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EL
GORRIÓN DESPRENDIDO
Sobre
un silencio esencial y una calma de densidades perceptibles, la tarde se
extendía en un susurro de árboles y un piar creciente de pájaros. La
torre de la Iglesia, con su veleta de gallo venturoso, apuntaba hacia un
oscuro azul, un cielo extenso con purezas de campo y de montaña.
Finalmente, una brisa suave y cadenciosa corría por las calles con las
melazas de agosto. En
ese espacio adusto y apacible, casi íntimo, donde la belleza es sencilla
y la naturaleza exhibe una semblanza armónica y antigua, Guillermo pudo
sentir con alterada sangre los pálpitos de vida de un pequeño gorrión.
Fue un instante mágico, por lo que el hecho tiene de misterioso.
Emancipado del nido antes de hora, acaso desprendido por accidente, el
gorrión se debatía entre desesperados aleteos y conatos inútiles de
fuga, hasta que ¡zas!, alguien lo cogió sin excesivas dificultades y,
con meditada delicadeza, se lo depositó en el asombro de los ojos y
de las manos. Guillermo resistió con entereza los naturales
intentos de liberación del asustado pajarillo y, cuando éste se
tranquilizó y abandonó los forcejeos, pudo percibir en su conciencia de
niño de seis años la suavidad de un plumaje virginal, la dulzura de unos
ojos desamparados y los latidos conmovedores de un corazón que, como el
suyo, apenas había salido a
la calle y a la vida. Con
la lógica de un niño pequeño y, dado que estaba en aquel pueblo de
visita, Guillermo quiso guardarlo en una caja de cartón para llevarlo a
su casa de Alicante, junto al mar y la luz y las gaviotas. Allí
lo tendría para siempre, cuidándolo con hojas de lechuga, con
agua, con alpiste, con azúcar de multiplicada eternidad. Su
padre, en cambio, con la lógica aplastante de una persona mayor - si bien
con el disgusto de tener que arrebatarle a Guillermo una ilusión no sólo
comprensible sino en cierto sentido incluso maravillosa -, le dijo con
firmeza, aunque también con amor y con ternura, que su deseo no podía
cumplirse porque el gorrión se moriría de juventud y de pena, que
necesitaba a sus padres y a sus hermanos, que necesitaba aquellos árboles,
aquel clima, aquellas aguas, que le era imprescindible aquel paisaje,
aquel ambiente. Que toda la grandeza del mar no iba a ser bastante para
salvarle la vida. A
los ojos de Guillermo acudieron las mareas del Mediterráneo, pero hizo un
ejercicio de comprensión y logró ver que su padre, por esta vez, había
pensado las cosas con la lógica de los mayores, pero en claro favor de
los pequeños. Acaso el gorrión no necesitaba una protección tan
rigurosa como su padre le había dicho, pero sí la compañía de sus ya añorados
congéneres, la naturaleza amable
de aquel concreto lugar, llamado Muelas de los Caballeros, y la libertad
que reclamaban sus alas para tener apego a la vida. De
todos modos, para evitar unas lágrimas mayores que las precedentes -y ya
serían casi de dimensiones oceánicas-, su padre tomó el pájaro en las
manos y, en una distracción de Guillermo -de las que son tan frecuentes
en los niños-, corrió a depositarlo amorosamernte donde por fuerza había
de encontrar a los suyos: en el exacto lugar en que su libertad, si bien
con intenciones muy nobles, había sido violentada e interrumpida. Al
saber lo sucedido, Guillermo -ahogando en su doliente corazón unos
latidos muy grandes que huían hacia el pájaro-, decía estar conforme
mediante leves asentimientos de la cabeza, pero miraba a su padre desde un
hoyo de resignación, callada, pensativamente, con la voluntad y la fuerza
necesarias para contener las tempestades del mar, que otra vez se
aproximaba a sus ojos. Mariano
Estrada
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