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Clemente, Camacho... ¿qué más da?. Sólo
son los títeres de un negocio asentado en la manipulación grosera
de los sentimientos
Algo
le ocurre a esta España, camisa blanca, para que el Debate Nacional
se haya concentrado en Clemente (quien, por cierto, debería
utilizar esta derrota como cura de humildad y no como estimulante de
sus instintos primarios). ¿Qué le ocurre a España, digo,
para depositar su prestigio nacional en un partido de fútbol
por el que llora, después, como
sólo Boabdil lloró una vez por Granada? ¿Qué le ocurre a esta
España de charanga y pandereta que se niega a aceptar el quijotismo
como parte de su identidad, y se
sume, por contra, en el
marasmo de la sensiblería, del marujeo y de la cotilla? ¿Qué nos
pasa a todos que hemos elevado un negocio-espectáculo a la categoría
de sentimiento? ¿Por qué arrojamos más lágrimas por una simple
derrota en un campeonato de
fútbol que por la sangre reciente del más execrable de los
terrorismos? ¿Por qué no llevamos el debate a la educación de los
hijos; a la convivencia, es decir, la poda del egoísmo mediante la
aceptación de la posibilidad de lo ajeno; a las formas de la
dignidad y de ser dignos, a la generosidad, a la reparación de los
agravios, a la pobreza, a la contemplación, al medio ambiente, al
arte, al amor, a la poesía?... Hay tantas cosas en las que empeñar
la palabra que parece imposible su drástica limitación a los
lugares comunes, a los asuntos manidos, a las imprecaciones soeces,
a la descalificación sin argumentos, al insulto irresponsable, a la
palabrería de repetición, circularmente viciosa, cularmente
viciosa, osa, osa, osa...
Mi
querida España, la de
las grandes conquistas y las pérdidas innúmeras, ¿vas a quemar
tus naves en un mar sin sustancias, esencialmente vacío? ¿Vas a
ahogarte en arterias por las que no corre la sangre, sino un opio
violáceo, provocador de fobias insustanciales y de filias sin
cuento? ¿Vas a confundir de nuevo la velocidad con el tocino, el
culo con las témporas, la clemencia
con un seleccionador nacional? ¿Y qué harás, España, cuando te
llegue la hora de la autenticidad, de la palabra sincera, libre y
limpia, del enfrentamiento con lo íntimo, con la esquizofrenia del
bien y del mal, con la desidia, con la carne viva, con la sequía de
las tierras incultivadas, con el amor, con la sangre próxima, con
el desgarro de las vidas sin norte, ni pasión, ni brújula...? ¿Qué
harás con todo eso, di, si te evaporas en humos y huyes por
torrenteras de sequedad hacia nirvanas desolados, empobrecidos y tal
vez sin retorno? ¿Qué harás con tus gentes cuando éstas se miren
a los ojos y no se reconozcan, cuando se toquen las manos y
encuentren que no son hospitalarias, cuando se busquen el corazón y
les hayan desaparecido los pálpitos?
Querida
España, pantalón azul, camiseta roja, tengo que decirte que, por
afición, yo soy un
consumado futbolero, que me gusta este deporte y comprendo sus
pasiones inmanentes:
las anteriores al alcohol, a la barbarie, al "nacional-hooliganismo",
al espectáculo y a los desorbitados negocios. Es decir, las que
quedarían en el fútbol si éste se podara hasta ser un árbol
desnudo.
Mariano
Estrada, 28-06-98
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