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DOS POEMAS INÉDITOS.


Un año después de la muerte de mi madre, de la que nació el libro Hojas Lentas de Otoño, volví a visitar la  tierra de la niñez y la felicidad que, durante espacios cortos de tiempo, fue también la tierra del dolor y del quebranto.

Pero había pasado un año, como digo, y ya los sentimientos recientes se habían acomodado entre los otros y, como ellos, se habían extendido por el paisaje: un paisaje que amo con delectación y sobre el que, al despedirme en aquella emocionada visita, caída una lluvia apacible y minuciosa: la misma lluvia que, pocos días después, se acabó depositando en estos dos poemas.


CABO DE AÑO

                 A Fernando y Consuelo, que me acompañaron

 1

 He vuelto a penetrar
los mesenterios otoñales
donde tienen las hojas del dolor
su atemperada alfombra.

Allí,
tras la espesura del boscaje,
en esa extensa paz
que perpetúa el roble,
he visto el rodrigón
de la palabra antigua, el angosto
carril de la inocencia,
los raigones del sueño.

 

Y he sentido la noche
como acequia de sangre.
Y he palpado la sombra
en su verdad oscura.
Y he mirado el reverso de la luz
-tal vez su pertinaz fotografía-,
en mi conciencia íntima de tierra.

Pues tierra es
-y tierra sazonada-
el lento mar de otoño
que se abre a esta colina,
este monte de carne vegetal
y de algodones verdes, este
valle de lágrimas y omero.  

 2

 Laderas del amor, paisajes
de brezo y de pizarra,
ramas líricas, altos contraluces
de castaño y de muerte.

              
Robledales maduros, postraciones
gozosas de la vida, castros,
cortezas de la miel, hogares
                  en ciernes de la abeja....

Y la lluvia...
Esta lluvia final
sobre el tejado del molino
cuyos musgos estancos, como
calzos heroicos de la ruina,
prometen tarabillas de calor
en la granuja de la muela,
tolvas de roble intemporal, quejumbres
de trigo y de rodezno,
harinas cenitales, posos
de pan en que el dolor se ahoga...

¡Oh!, sangre, vid desparramada,
memoria mineral
              en su sazón de muerte.
En su sazón de muerte, nunca
                                  en el olvido.

LLUVIA

 

Esta lágrima extensa

que ha colgado la lluvia en el paisaje,

no es ya rezumo del dolor,  es riego

lento que abraza la ceniza. 

 

Este pálido gris, este

cuerpo de luz convaleciente,

ha dejado en sus íntimos cedazos

pretéritos granzones de tristeza.  

 

 Esta linfa del tiempo

ha devuelto al presente el bienhadado

color de la fertilidad

 -que es un tono del agua y de la tierra-,

 y ha binado en mis ojos

un reguero de vida, un hondo 

cauce de sangre y de esperanza.

 

Y yo recibo el vaho de esta nube

como un beso de madre, un alba
que contiene la luz y la memoria.

 

Mariano Estrada, 1995

 
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