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JOSÉ LUIS FERRIS
Elogiar
a un amigo es algo que me resulta especialmente gratificante, pero
un elogio falso es peor que un infierno, y yo no lo podría
digerir. Conclusión: José Luis Ferris es ante todo un amigo.
Estas líneas pueden ser cualquier
cosa, menos
falsas.
Si
prescindimos de posturas apriorísticas sobre la oportunidad o
conveniencia de haber escrito este libro, en el que el escritor
alicantino José Luis Ferris desarrolla un supuesto caso de amor
en un momento determinado de la penosa vida del poeta de Orihuela,
Miguel Hernández, coincidente en el tiempo con la inexorable
desintegración de la Segunda República. Si logramos traspasar
esa barrera de prejuicios que puede construirse con palabras como
legitimidad, oficialidad, política, derecho, respeto, honor,
familia, muertos... -todos ellos linderos exteriores-, y nos
dejamos llevar por el autor a los terrenos precisos y profusos de
la literatura, entonces veremos que, por suerte, aunque no por
casualidad, se trata
de una literatura de muy alto nivel, tanto en el aspecto puramente
formal o estético, derivado
de la sabia utilización de las palabras, como en el clima creado
con las mismas para desarrollar u ofrecer, según los
requerimientos, unas situaciones verosímiles, unos personajes
adecuados y convincentes -en algún caso profundos- y, en fin,
una historia de amor en la que, entre promontorios y simas,
hay flores de cercana humanidad, lirios de desesperación o
desamparo, rosas de loor y de grandeza.
El hecho de que José Luis Ferris, además de novelista reciente y
exitoso, sea un poeta alicantino que, queriendo
o sin querer, ha contemplado idénticos paisajes que el
poeta de Orihuela, respirado el mismo aire y gozado o sufrido el
mismo sol, además de haber sorbido gota a gota la desbordada
sensibilidad de sus versos, es acaso la causa de que la imagen del
poeta oriolano perfilada en el libro con el nombre de Manuel
Gilabert resulte en realidad una prolongación, mejor dicho, una
consecuencia exacta de su obra. O sea que si alguien esperaba en
tal sentido una aberración más o menos mostrenca, una salida de
tono, una propuesta cismática o vengonzante, se ha equivocado de
medio a medio. Manuel Gilabert sigue siendo el Miguel Herández de
siempre: pulcro, sin dobleces, sencillo, apasionado, poeta sin
remedio y hombre de una pieza. Las cartas de Manuel Gilabert podrían
ser las cartas de Miguel Hernández. El amor de Manuel Gilabert es
el potro desbocado que habitaba en el pecho de Miguel Hernández,
el mismo ímpetu, la misma furia, la misma naturaleza.
Que la destinataria de ese amor y esos escritos no sea Josefina
Manresa, sino Marcela Duarte, es precisamente lo que justifica
este libro. Y es también la causa de que su autor, partiendo de
una simple duda -proveniente de una lectura meticulosa de los
textos de Miguel Hernández-, haya creado una historia de amor
que sólo puede lograrse desde una determinada
sensibilidad, desde una forma de ser y de mantenerse en el mundo
en la que es imprescindible una carga adecuada de inocencia. Después
de todo, José Luis Ferris es un claro deudor de la poesía. ¿Y
qué es la poesía, sino el don inestimable que nos permite seguir
siendo inocentes?
De otro lado, en caso de que el autor hubiera escrito el libro por
razones espurias o inconfesables, se podía haber despachado a su
gusto a través del personaje central de la novela que, a mi modo
de ver, no es exactamente el poeta olezano sino la mujer que
inspira ese amor tormentoso, clandestino e incontenible, llamada
Marcela Duarte. Esta hermosa mujer, cuya personalidad deja un ramo
de flores bienolientes en la de su autor -que paradójicamente es
un hombre-, es un personaje que no estaba obligado a un patrón
fijo de comportamientos ni de formas o contenidos literarios, a no
ser el puramente deductivo, ya que la correspondencia de Josefina
Manresa dirigida a la persona de Miguel Hernández ha sido
escamoteada o destruida. Pero Ferris no lo ha hecho así, sino
que, muy por el contrario, desde esa correspondencia
necesariamente apócrifa y libre de condiciones y ataduras,
en la que, por cierto, Marcela Duarte muestra jirones de su
creador, ha mantenido
incólume la figura del poeta de Orihuela y hasta creo que, en ese
estricto sentido, la ha hecho aún más humana y comprensible.
Por lo demás, ¿quién es Marcela Duarte? Pues sencilla y
llanamente, una mujer que hace creíbles los arranques amorosos de
Miguel Hernández, sus embestidas de pasión, su arrasadora
fuerza; una mujer que rezuma humanidad y, por lo tanto, que está
abierta al amor, a la ilusión, a la esperanza, pero que es
zarandeada y finalmente abatida por el miedo. Una mujer cuya
materia constitutiva: cultura, sentimientos y cálculo,
es perfectamente asumible por el común de los humanos,
incluidas la mansedumbre y la renuncia, que en realidad son huida.
Y no es que fuera especialmente cobarde, no, es que el miedo era
un lugar común de la época en que la han hecho vivir. Al fin y
al cabo, son legión los mortales que en casos semejantes al
descrito, se decantan indefectiblemente por el lado de la
seguridad. Julietas hay pocas en el mundo. Quizás Manuel Gilabert
hubiera sido un Romeo perfecto.
Mariano
Estrada, 08-10-2000
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