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Basta ya !!!!!!!

DÍA DE FUEGO.

Declaración de dignidad ante cualquier atentado

  Uno de noviembre del 2000, día de todos los santos, miércoles en la vida y en la muerte. En España, además, es un miércoles rojo, como el fuego iluminado que sale de las zarpas del terrorismo.

Oigo el Requiem de Mozart por las grietas del ordenador, al tiempo que los ojos se me hunden en un fuego de carne y de chatarra que, lejos de templar los habitáculos interiores donde uno aparca las penas, produce un frío punzante y tenebroso, una amarga desolación, un dolor infinito.

Hay momentos en los que el alma pide un pan de consuelo, un pan con levaduras de humanidad y de misericordia que contrarresten las quemadas cortezas de la destrucción y de la barbarie. Un pan humilde y hogareño que lleve migas de amor y de ternura a los corazones rotos de las personas que han perdido a sus seres más queridos: aquéllos  a los que estaban pegados por los sentimientos y las cercanías de la sangre. Y es precisamente la sangre lo que hoy se ha consumido inútilmente en esas llamas rojas que, procedentes de Madrid,  salen por las pantallas del ordenador en forma de culebras y voladuras.

Sí, hay momentos extremos en los que se hace necesario ese pan de abrazos y esperanzas que sólo puede llegar de la solidaridad, del desprendimiento del egoismo, de la asunción íntima por todos y cada uno de nosotros -libres por ahora de la quema-,  del tremendo dolor de los hermanos a los que les ha tocado injustamente la china.

Sólo así será un dolor soportable. Sólo así nuestras mejores esencias estarán con la razón eternamente, cualquiera que fuere su destino en un inescrutable futuro. Sólo así podremos mirarnos al espejo con los ojos limpios de la dignidad. Sólo así podemos reivindicar el pensamiento como parte de nuestra condición animal en su vertiente humana. Sólo así, en fín, seremos totalmente inocentes.

El dolor es nuestro. Las lágrimas debemos emplearlas para disolver los terrones de la comodidad, los grumos de la indiferencia, los embotamientos del cansancio; y, en todo caso, para lubricar nuestra disposición a la más firme entereza del espíritu.

Mariano Estrada, 01-11-2000

 
 
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