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DÍA
DE FUEGO. Declaración
de dignidad ante cualquier atentado Oigo
el Requiem de Mozart por las grietas del ordenador, al tiempo que los ojos
se me hunden en un fuego de carne y de chatarra que, lejos de templar los
habitáculos interiores donde uno aparca las penas, produce un frío
punzante y tenebroso, una amarga desolación, un dolor infinito. Hay
momentos en los que el alma pide un pan de consuelo, un pan con levaduras
de humanidad y de misericordia que contrarresten las quemadas cortezas de
la destrucción y de la barbarie. Un pan humilde y hogareño que lleve
migas de amor y de ternura a los corazones rotos de las personas que han
perdido a sus seres más queridos: aquéllos
a los que estaban pegados por los sentimientos y las cercanías de
la sangre. Y es precisamente la sangre lo que hoy se ha consumido inútilmente
en esas llamas rojas que, procedentes de Madrid,
salen por las pantallas del ordenador en forma de culebras y
voladuras. Sí,
hay momentos extremos en los que se hace necesario ese pan de abrazos y
esperanzas que sólo puede llegar de la solidaridad, del desprendimiento
del egoismo, de la asunción íntima por todos y cada uno de nosotros
-libres por ahora de la quema-, del
tremendo dolor de los hermanos a los que les ha tocado injustamente la
china. Sólo
así será un dolor soportable. Sólo así nuestras mejores esencias estarán
con la razón eternamente, cualquiera que fuere su destino en un
inescrutable futuro. Sólo así podremos mirarnos al espejo con los ojos
limpios de la dignidad. Sólo así podemos reivindicar el pensamiento como
parte de nuestra condición animal en su vertiente humana. Sólo así, en
fín, seremos totalmente inocentes. El
dolor es nuestro. Las lágrimas debemos emplearlas para disolver los
terrones de la comodidad, los grumos de la indiferencia, los embotamientos
del cansancio; y, en todo caso, para lubricar nuestra disposición a la más
firme entereza del espíritu. Mariano Estrada, 01-11-2000
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