|
Reflexión
ante los datos de una encuesta sobre las preferencias políticas
de los jóvenes
A
mí me apena mucho que, mientras parte de sus mayores se sigue
comprometiendo de muy variadas formas con los sectores más débiles
de la humanidad (aliviando la opresión o la injusticia, la
desigualdad o el infortunio, el hambre o los estragos de la
guerra), los jóvenes se declaren tranquilamente de centro.
Porque, vamos a ver, ¿qué es el centro? Un simple eufemismo para
quitarle un poco de lastre a la crudeza política del sistema, que
es más bien descarnada, minimizando
las inevitables colisiones del poder con el segmento más amplio
de la sociedad, que es el que tiene la fuerza de los votos. O sea,
un artilugio sibilino y bastante bien pensado donde confluyen,
paradójicamente, la exuberancia de las multinacionales y la
angostura de los sindicatos, todo ello propiciado por los
gobiernos y los votantes
variopintos que los sostienen: unos por lógica aplastante (también
llamada autismo), otros por ignorancia contenida, otros por
carencia de convicciones, otros por prebendas y poltronas...
Y
me apena más aún que después de la humillante aberración de
esa infausta encuesta -de la quisiera saber las circunstancias-,
no se les pueblen las carnes de enrojecimiento ni se les llenen
las bocas de un extenso vómito, un vómito tan largo como el que
inunda los nocturnos, excesivos y frenéticos fines de semana.
¿O es que en beneficio de su exclusiva comodidad se han
hecho ya a la costumbre de callar, de otorgar,
de consentir? ¿Y hasta dónde van a hacerlo, cuando
crezcan, si dice la experiencia que la edad nos va volviendo poco
a poco conservadores? ¿Qué futuro tenemos como humanidad si los
jóvenes, que por higiene social deben ser rebeldes e
inconformistas -cuando no abiertamente revolucionarios-, están plácidamente
conformes con el poder y éste es de centro, es decir,
rabiosamente liberal, es decir, sometido a las mordidas de la
corrupción, a las patadas de la insolidaridad, a los excesos del
alto beneficio y de los escandalosos intereses de la gran empresa
privada? ¿Qué hemos hecho nosotros, sus mayores, para tenerlos
atados al poder con semejante mansedumbre?
Pero
al margen de lo que voten los mayores, constreñidos al arraigo de
sus creencias pero también al influjo de sus bienes, los jóvenes,
por norma, debieran
salirse de la lista: no ya para alcanzar de algún modo el poder
-que los iba a hacer majaras y corruptos-, ni siquiera para
derribarlo -que acaso los llevara a la debacle-, sino para
obligarlo a estar continuamente en su sitio: ni un favor, ni un
abuso, ni una leche bendita... Al pan, pan; la letra clara, los
puntos sobre las íes, las tentaciones con pulgas, los
compromisos, ley; la corrupción al hoyo.... Eso sí, la
generosidad incluida en el precepto.
¿Un
sueño, una quimera, una entelequia? Bueno, cuanto más nos
acerquemos al ideal, que es éste, tanto más cerca andaremos de
la honradez y de la grandeza de espíritu, cosas de las que
estamos tan amargamente necesitados. Los jóvenes también, por lo
que veo, y, por supuesto, los mayores.
Mariano
Estrada 15/08/2000
|