tiene fe sino
humildad y pobreza. Actualmente está en Kiev, tratando de sacar
adelante una escuela de niños afectados, entre otros muchos
males, por el
desastre nuclear de Chernobil..
Y
necesita ayuda: hermucr@ambernet.kiev.ua
EL
LLANTO
Por
tanta fe callada y desoída
quebré la Ley de Dios y, en el quebranto,
sentí cambiar la fe por desencanto
y vi que la verdad era mentira.
Lloré sin dramatismos y sin ira,
sin rabia, sin histeria, sin espanto;
lloré con soledad, lloré con llanto
que tiene la esperanza ya perdida.
Rondó la eternidad, yo no sé cuánto
lloré con esa lágrima vencida
que llora más de muerte que de herida.
Y
ya dejaba el mundo pero, en tanto,
un guardia se me opuso a la salida:
“si tienes llanto aún, aún tienes vida”.
Así
que en el sinfín de esta bañera
estoy haciendo aguas y... a la espera
Mariano
Estrada
De
El Limón hespérico
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