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EL
HUEVO URBANÍSTICO O LAS
CONFESIONES APÓCRIFAS DE UN RICO HEREDERO Mis
padres me educaron para ser prolongación de su admirable prosapia: un
origen humilde, un espíritu recio, aunque sencillo, una vida tendente a
la verdad, la austeridad, el amor, la buena convivencia... Ellos fueron
felices de ese modo y, si no lo fueron siempre, al menos tuvieron la calma
necesaria para pensar y corregir los errores. Epígono de tan sólida
progenie, yo he sido siempre el dueño de mis actos; unos actos que, por
otra parte, quedaban al abrigo de la más bella rutina... ¿Hay algo más
hermoso que vivir para el amor, tenerlo por costumbre, ganarle esa batalla
al egoísmo?. Pero
ha ocurrido una extraña contingencia, como veréis, que ha venido a
turbarme en esta calma gozosa. Mis padres, además de la mentada educación,
me dejaron una casa con todos sus enseres y unas gleras incultas que, de
habérselas llevado un huracán, nadie hubiera echado nunca de menos. Y es
ahí, precisamente, en esos áridos fundos o bancales, donde concurren al
tiempo las más acaloradas fantasías, las más encendidas batallas, los más
desorbitados negocios. Pero
vayamos por orden. Parece
ser que en años precedentes -ahora corre mayo de 1988-, la locomotora del
gobierno municipal, con su mesnada de técnicos, puso en estas gándaras
de mi heredada propiedad un huevo urbanístico altamente calificado. El
tiempo lo incubó con la necesaria indolencia y ahora resulta que no sólo
se reproduce sino que cubica en apartamentos a la velocidad de un metro de
techo por metro cuatrado de ensimimación. Desde aquella fecha lejana, en
que fue sembrado el germen sin mi exacto apercibimiento, soy
potencialmente rico. Pero es ahora, en este mes de las flores y de María,
cuando he sabido el alcance de mi escandalosa riqueza. A decir verdad, soy
lo que vulgarmente entendemos por millonario. ¿Me seguís? Dejadme que me
explique: Treinta
mil metros brutos de erial calificado, de los que son construíbles
veinte mil, aproximadamente, por la más antigua cuenta de la vieja
devienen en cuatrocientos y pico apartamentos sin que medie un arquitecto
de Liliput. De los cuales, en números redondos, me corresponden
doscientos a tenor de las peores ofertas y por esta cara bonita. Lo cual
no es baladí, supongo, tratándose del fruto de un canchal que, mira tú
por dónde, en los designios de Gea fue concebido estéril como las mulas.
Ya veis, cuentas nada galanas que, traducidas a moneda corriente, levantan
más pelusa que la vista espeluznante del lobo. Y es que doscientos
apartamentos a diez millones de pesetas cada uno son dos mil millones de
morbosa satisfacción, según las piernas con gafas del Un, dos, tres. Todo
esto es correcto. ¿Es correcto? Vamos, que todo esto es así, y nada
tiene que ver con el linaje del milagro. El problema es que a mí me han
extraído de las casillas con toda la educación que recibí de mis
padres. Y aún hay más, pues
lo curioso de esta historia es que, amén de ser real como la vida, a mí
no me ha sido necesario proponer un precio; me ha bastado escuchar la
farragosa algarabía de los pretendientes, el empuje irrefrenable de unas
lenguas desaforadas para cuyo entretenimiento o espera yo no he
tejido/destejido la noche ni la alfombra. Dicho de otro modo: los buitres
han caído sobre mis hombros, me han desencajado los oídos y me han
llevado al reino de la especulación por arte de birlibirloque. En el
fondo, yo no sé si me he dejado querer; lo que puedo asegurar es que, al
margen de mi actitud amorosa, algunos me han querido hasta el cuarenta y
cinco por ciento. Con
ello me han llenado el bolsillo, ciertamente, pero no me han hecho feliz.
Al contrario, me han metido una larva en el cacumen y ahora me salen las
ideas penetradas de insatisfacción, que es un virus de vacío y
omnipotencia. Mariano
Estrada
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